Cazarabet conversa con... Agustín Guillamón,
autor de “Ocho días de julio. La situación revolucionaria en Barcelona”
(Descontrol)
La situación
revolucionaria en Barcelona descrita, investigada y transmitida por la pluma
del estudioso Agustín Guillamón.
Lo edita
Descontrol.
Nosotros
realizamos las entrevistas vía e-mail enviando los cuestionarios que nos son
contestados, con el tiempo que cada autor/a, escritor o escritora necesita…sin
más. De esta manera, cuando nos entregó la entrevista que él modificó en
preguntas y demás para “ser más ágil” en la lectura; a los autores les damos “cierta libertad”
pues nos dejó una puntualización porque en una de mis preguntas yo metía dentro
del saco de “Los amigos de Durruti” a García Oliver—entono el “mea culpa”---pero me puntualiza Agustín Guillamón y quiero
hacerles llegar:” Sólo un apunte, que no queda reflejado en la entrevista:
García Oliver nunca militó ni simpatizó con Los Amigos de Durruti”. Queda
reflejado pues…
La sinopsis del
libro:
Este libro ofrece
una reconstrucción vibrante y rigurosa de la batalla de Barcelona del 19 y 20
de julio de 1936, subrayando el papel decisivo de los comités de defensa de la
CNT y de los sindicatos en la derrota del golpe militar. A partir del relato de
los hechos, el análisis se centra en la cuestión fundamental de la revolución:
el poder. Se examinan las respuestas de los comités cenetistas, los comités de
barrio y las organizaciones antifascistas, así como las oportunidades perdidas
que facilitaron el avance de la contrarrevolución.
Ocho
días de julio
define con claridad la diferencia entre situación revolucionaria y revolución
proletaria, y expone once tesis clasistas que sintetizan una teoría ácrata de
la revolución. Textos inéditos de Juan García Oliver refuerzan una conclusión
rotunda, en la línea de Los Amigos de Durruti: sin destruir el Estado y sin
poder obrero organizado, la revolución fracasa.
Agustín
Guillamón:
Nacido en
Barcelona, el 19 de enero de 1950. Licenciado en Historia Contemporánea por la
Universidad de Barcelona, y desde 1993 editor de la revista Balance, cuadernos de historia del
movimiento obrero y revolucionario de carácter y vocación internacionalista,
con especial interés en recuperar a “los malditos” de la Guerra civil española.
Ha publicado:
- Documentación histórica del trosquismo español. De la guerra civil a la ruptura con la
IV Internacional.
(Ediciones de la Torre, Madrid, 1996)
- Barricadas en Barcelona (Espartaco, 2007/Lazo, 2013/Descontrol, 2014). Traducido
al francés en Spartacus, 2009.
- Los Comités de Defensa de la CNT en
Barcelona (Aldarull, 2011/Quinta edición en Descontrol, Barcelona, 2020); traducido al
italiano (Gatto Rosso, 2013), al inglés (AK Press/Kate Sharpley Library, 2014),
al francés (Coquelicot, 2014), al catalán (Malapècora, 2016) y al griego (2017).
- T Tetralogía. titulada Hambre
y violencia en la Barcelona revolucionaria:
Tomo 1: La revolución
de los comités. De julio a diciembre de 1936. (Aldarull/El grillo
libertario, 2012)
Tomo 2: La guerra del
pan. De diciembre de 1936 a mayo de 1937. (Aldarull/Descontrol 2014)
Tomo 3: Insurrección.
Las sangrientas jornadas del 3 al 7 de mayo de 1937. Descontrol, 2017. [Editado en inglés por AK Press/Kate Sharpley
Library, 2020]
Tomo 4: La represión
contra la CNT y los revolucionarios. De mayo a septiembre de 1937. (Descontrol, 2015)
- El terror
estalinista en Barcelona (1938) (Aldarull/Descontrol,
2013)
- Los Amigos de
Durruti. Historia y antología de textos. (Aldarull/Descontrol,
2013. Segunda edición en
Descontrol 2021); versión reducida en inglés (AK Press, 1996)
- Correspondencia entre Abel Paz
y García Oliver. Anexo: Tesis sobre
la Guerra de España y la situación revolucionaria creada el 19 de julio en
Cataluña. (Descontrol, 2016). Editado en francés (Ni patrie ni frontières, 2016).
