Cazarabet conversa con... David Alegre Lorenz,
autor de “Verdugos del 36. La maquinaria del terror en la Zaragoza golpista”
(Crítica)
Crítica edita un
libro que toca y analiza un tema extremadamente sensible a la hora de
investigar y tratar y que solamente plumas de la talla del historiador e
investigador David Alegre Lorenz pueden poner luz sobre una memoria sumergida….
Lo hace con una
narratividad: clara, concisa, rigurosa
La sinopsis del
libro:
Una
historia de los golpistas en la ciudad de Zaragoza que retrata el perfil humano
de los perpetradores que se sublevaron el verano del 36.
Conocemos a los
grandes protagonistas del 18 de julio de 1936, como Mola, Franco o Queipo de
Llano, que pusieron en jaque al Gobierno de la Segunda República con su golpe
de Estado y la guerra civil resultante de este. Sin embargo, detrás de estos
hombres hubo mucho otros cargos medios e incluso civiles que contribuyeron a la
victoria del bando sublevado. Esta obra pone nombre y apellidos a quienes lo
hicieron posible en Zaragoza, ciudad que planteaba un reto mayúsculo para los
golpistas por ser el segundo núcleo urbano más importante bajo su control, por
la presencia consolidada de las organizaciones de izquierdas y por su cercanía
a Cataluña.
David Alegre
aborda la lógica y el funcionamiento de la campaña sistemática de asesinatos
desplegada por el bando golpista en la ciudad entre el verano y el otoño de
1936, que acabó con la vida de unos 3.500 civiles de toda la provincia, la
mayor parte de ellos ejecutados en la capital aragonesa. En base a un
exhaustivo proceso de investigación analiza con todo detalle quiénes fueron los
principales perpetradores a cargo de las ejecuciones, desde las reuniones al
más alto nivel hasta el pie de fosa. Aunque cambiaron para siempre la historia
de España, la mayoría de ellos han pasado desapercibidos hasta hoy. Así pues,
el público lector tiene ante sí la oportunidad de adentrarse en las vidas y
motivaciones de dos generaciones de hombres nacidos entre 1885 y 1915, todos
ellos atravesados por los acontecimientos clave de su tiempo, desde la pérdida
de Cuba hasta los miedos del periodo de la Segunda República.
El autor David
Alegre Lorenz:
David Alegre
Lorenz (Teruel, 1988) es Doctor Europeo en Historia Comparada, Política y
Social por la Universitat Autònoma de Barcelona con la tesis titulada
Experiencia de guerra y colaboracionismo político-militar en Bélgica, Francia y
España bajo el Nuevo Orden (1941-1945). Desde el año 2014 es coeditor de la
Revista Universitaria de Historia Militar, un espacio de encuentro
transatlántico para el análisis y el debate donde se promueven los estudios de
la guerra. Ha realizado estancias de investigación en Alemania y ha publicado
diversos trabajos sobre los estudios de la guerra, la identidad del
combatiente, la experiencia de guerra y el fascismo, todos ellos centrados por
lo general en la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial y sus
posguerras.
Los libros de David Alegre Lorenz en Crítica:
Comunidades rotas: una historia
global de la Guerra Civil, 1917 – 2017 con Javier Rodrigo.
Europa desgarrada. Guerra, ocupación
y violència 1900-1950.
Colaboracionistas: Europa
occidental y el nuevo orden nazi
La batalla de Teruel. Guerra
total en España.
Charlemagne. Bajo el fuego
cruzado.
Nosotros lo hemos podido
entrevistar en nuestros Conversa con...:
Comunidades rotas:
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/comunidadesrotas.htm
Europa desgarrada
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/europadesgarrada.htm
La batalla de Teruel. Guerra total en España.
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/alegrelorenz.htm
Otros ejemplos de
“represión” a modo de seguimiento de cómo fue en otros lares del “la España en
guerra”:
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/matar.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/cenizas.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/labaneza.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/cortegana.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/carcar.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/aldecoabatallateruel.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/ulazia.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/hidalgo.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/marcharon.htm
Cazarabet
conversa con David Alegre Lorenz:
-David, coméntanos, antes que nada, el
porqué de este libro; ¿qué te ha llevado a su escritura? Me da que es un libro
que ya hacía bastantes años que ibas “maquinando”, que ibas madurando, ¿es así?
