Cazarabet conversa con...  David Casado-Neira, coautor de “Vidas des-contadas” (La Oveja Roja)

 

 

 

 

 

 

 

 

Un libro imprescindible, comprometido y que con voces en primera persona o que nos trasladan testimonios nos acercan a todo

Un ensayo para aproximarse, entre catas, jergas e ilustración, a esas existencias a la intemperie que nadie parece querer mirar y que, sobre todo, nadie sabe bien cómo nombrar. Un ensayo colectivo que pone a juego la creación de conocimiento, desde la consciencia de sus límites.

Un ensayo colectivo del Equipo ViDes, coordinado por Gabriel Gatti y María Martínez, y con la participación también de David Casado-Neira, Elixabete Imaz, Ignacio Irazuzta, Carolina Kobelinsky, Mariana Norandi, Daniela Rea, Iñaki Rubio-Mengual y Álvaro Villar y con ilustraciones de Daniel Piqueras Fisk.

Lo que nos encontraremos en este libro, editado por La Oveja Roja:

¿Cómo es la existencia cuando no hay cobijo, ni protección, ni refugio? ¿Se existe sin la visibilidad que da ser parte de un relato común, o de un registro? ¿Qué alternativas se abren en un contexto así, tan desolador? ¿Y cómo es posible contar si no se tiene ni cuentas ni cuentos, no unos que reconozcamos, si aquello que buscamos contar quedó fuera de todo «registro sensible»? En el mundo de «después de las protecciones», cuando muchas formas de existencia se han quedado sin amparo, cuando pensamos la existencia en «clave de des-» (desaparecida, desterritorializada, desprotegida, desinstitucionalizada, también descontada), ¿cuál es la teoría que debemos usar? ¿Con qué métodos trabajamos? ¿Y cómo la escribimos? Miramos un mundo lleno de existencias que, de tan deterioradas, nombramos mal, o a medias. Intuimos cosas, porque hay indicios, marcas. Poco. Con eso y con las ciencias que heredamos trabajamos intentando responder a la pregunta de qué ciencia social es posible en un mundo así.

«Damos cuenta de [esas vidas] a través de aproximaciones borrosas, cachitos de realidades esquivas. Las llamamos catas. Por separado dan cuenta de algo minúsculo y juntas tejen un manto complejo que cuenta, él sí, de un mundo en decadencia, uno que expulsa de manera masiva y sistemática vidas a las que se les niega esa condición. Las disponemos en cuatro contenedores, que van de más a menos normalidad, de más a menos posibilidad de ser contado.»

Con David Casado-Neira uno de los integrantes del colectivo ViDes ya conversamos en su día sobre un libro, La desaparición social…https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/desaparicionsocial.htm

 

 

 

 

Cazarabet conversa con David Casado-Neira:

 

-David y amigos del colectivo ViDes desde que empecé a leer este libro no pude dejar de pensar que muchas de estas vidas descontadas debieron estar “más conectadas” en un momento determinado, ¿no?

En el libro hablamos de vidas descontadas, que es el eje sobre el que se articuló toda la investigación. Pero sí, son vidas desconectadas de muchas de las cosas que entendemos como una vida reconocida bajo los principios de la ciudadanía y los derechos. Son vidas más allá de los lazos que conocemos. Por eso nos interesa abordar no las causas sino las posibilidades de hablar de ellas en el aquí y ahora.

-Otras ya “nacen” en un entorno de vidas, pues eso “des-contadas”, ¿verdad?

Efectivamente, muchas de ellas nunca han sido ni contadas. No son vidas que se hayan “caído” de lo social, se dan en un estado que trastoca lo que entendemos por vida, de no contar para nadie, no poder saber quiénes son, y escaparse del régimen del registro oficial.

-¿Qué es lo que nos lleva a estar “como casi de repente” al margen de la vida? ¿O es lo mismo preguntar: ¿qué nos lleva a ser descontados?