- Josep Rebull, la vía revolucionaria. Descontrol, 2017; traducido al francés por Spartacus en 2014.
- Nacionalistas
contra anarquistas en la Cerdaña (1936-1937). En colaboración con Antonio Gascón.
Descontrol, 2018
- Barcelona, mayo
de 1937. Libros de Anarres, Buenos Aires, 2019. En francés en Syllepse, 2023
-
La matanza del
cuartel Carlos Marx. Calumnia,
Mallorca, 2020
- La
revolución rusa. Una perspectiva crítica y libertaria. Descontrol,
2020
-Els incontrolats. El Lokal,
2020.
-Ecos y pasos perdidos de Juan García Oliver. Calumnia,
Mallorca, 2021
-Durruti sin mitos ni laberinto y otras estampas. Fundación
Aurora, Queimada y Sabotajes de sueños, enero 2022.
-CNT versus
AIT. Los comités superiores cenetistas contra la oposición revolucionaria
interna e internacional. Descontrol, 2022.
-Amadeo
Bordiga en el Partido Comunista de Italia. Hermanos Bueso, Madrid, 2024
- Anarquistas
y Orden Público. Josep Asens y las Patrullas de Control. Descontrol, 2025.
- Ocho días de
julio. 1936: La situación revolucionaria en Barcelona. Descontrol, 2026.
- Contra el
Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado. Calumnia, 2026
Ha colaborado en la edición de las Obras Completas de Munis y ha
participado, como asesor histórico, en el documental “Munis. La Voz de la Memoria [revolucionaria]” (2011). Promotor del Manifiesto. Combate por la historia
(1999). Autor de varias entradas en los libros colectivos La Barcelona rebelde (Octaedro, 2003); Momentos insurreccionales. Revueltas, algaradas y procesos
revolucionarios (El Viejo Topo, 2006); Per
canviar-ho tot (Laberints, 2014); L´anarchisme
d´Etat. La Commune de Barcelone (Ni patrie ni frontières,
2015), Biografías del 36 (Descontrol,
2016), Entusiastas olvidados
(Descontrol, 2016), además de los numerosos artículos publicados en la revista Catalunya de la CGT (en catalán), en Libre
Pensamiento, Redes Libertarias, La Idea y en otras publicaciones, así como
en las webs Ser Histórico, Alasbarricadas y Portal
Libertario OACA.
Siempre con el objetivo de arrebatar
la historia a la incultura del olvido, la falsificación política o el
academicismo universitario, porque sin una teorización de las experiencias
históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria.
El autor ya ha
estado con nosotros otras veces:
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/agustinguillamon.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/amigosdurruti.htm
Cazarabet
conversa con Agustín Guillamón:
—Agustín, ¿qué es la historia para ti?
-La historia no
es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla.
Está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende
aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo desde la cómoda distancia
del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que
cada archivo es también una trinchera.
En los últimos
años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente
respecto a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de
contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o se integran en el relato
oficial como episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el
Estado y el mercado. No es inocente: responde a la necesidad de desactivar
cualquier memoria capaz de cuestionar el orden existente hoy.
La revolución
social no fue un concepto abstracto. Fue una práctica concreta: trabajadores
que dejaron de obedecer, fábricas expropiadas, colectividades organizadas y
barrios enteros gestionando la vida cotidiana sobre nuevas bases. Eso es
precisamente lo intolerable para la historiografía dominante: la evidencia
histórica de que una sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.
Pero esa memoria
persiste. Aparece en periódicos clandestinos, en testimonios olvidados, en
actas de asambleas que nunca debieron sobrevivir. Es una memoria incómoda
porque está llena de contradicciones, derrotas y errores; y precisamente por
eso resulta profundamente humana.
La tarea del
historiador crítico no consiste en embellecer ni condenar, sino en comprender.
Comprender implica restituir conflictos, devolver la voz a los vencidos y
resistirse a cerrar el pasado con interpretaciones sectarias y definitivas.
Porque lo que
está en juego no es solo la interpretación de lo ocurrido, sino la posibilidad
misma de imaginar alternativas. Una historia domesticada produce un presente
sin fisuras y un futuro clausurado. En cambio, recuperar la dimensión
conflictiva del pasado abre la puerta a otras formas de vida y de organización
social.