-Más que en
ninguna otra de mis investigaciones, lo que me llevó a este libro fue un deseo
insaciable de saber más sobre aquellos que fueron responsables de los
asesinatos de miles de personas indefensas en toda la geografía española y sus
razones para llegar a tal punto. Dicho deseo se alimentó durante muchos años de
una cierta sensación que se me transmitió desde medios muy diversos, la opinión
pública, la educación, la familia o la memoria colectiva local, y que apuntaba
a las dificultades insalvables a la hora de saber más sobre aquellos que
decidieron sobre la vida y la muerte de sus convecinos. En este sentido, todas
aquellas sospechas e hipótesis de partida que pudiera albergar sobre las
preguntas de mi objeto de estudio, quién, cómo y por qué, se fueron disipando y
cobrando formas claras y concretas mientras avanzaba en las pesquisas. Así fue
hasta el punto de ser yo mismo el primer sorprendido por los resultados, por la
cantidad de evidencia documental sobre los crímenes del 36 ocurridos en las zonas
golpistas de Aragón y la riqueza de los perfiles humanos implicados en los
diferentes niveles de la maquinaria de eliminación golpista.
Efectivamente,
este libro ha sido el fruto de un largo proceso de gestación, como lo es
cualquier buena investigación que se precie, siempre abierta a nuevas preguntas
que puedan ir surgiendo y construida solo en base a lo que nos puedan ofrecer
las fuentes. Este oficio es así, artesanal, requiere mucho tiempo, esmero y
paciencia, a menudo nos lleva a trabajar en paralelo en varios proyectos que se
retroalimentan entre sí y que nos permiten construir carreras académicas
coherentes. Verdugos del 36 surge de mi trabajo de campo en la
preparación de La batalla de Teruel: guerra total en España (2018),
cuando mediada la década pasada tuve el privilegio de entrevistar a decenas de
testimonios de toda la provincia nacidos en las décadas de 1910, 1920 y 1930
que habían conocido de primera mano o de forma mediada lo ocurrido en el verano
y el otoño de 1936. Aunque en aquel entonces no fuera mi objetivo, las
historias de vida que hacemos en nuestros encuentros con los testimonios que
nos abren las puertas de su alma y de su casa nos van marcando la agenda
investigadora, es decir, nos van señalando, queriendo o sin querer, carencias
del mundo de la investigación, cosas pendientes de atención y puntos oscuros
del relato público. En esas entrevistas me di de bruces una y otra vez con una
serie de individuos asociados a un mote que fueron los encargados de apretar el
gatillo en el Teruel de 1936, privados casi siempre de sus contornos humanos,
todo ello a través de imágenes y retazos casi caleidoscópicos que apenas nos permitían
acercarnos a ellos, a lo hombres que había detrás de aquellos recuerdos que me
llegaban en forma de retazos en aquellos diálogos de horas que tuve la suerte
de mantener con tantos paisanos.
Mis informantes
nunca me dieron nombres completos, había como un miedo atávico a mentarlos y un
respeto profundo por sus descendientes, a quienes no se quería exponer. Sin
embargo, la obsesión por saber más y entender me acompañó durante años. Acabé
dando con ellos en otro proyecto que me ocupó durante varios años a principios
de esta década y que ahora tengo parado a la espera del momento propicio: una
historia social de la posguerra en Teruel a partir de la experiencia de la
gente corriente. Trabajando en el Archivo del Juzgado Togado Militar de
Zaragoza con sumarísimos incoados por la maquinaria represiva de los tribunales
militares franquistas di con un macroproceso donde aparecía uno de aquellos
motes de los verdugos del Teruel del 36 asociado a su mote. Ese nombre y los
que aparecían junto a él, asociados a la comisión de terribles torturas en
plena posguerra, me permitió desentrañar casi toda la red local de
perpetradores. A partir de aquí todo fue tirar del hilo y empezar a reconstruir
las muy variadas y diversas trayectorias vitales de estos hombres en un proceso
que ha sido terrible como ser humano y fascinante como historiador. De hecho,
lo que me llevó a acabar haciendo un libro sobre Zaragoza fue la necesidad de
alzar el vuelo para entender la maquinaria mucho más amplia y compleja donde
operaron aquellos encargados del trabajo sucio, de las detenciones, las
torturas y los asesinatos, porque por mucho que estos tuvieran sus propios
intereses trabajaban para agendas que estaban muy por encima de las suyas,
aunque absolutamente compatibles los unos con las otras. Aquí me ayudó mucho el
contacto con los compañeros del gremio en los espacios de intercambio y debate
de la potente historiografía española, que me hicieron ver la necesidad de ir
más allá.
En definitiva,
buena parte de lo ocurrido en todo Aragón, dentro de lo que fue una dirección
flexible de la maquinaria eliminacionista en toda la zona sublevada, solo podía
explicarse a partir de decisiones y diseños nacidos en Zaragoza, centro
neurálgico de la región militar aragonesa, de Soria y el norte de Guadalajara.