Como sabemos hay infinidad de situaciones personales, historias vitales, que te pueden conducir a dejar de contar. A nosotros no nos interesa la biografía ni las condiciones personales que dan lugar a ello. Nuestra mirada es estructural, mirar la producción incesante y global de vidas descontadas. Nos hemos querido centrar en la propia negación de la ciudadanía como una realidad que nos acompaña en nuestras sociedades y para la que las ciencias sociales les faltan maneras de entenderlas, más allá de la criminalización o las políticas asistenciales. Nos hemos movido en un plano más autocrítico con la propia capacidad de la sociología de hablar de estas vidas.

-¿Cuántas maneras de descontar hay, tantas como maneras de contar, tantas como personas que habitamos el planeta?

Descuento lo usamos en tres sentidos: vidas que no son cuantificadas o registradas, vidas que no tienen narrativa, y vidas que no se tienen en cuenta que no se cuidan o se protegen. Aquí introducimos la idea de refugio que resulta central. ¿En dónde encontramos salvaguarda cuando el mundo se derriba a nuestro alrededor? Creo que podríamos invertir la pregunta y contestar: hay tantos refugios como personas, pero no todos abrigan igual.

-El sistema nos descuenta de la vida o somos nosotras/os los que nos descontamos, un poco, de la vida.

Hay descuentos voluntarios, pero la mayor parte se podría afirmar que son expulsiones del ideal fallido del principio de la libertad, fraternidad y legalidad. Gran parte de la humanidad vive en condiciones en las que la vida no nos parece ya posible en términos humanos. Las “vidas de mierda” responden a estrategias de supervivencia, o de otras formas de vida que nos resultan borrosas o difíciles de desentrañar. Asumimos que eso es insondable, pero no se trata tanto de una opción entre libre albedrío y condiciones estructurales, las vidas son resultado de la persistencia a pesar de todo, aunque solo sea como un cuerpo apenas audible. 

-Por la misma regla de tres podemos pasarnos la vida o parte de ella entrando y saliendo de esos diferentes contenedores, ¿verdad?

Es un fenómeno que no se puede aplicar a todos los casos, pero sí que hay estrategias de (super)vivencia en las que hay vías de conexión, como agujeros de gusano, que se usan a voluntad. Y tampoco es tan anómalo, alguien sin hogar comparte momentos y relaciones de ciudadanía regular, solo que está fracturada.

-En todos los lugares esos “descuentos” se producen de igual manera y por las mismas causas---más o menos--, ¿es así?

Las causas del descuento son múltiples y afectan a muchos aspectos, desde el acceso a la vivienda, la falta de papeles, hasta problemas de atención médica. O todos a la vez. Lo que es revelador es que a lo largo de la geografía que acompaña al libro hay conexiones entre situaciones diferentes en París, Teruel, Palo Alto, Ourense, o México City. Este aspecto es algo que hemos querido reflejar en el libro a través de esa forma de escritura multisituada.

-Todo esto se debe a que parece o, sin parecer, que esta sociedad de sociedades se ha ido “como deshumanizando”, ¿os parece?

En cualquier caso, no se trata de un fenómeno nuevo, es parejo a las formas de ciudadanía de la Modernidad. Ya habían dado testimonio de esto, en clave de denuncia, Friedrich Engels en 1839 con su Cartas del Wuppertal o Jack London en 1903 con La gente del abismo, y otras muchas autoras. Lo que se ha roto ahora es el mito de la ciudadanía universal basado en los derechos humanos. La promesa de la Modernidad está en crisis y con ella el ideal de humano y persona.

-¿Qué factores, según las experiencias que recogéis en el libro, son los precursores de esto?

Es un proceso que se está acelerando bajo las condiciones actuales de precarización de la vida motivado por las desigualdades económicas globales, la falta de reconocimiento de derechos, y los escenarios de desestabilización de las estructuras de protección institucionales.

-Me da que somos muchos los que vivimos como un o una funambulista…

Sí, cada vez amenaza a más gente que antes se veía a salvo, pero hay gente que no tiene red ni cinturón de seguridad, y la de este libro ni pértiga, ni alambre.

-Voy con una metáfora: ¿nuestras vidas pueden parecerse, en algún momento más o menos dilatado, a esos lugares de los barrios y ciudades en los que los márgenes están poblados de deshechos… nuestros deshechos?