La historia,
arrancada de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una
herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más
que contemplar: puede servir para transformar, para cambiar el mundo.
—¿Qué
te llevó a estudiar con tanta minuciosidad las jornadas de julio de 1936?
-Porque siguen
siendo unas jornadas profundamente desconocidas, pese a haber iniciado una de
las revoluciones sociales más profundas de la historia contemporánea y, al
mismo tiempo, la Guerra Civil española.
Hoy muchos
jóvenes conocen mejor la Guerra Civil estadounidense que la española. La
potente industria cultural anglosajona y la miseria pedagógica hispana han
contribuido enormemente a ese olvido. Incluso palabras como “Confederación”
remiten antes al Sur esclavista norteamericano que a la CNT.
Mi objetivo
siempre ha sido arrebatar la historia al olvido, a la falsificación política y
al academicismo universitario. Sin una teorización de las experiencias
históricas del proletariado no puede existir teoría revolucionaria.
Y estudiar cómo
los trabajadores cenetistas, organizados en los comités de defensa desde 1931,
fueron capaces de transformarse en una auténtica fuerza militar revolucionaria
resulta apasionante. No fue una insurrección espontánea. Fue una insurrección
preparada durante años.
—Tu
reconstrucción de la batalla de Barcelona es casi hora a hora. ¿Por qué ese
nivel de detalle?
-Porque conocer
cómo el proletariado barcelonés derrotó a un ejército profesional,
experimentado y embrutecido en las guerras coloniales africanas es
extraordinariamente pedagógico, lúdico y liberador.
Las tácticas
utilizadas fueron a menudo geniales: barricadas móviles hechas con bobinas de
papel, bombas lanzadas con hondas, camiones utilizados como arietes contra
posiciones de ametralladoras o la aviación bombardeando cuarteles a petición
directa de la CNT.
Cuando se estudia
con detalle aquella batalla se entiende algo esencial: la victoria no fue fruto
de la improvisación ni del heroísmo espontáneo, sino de años de preparación,
disciplina y organización clandestina.
Por eso insisto
tanto en desmontar el mito de la espontaneidad. La espontaneidad, por sí sola,
suele conducir al fracaso.
—¿Cómo era la situación revolucionaria
en Barcelona tras la victoria del 19 y 20 de julio?
-Durante meses
existió una auténtica situación revolucionaria. Los comités de defensa se
transformaron en comités revolucionarios de barrio que tendían a sustituir al
Estado, asumiendo funciones de abastecimiento, seguridad, control económico y
organización cotidiana.
Paralelamente,
los sindicatos impulsaban una extensa expropiación de fábricas y empresas. Se
desarrollaba una revolución social y económica de enorme profundidad histórica.
Sin embargo,
mientras la militancia de base avanzaba hacia una transformación
revolucionaria, los comités superiores de la CNT optaron por la unidad
antifascista y la colaboración con republicanos, estalinistas, poumistas y el gobierno de la Generalitat.
Ahí surgió la
gran contradicción: la existente entre los comités revolucionarios —que
encarnaban la autonomía proletaria y la expropiación de la burguesía— y el
Comité Central de Milicias Antifascistas, convertido en órgano de colaboración
de clases.
El verdadero
antagonismo no se daba entre el gobierno de la Generalitat y el CCMA, sino
entre el CCMA y los comités revolucionarios de barrio.
Ese antagonismo
de clase entre CCMA y comités revolucionarios de julio de 1936 derivó en el
seno de la Organización en una oposición que, en diciembre de 1936, enfrentó al
Comité de comités con los comités de barrio barceloneses, cuando estos se
negaron a entregar sus armas para enviarlas al frente, argumentando que esas
armas eran la única garantía de la revolución en curso, y que, si se
necesitaban armas para el frente, ahí, en la retaguardia barcelonesa, tenían
acuartelados y armados a los guardias de asalto y a la guardia civil. Que los
comités revolucionarios de barrio jamás entregarían las armas conquistadas al
ejército en las luchas callejeras.
Cuando las
insurrecciones mueren, surgen inmediatamente sus enterradores. La insurrección
de julio, protagonizada por unos comités de defensa transformados en el
transcurso de la insurrección victoriosa en comités revolucionarios, fue
apropiada por el Comité de comités, en aras de proteger a toda costa una
sagrada unidad antifascista de la CNT con los estalinistas, ERC, POUM y el
gobierno de la Generalidad.