Al fin y al cabo, uno de los objetivos de la investigación era entender cómo se
tomaban esas decisiones, y una vez que me sumergí a fondo en la capital
aragonesa fue abrumador darse cuenta de la magnitud y complejidad de lo
ocurrido allí. Zaragoza era una atalaya privilegiada para poder contar una
historia de la España de entresiglos hasta mediados del siglo XX a partir de
sus perpetradores, en un momento crucial que pone los fundamentos de nuestra
era, atravesado por las tensiones de la modernidad liberal y capitalista. La
capital aragonesa nos permitía, efectivamente, explicar esa historia de España
desde un prisma inédito, aunque la propia ciudad y sus equilibrios y relaciones
con toda la región aragonesa acaben siendo a su vez protagonistas. Esto
requería un libro específico que permitiera entender con el detalle necesario
las particularidades de las diferentes trayectorias y la gran cantidad de
variables que interaccionaron en la ciudad y en todo Aragón hasta hacer posible
la comisión de asesinatos como uno de los ejes articuladores de la construcción
del nuevo orden golpista.
- ¿Cómo se puso en marcha la
maquinaria del terror en la Zaragoza del 36?, ¿qué caldo de cultivo había
antes?, ¿fue un “terror” premeditado?
-La sociedad
española no era particularmente diferente a otras de su entorno inmediato ni
estaba atravesada por tensiones distintas a las de otros países como la Francia
del momento. La particularidad de España respecto a casos como el francés, con
el que se pueden trazar paralelismos, es que aquí hubo un golpe de Estado
cívico-militar de alcance tentacular y en el país vecino no, aunque hubo
sectores del Ejército y la ultraderecha gala muy influenciados por los
acontecimientos españoles que intentaron organizar algo parecido a través de La
Cagoule. En este sentido, los puntos de ruptura que explican las violencias de
1936 en ambos lados del frente de guerra que se acabó dibujando son muy
similares a los que habría enfrentado cualquier sociedad europea que hubiera
pasado por la disolución de la autoridad estatal a manos de un golpe de Estado
como fue el del 17-19 de julio. Insisto en ello para romper con los mitos sobre
la particularidad española, que ha sido uno de los caballos de batalla de
nuestra mejor historiografía.
Al margen de
esto, conviene tener presente la genealogía de la violencia golpista, que hunde
sus raíces en dos variables muy concretas compartidas con el resto de países
europeos. Por un lado, una concepción autoritaria de los modelos liberales o
liberal-democráticos vigentes en el cambio del siglo XIX al XX –aquí el régimen
de la Restauración– que entendía como legítimo el uso de todos los instrumentos
represivos de los estados para la conservación de una determinada concepción
del orden, siempre y cuando esta, basada en la existencia de unas jerarquías
sociales y en una desigualdad que se entendían como naturales y/o de origen
divino, se entendiera que estaba en riesgo. Por otro lado, en ese mismo
periodo, una visión hegemónica del prestigio, la fortaleza, la supremacía y el
progreso occidentales que se fundamentaba en el dominio de amplios territorios
de todo el globo bajo brutales regímenes racistas de explotación colonial. No
por casualidad, las frustradas y violentas campañas coloniales en Cuba y Filipinas,
que están en el origen militar, político y sentimental de una parte de las
prácticas, de las trayectorias profesionales, de las identidades, de los
diagnósticos y de las emociones que sustanciarían la coalición del 18 de julio
de 1936, coincidieron en el tiempo con el brutal sofocamiento de las
insurgencias anticoloniales mahdista (Sudán), bóxer (China) o boer (Sudáfrica).
Es muy importante no perder de vista que el sometimiento del enemigo mediante
el uso de la fuerza a través de la tecnología militar era considerada
la forma más efectiva de restablecer la supremacía y el prestigio blancos en
las gigantescas periferias imperiales, lo cual tenía su correlato y
transferencias en las propias sociedades metropolitanas frente a la supuesta
amenaza que entrañarían para el mantenimiento del statu quo las clases
populares organizadas.