Podemos estar al borde y no percibirlo, la catástrofe social amenaza siempre. Y son realidades con las que ya convivimos día a día, aunque las desconozcamos o seamos insensibles a sus indicios: olores, colchones, restos de hogueras, bancos al sol…

-Y si hablamos de ciudades y barrios, tenemos que poner el ojo en la vivienda que se va hinchando desde los alquileres hasta la que pueda estar a disposición de venderse…

El problema de la vivienda es algo que sentimos muy próximo, más en un país en donde la propiedad inmobiliaria ha servido como refugio (hogar) y seguro de vida. Imaginémonos que le han prendido fuego a mi caja de cartón.

-Mientras tanto, hay más posibilidades por parte de un turista de pasar unos días en un piso que una familia viva de manera solvente y con dignidad en un barrio de siempre o que una persona se pueda independizar sola, en pareja…

Eso puede ser un ejemplo de la fragilidad de algo que se ha considerado sagrado, el refugio como el último reducto de la vida: como el hospital en la Edad Media, para los cristianos; la propiedad privada (particularmente la casa) a lo largo de, al menos, de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país.

-Y los lugares comunes que unas y unos compartimos en nuestros pueblos, ciudades están pensados de manera humana porque el otro día leía que muchos de los “sin techo” se encuentran con muy pocos lugares, dentro del mobiliario del urbanismo, en los que puedan refugiarse y descansar, vamos que “como que se les ponen trampas” para que estén incómodos…

El otro día en una charla con chicos y chicas de un instituto de Teruel apuntaban la idea de la “arquitectura negativa”. Es algo muy potente que ya con 15 o 16 años creen esos conceptos para ver el mundo. La arquitectura, que nace de la necesidad de crear algún tipo de refugio (desde una choza hasta una fortificación), contradice su razón de ser, se niega el refugio y el descanso, pero además se utiliza de forma proactiva para expulsar a las personas del espacio en el que se nos hacen visibles, en el que convivimos, y son castigadas por ello. Lo que en la jerga profesional se conoce como “arquitectura hostil” es esa práctica de diseño que expulsa del espacio público a quienes se perciben como molestos. De ahí el uso que se hace de descampados, aleros de edificios o huecos urbanos. ¿Qué posibilidades de ir al baño tiene una persona sin hogar? Esta es una pregunta banal y a la vez dramática.

-Y no solo a los “sin techo”, también a cualquiera de nosotros que si tienes que buscar un lugar “de espera”.

La diferencia está en si tienes para pagarte un café o no. En una ocasión en A Coruña estaba tomando café en una pequeña cafetería y entró un hombre mayor preguntando si podía ir al baño. No muy aseado, con muestras evidentes de tener problemas de próstata. El camarero le dijo que estaba reservado a clientes. El hombre pidió un café con cruasán, fue al baño y leyó el periódico. Cuando fui a pagar, el camarero me pidió disculpas por “ese” cliente. No había nada que disculpar, salvo la falta de humanidad.

-¿Es muy difícil componer un libro desde tantas firmas como perspectivas? ;- ¿Cómo componéis el puzle?

Este fue un proceso largo y complejo producto de múltiples reuniones para discutir la forma del libro y un intenso trabajo con la gente de La Oveja Roja. Somos un equipo que llevamos años trabajando y en diversas constelaciones y proyectos. Esto ha generado ya una cultura de intercambio y colaboración muy sólida. Hemos tomado todos los relatos que ya teníamos, y en sucesivas lecturas colectivas, hemos ido seleccionando y encajando las piezas, hasta tener esta colcha de retazos hilvanada.  Con eso hemos impreso un libro-prototipo que hemos discutido con colegas y colectivos, hasta darle la forma actual. Algo muy atípico en la producción que nace de la academia.

-Este libro lo hace grande eso, “el ser un libro colectivo”… porque trata temas cotidianos, del día a día desde diferentes miradas, lugares y estados, me refiero a estados “del ser y estar” en el que el ánimo también está ahí, seguro…

A la vez que es frágil en su armazón y delicado en la escritura, ese es el mundo al que se asoma, esa es su fortaleza.

 

 

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