Unidad sagrada
antifascista considerada como el único instrumento capaz de ganar la guerra al
fascismo. El Comité de comités renunció a cualquier perspectiva revolucionaria
para no poner en peligro esa prioritaria unidad antifascista, y eso suponía, a
corto plazo, el enfrentamiento y la liquidación de los comités revolucionarios
por el Comité de comités. La lucha de clases se daba también en el seno de la
propia Organización.
—¿Cómo
se había preparado el proletariado barcelonés para el golpe militar?
-La CNT
comprendió muy pronto que las libertades republicanas solo existirían si podían
defenderse en la calle. Por eso, apenas proclamada la República en abril de
1931, se crearon los comités de defensa.
Tras las derrotas
insurreccionales de 1932 y 1933, se abandonó la vieja “gimnasia revolucionaria”
y comenzó una preparación mucho más rigurosa. A partir de octubre de 1934 los
cuadros de defensa empezaron a concebirse como el embrión de un ejército proletario
capaz de enfrentarse a una guerra civil prolongada.
Eso implicaba
estudiar táctica militar, información, logística, abastecimiento, armamento e
incluso la futura conversión de industrias civiles en industrias de guerra.
El 19 de julio de
1936, la guarnición militar de Barcelona contaba con unos seis mil hombres,
frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos “mossos d´esquadra”. La guardia
civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se decantaría, contaba con
unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte
mil militantes, organizados en comités de defensa de barriada, dispuestos a
empuñar las armas. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la
Generalidad y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil
militantes armados. Pero las negociaciones de la CNT con Escofet, comisario de
orden público, y con España, consejero de Gobernación, fueron infructuosas.
La noche del 17
de julio el cenetista Juan Yagüe, secretario del sindicato del transporte
marítimo, organizó el asalto a los pañoles de los buques atracados en el
puerto, consiguiendo unos 150 fusiles; a los que el 18 se sumó lo conseguido de
armerías, serenos y vigilantes de la ciudad. Este pequeño arsenal, guardado en
el sindicato del transporte, en las Ramblas, provocó un enfrentamiento con la
comisaría de orden público, que lo reclamaba. Se corría el peligro de un
enfrentamiento armado con la guardia de asalto, y los propios militantes
cenetistas llegaron a amenazar a los, en su opinión, demasiado conciliadores
Durruti y García Oliver. El incidente se zanjó con la entrega a Guarner, mano
derecha de Escofet, de algunos viejos fusiles inservibles, que evitaron una
ruptura entre republicanos y anarquistas en vísperas del golpe militar. El
gobierno de la Generalidad temía más una insurrección cenetista que un golpe de
estado militar y fascista.
Los
anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los
soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos, hasta que estuviesen
muy alejados de sus cuarteles. Las sirenas de las fábricas de Pueblo Nuevo
anunciarían el inicio de la insurrección obrera, y el ulular de estas se iría
extendiendo por los barrios obreros y el puerto, como anuncio sonoro del
comienzo de la insurrección obrera.
Los Comités de
Defensa de las barridas barcelonesas acordaron dotarse de una amplia autonomía
y capacidad de decisión propias, siempre encuadrada en el plan general,
diseñado y coordinado por el Comité de Defensa Local [de Barcelona]. De esta
manera, sin perder mucho tiempo, el Comité de Defensa Local se reunía a diario
con sus delegados de barriada.
Esos comités de
defensa de barrio, el 19 y 20 de julio de 1936 fueron coordinados y
centralizados por un Comité Revolucionario, constituido por Josep Asens,
secretario de la Federación Local de Sindicas Únicos de Barcelona. Santillán
(por la FAI) y tres miembros de Grupo Nosotros: Buenaventura Durruti, Francisco
Ascaso y Juan García Oliver, que había establecido un plan general de combate y
una táctica a seguir.
La victoria
obrera no fue un milagro: fue el resultado de años de preparación
revolucionaria.
—En aquellos días también hubo
ejecuciones, persecución religiosa y violencia revolucionaria. ¿Cómo
interpretas esa realidad?
-Toda revolución
atraviesa procesos contradictorios y violentos. El problema es que
posteriormente se mezcló deliberadamente la delincuencia oportunista con la
violencia revolucionaria para desacreditar el proceso revolucionario.
Los comités
revolucionarios expropiaban fábricas, ocupaban edificios, ejecutaban fascistas,
militares sublevados, pistoleros patronales o miembros destacados de una
Iglesia comprometida con el golpe militar.
El término
“incontrolados” resultó extraordinariamente útil para la burguesía y los
contrarrevolucionarios, porque permitía criminalizar al mismo tiempo
delincuencia y revolución.
Esa ambigüedad
sirvió para justificar la posterior represión de los sectores revolucionarios
más radicales.
Nueve semanas
después de su creación el CCMA era disuelto el 1 de octubre de 1936, aunque la
CNT ya había dado su acuerdo desde mucho antes, en un plenario reunido el 17 de
agosto de 1936.
A finales de octubre de 1936 el
balance del CCMA era terrible: se paraban las espontáneas y metódicas
expropiaciones obreras de fábricas y propiedades de la burguesía, que pasaban a
ser controladas y deformadas por un decreto de colectivizaciones y control
obrero, cuyas disposiciones y desarrollo efectuó Tarradellas, en enero de 1937,
mediante 58 decretos financieros y tributarios…
El miércoles 16 de junio de 1937, policías llegados a Barcelona desde
Madrid detuvieron al CC del POUM, partido ilegalizado ese mismo día bajo la
fantástica acusación de formar parte de una red de espionaje fascista.
Se iniciaba una brutal represión contra el POUM y los sectores
revolucionarios de la CNT, que además demonizaba y difamaba el carácter y
naturaleza de los incontrolados/revolucionarios. Era la primera vez en la
historia en la que se planteaba una
campaña de falacias, infamias y calumnias como sustitución de la realidad social e histórica. Represión y
escarnio, sin límites, para los vencidos de mayo. Los poumistas
eran acusados de ser trotskistas/fascistas, los altos cargos cenetistas en
Orden público, o en la antigua Oficina Jurídica, eran ultrajados,
desprestigiados y deformados hasta el absurdo, convirtiéndolos en monstruosos
asesinos y ávidos ladrones, aislándolos del contexto histórico, social y
revolucionario en el que habían surgido. Los represaliados dejaban de ser
quintacolumnistas y enemigos emboscados en la retaguardia, en una situación de
guerra civil, provocada por el alzamiento de militares, curas y fascistas
contra un gobierno democrático y legítimo, para convertirse en angelitos
incólumes e inocentes, injustamente agredidos, que hacía abstracción del golpe
de estado y de la guerra en curso de un pueblo contra el ejército profesional,
la Iglesia y la burguesía.
Era una extravagante, grotesca y curiosa maniobra, pero muy efectiva,
que ocultaba el papel de estalinistas y republicanos en las mismas tareas
represivas que los anarquistas. Absurda y arbitrariamente se concentraban y
personalizaban todas las “barbaridades”, acciones represivas y decisiones “de
gobierno y orden público”, tomadas durante el período revolucionario en
Barcelona, en unos cuantos nombres estigmatizados y demonizados: Manuel
Escorza, Dionisio Eroles, Aurelio Fernández, José Asens, Eduardo Barriobero,
Justo Bueno, Antonio Ordaz. Al mismo tiempo, en cada localidad surgía el nombre
del incontrolado/revolucionario de turno: Antonio Martín ·el Cojo de Málaga”,
en Puigcerdá”, Lino y “sus muchachos” en Sabadell, Pedro
Alcocer y “sus chiquillos” en Tarrasa, Aubí “el
Gordo” en Badalona, Marín en Molins, Pascual Fresquet y su autobús de la muerte
en Falset, y un largo etcétera en toda Cataluña.
La operación de
persecución,
deshonra, eliminación, distorsión y
criminalización de algunos de los responsables cenetistas, completa y
gratuitamente degradante, vil, abstracta, ideológica e irracional, disfrazó la situación revolucionaria,
comenzada en julio de 1936 por el triunfo sobre el golpe militar-fascista, y el
consiguiente vacío de poder, como una
epidemia de monstruosos asesinos en serie, vampiros ávidos de sangre e
impunes ladrones, todos exclusivamente anarquistas, provocada por un extraño virus: la legalidad republicana y la
selectiva represión gubernamental y estalinista. Lo curioso y grave es que esa
campaña publicitaria y esa cadena de infamias caló tan hondo que llegó a
sustituir la propia realidad, y aún hoy
impregna las narraciones históricas académicas como un dogma indiscutible.
No en vano Orwell extrajo las características esenciales del Gran Hermano de
sus vivencias barcelonesas.
—¿Qué importancia tuvieron los Amigos
de Durruti?
-La Agrupación de los Amigos de Durruti se fundó en marzo de
1937, por confluencia de los 800 desertores de la Cuarta Agrupación de Gelsa de
la Columna Durruti y los anarquistas que en la retaguardia se mostraron muy
críticos con el colaboracionismo de la CNT (Balius y tantos otros). Esos
desertores, en febrero de 1937, abandonaron paulatinamente el frente de Aragón,
armados, porque se negaron a la militarización de las columnas confederales.
Tres meses después combatieron por la revolución, con esas armas bajadas del
frente, en las barricadas barcelonesas de mayo de 1937. A eso se le llama
derrotismo revolucionario. Federica Montseny propuso una solución para impedir
el abandono del frente por esos libertarios revolucionarios: secciones de
ametralladoras en abanico que impidieran esas deserciones. Eso también tiene
nombre.
Los Amigos de
Durruti realizaron una de las críticas más profundas y lúcidas al
colaboracionismo de la CNT.
Comprendieron
algo fundamental: que no destruir el Estado equivalía a dejar intacto el
instrumento que acabaría aplastando la revolución.
Su propuesta de
Junta Revolucionaria pretendía coordinar y centralizar el poder real que ya
existía en los comités obreros, de barrio, de fábrica y de milicias.
También
plantearon cuestiones decisivas para el anarquismo: la necesidad de una teoría
revolucionaria, de un programa claro y de una dirección revolucionaria no
burocrática ni sustitutoria del proletariado..
Sin teoría
revolucionaria, la revolución quedaba condenada a ser absorbida por el Estado.
—¿Qué
fueron realmente los Hechos de Mayo de 1937?
-Mayo del 37 fue la derrota política de la revolución
iniciada en julio de 1936, que necesitaban los contrarrevolucionarios para
acabar con una amenaza proletaria que duró diez meses.
Los trabajadores
revolucionarios de Barcelona no combatían por una República burguesa ni por la
restauración del orden estatal. Combatían por una revolución social basada en
los comités obreros y la expropiación de la burguesía, que debía cambiar su
vida cotidiana.
Pero desde julio
de 1936 coexistieron dos dinámicas opuestas: la revolución social impulsada
desde abajo y la reconstrucción progresiva del aparato estatal impuesta por
republicanos, estalinistas y sectores colaboracionistas del anarcosindicalismo.
Mayo del 37
resolvió violentamente esa contradicción.
UGT y CNT,
gobierno de la Generalidad y ERC, estalinistas y comités superiores, todos
juntos, convirtieron la hermosa victoria militar de la insurrección, al alcance
de la mano (según Julián Merino de la FAI y Josep Rebull del POUM), en una
horrorosa derrota política. Todos juntos, pero de forma distinta, para
desempeñar eficazmente cada uno su papel. Estalinistas y republicanos
directamente en las barricadas de la contrarrevolución. Anarcosindicalistas y poumistas en la ambigüedad del quiero y no puedo; del soy,
pero dejo de ser; los primeros recomendando el cese de la lucha y el abandono
de las barricadas; los segundos mediante el “audaz” seguidismo de los primeros.
Sólo dos pequeñas
organizaciones, la Agrupación de los Amigos de Durruti y la Sección
Bolchevique-Leninista de España, intentaron evitar la derrota y dar a la
insurrección unos objetivos precisos. El proletariado revolucionario
barcelonés, esencialmente anarquista, luchó por la revolución, incluso contra
sus organizaciones y contra sus líderes, en una batalla que ya había perdido en
julio de 1936, en el preciso momento en que dejó en pie el aparato estatal.
Pero hay batallas
perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más
objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, advertir el lado de la
barricada en que se encuentra, señalar dónde están las fronteras de clase y cuál
es el camino a seguir y los errores a evitar.
La historiografía
oficial suele presentarlo como una “ruptura antifascista”, pero en realidad fue
la victoria de la contrarrevolución dentro del propio campo republicano.
-Los anexos, con textos
inéditos, de García Oliver, ¿qué supone para tu investigación y narración?
-Hay tres textos inéditos de Juan García Oliver. Lo más
interesante es el relato personal de su intervención en las jornadas de lucha
callejera del 19 y 20 de julio. Ese relato le fue encargado y pagado por el
novelista Luís Romero, que lo utilizó en su novela Tres días de Julio.
JGO no uso nunca ese texto en sus memorias, porque se sentía obligado a
respetar su venta al novelista. Es una suerte, para todos, la recuperación de
ese testimonio personal de JGO.
Otro texto importante es la narración que García Oliver hace de
la entrevista cenetista con Companys el 20 de julio de 1936.
—Después de tantos años investigando
aquellos acontecimientos, ¿qué es lo que más te sigue impresionando?
-La
extraordinaria capacidad de autoorganización del proletariado barcelonés.
En cuestión de
horas, miles de trabajadores derrotaron a un ejército profesional y comenzaron
a reorganizar la vida económica, militar y social de toda una ciudad.
No esperaron
órdenes de ministerios ni partidos. Actuaron directamente.
Eso solo fue
posible gracias a setenta años de pedagogía libertaria, experiencia obrera en
sindicatos, ateneos, comités de defensa, grupos de afinidad y cooperativas,
autonomía obrera, orgullo de clase y organización colectiva.
Pero también
sigue impresionándome la rapidez con la que aquella potencia revolucionaria fue
desviada hacia la colaboración antifascista y la reconstrucción estatal.
Julio de 1936
sigue siendo una experiencia incómoda porque demuestra simultáneamente dos
cosas: la enorme capacidad creadora de la clase trabajadora y los límites de
una revolución que no resolvió la cuestión del poder.
Dicho
esto, quiero hablar del papel jugado por los leninistas en la insurrección del
19 de julio y de su dogma de la necesidad de la dirección de su partido, cuando
apenas pueden simular su complejo de superioridad sobre los
anarcosindicalistas.
Los leninistas
del PSUC, constituido el 24 de julio de 1936 por la unificación de cuatro
pequeños partidos socialistas y comunistas, encabezó la contrarrevolución
estalinista, caracterizada por la defensa de un Estado burgués fuerte, capaz de
crear un ejército tradicional, apto para ganar la guerra al fascismo. Negaban
la existencia de revolución alguna en Cataluña. Los leninistas del POUM, tras
la derrota del golpe militar y fascista propusieron un programa de rebaja de
alquileres, aumento de salarios y otras reivindicaciones inmediatas menores, en
lugar de plantear la única cuestión importante, decisiva y urgente: la del
poder. El leninismo, en la Cataluña de 1936, naufragó, sin pena ni gloria,
entre el estalinismo contrarrevolucionario y el inmediatismo más miope e
inútil.
—¿Qué
lección principal deja julio de 1936?
-Que la
revolución no es una utopía abstracta, sino una posibilidad histórica real
cuando una clase social organizada decide intervenir directamente en la
historia.
Y también que
toda revolución debe afrontar inevitablemente la cuestión del poder.
El 21 de julio de
1936 nadie planteó seriamente coordinar y fortalecer el poder real que ya
ejercían los comités revolucionarios. Se optó por colaborar con el Estado en
lugar de destruirlo.
Ahí se
encontraba, en última instancia, la derrota futura e inevitable.
Porque o la
revolución destruye el Estado o el Estado termina destruyendo la revolución.
—¿Quieres
añadir algo más?
-La historia debe
servirnos para comprender el pasado y transformar un futuro distópico.
Las revoluciones
derrotadas también contienen lecciones esenciales. Los jalones de derrotas son
promesa de victorias futuras.
Hoy seguimos
enfrentándonos a la misma disyuntiva histórica: revolución o barbarie.
Y basta mirar el
mundo actual —las guerras permanentes, Gaza, Minneapolis, la economía global de
guerra, la destrucción social y ecológica— para comprender que la barbarie ya
no es una amenaza futura, sino una realidad presente.
Por eso sigue
siendo necesario estudiar, teorizar y discutir las experiencias revolucionarias
del pasado.
No como ejercicio
nostálgico o erudito, sino como herramienta para cambiar el mundo y rechazar un
futuro inmerso en la barbarie.
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