En este sentido,
no es fácil responder a la pregunta de si la campaña del terror del verano y el
otoño del 36 respondió a una planificación previa. La evidencia pone de
manifiesto que había una predisposición al uso de la violencia, tal y como
reflejan las instrucciones reservadas de Mola, pero lo que acabo ocurriendo no
era lo que estaba previsto. Todo invita a pensar que de haber triunfado el
golpe en pocos días o semanas, que era lo que se esperaba, la realidad no
hubiera diferido demasiado de la de otras latitudes del fascismo europeo como
Italia, primero, o Alemania, más recientemente, donde a la altura de 1936 se
habían habilitado campos de concentración, detenciones gubernativas,
ilegalización de las organizaciones democráticas y revolucionarias, unos pocos
centenares de asesinatos selectivos de opositores y nutridos exilios forzados
que hubieran desmantelado toda posibilidad de oposición. Esto es lo que se
deduce de las instrucciones reservadas de Mola cuando habla de detenciones y
tribunales militares. Sin embargo, el fracaso de las previsiones iniciales, la
voluntad de resistencia de las autoridades gubernamentales, el alto grado de
oposición popular a los golpistas y la incertidumbre creciente de los primeros
días y semanas, sobre todo hasta que a finales de julio se confirma la vital
ayuda germano-italiana, dejó a las autoridades golpistas en medio de una densa
niebla. Así las cosas, un golpe que había de ser rápido a pesar de la oposición
que se esperaba, deviene una guerra donde las necesidades crecen
exponencialmente, viéndose obligados a sofocar núcleos de resistencia al tiempo
que improvisan un avance a marchas forzadas sobre Madrid por territorios
ampliamente hostiles, todo ello al mismo tiempo que los medios disponibles no
dejan de disminuir o cuanto menos llegan a cuentagotas.
Por todo lo dicho
hasta aquí, para el caso de Aragón está clarísimo que la campaña de masacres
que acaba en el asesinato de más de tres mil personas en el verano y el otoño
de 1936 tuvo mucho que ver con la ansiedad que provoca entre las autoridades
golpistas el fracaso de la sublevación. Se trata de asesinatos que desde la
jerarquía rebelde se concibieron como una medida preventiva frente al miedo o
al peligro de insurrecciones populares dentro de las zonas que ya tenían bajo
su control, sobre todo ante la posibilidad de que pudieran conectar con el
avance de las columnas organizadas en Levante. Al mismo tiempo, esto formaba
parte de una mentalidad muy arraigada en las doctrinas militares dominantes en
los estados mayores de todos los ejércitos occidentales, según las cuales la
carencia de medios a la que estaban acostumbrados a operar en entornos
coloniales o de guerra total podían salvarse mediante un uso de la fuerza, que
se pretendía científico-quirúrgico y que a la vez garantizaba el
restablecimiento del prestigio o el reconocimiento de la autoridad que
aspiraban a encarnar. Como digo, en el Aragón de julio y agosto de 1936 el
mayor temor era que las columnas catalanas y valencianas pudieran conectar con
rebeliones en las capitales provinciales y hacer colapsar la posición golpista
en la región, pero creo que esta lógica y lectura es extensible al conjunto de
la zona sublevada. Al fin y al cabo, repito, la mayor parte de los recursos y
el personal militar profesional, incluida la Guardia Civil, fue movilizado y
organizado en unidades improvisadas destinadas de forma masiva a las nacientes
áreas de operaciones, dando lugar a una sensación de vacío en la retaguardia.
Así pues, los
asesinatos y su carácter sostenido en el tiempo se mantuvieron mientras los
golpistas no sintieron que estaba consolidada su posición en las zonas bajo su
control y hasta que no tomaron conciencia de que se encontraban sumidos en una
guerra de duración incierta. Esto se hizo evidente a partir del fracaso del
asalto sobre Madrid, que les obligó a pensar en otras formas de control y
violencia institucionalizadas y sometidas a algún tipo de regulación que no
pusiera en riesgo la legitimidad y la imagen de moderación que pretendían
encarnar frente a la opinión pública doméstica e internacional. Es por eso que
a principios de 1937 tomaron el protagonismo los tribunales militares y los
procesos sumarísimos, así como las comisiones de incautación de bienes, si bien
los asesinatos extrajudiciales nunca desaparecerían del todo. En este sentido,
y por concluir, sí que hubo predisposición a la violencia, muy arraigada en la
mentalidad y las prácticas de las agencias securitarias y del Ejército, pero la
campaña de eliminación del 36 tuvo mucho de improvisación, prueba y error,
experimentación y organización sobre la marcha.
-¿Cómo fueron los verdugos de la
temprana represión en Zaragoza desde el 36?,¿qué perfil presentaban?, ¿qué
radiografía le podríamos hacer?, ¿qué denominadores en común presentan los
verdugos?
-Depende en qué
parte de la cadena de mando nos situemos. Los arquitectos de la maquinaria de
eliminación fueron en su mayor parte oficiales de Estado Mayor, es decir, parte
del cerebro y del personal más capacitado del Ejército. En muchos casos,
hablamos de militares de carrera que hasta el 18 de julio de 1936 se
encontraban en régimen de supernumerarios o excedencia, dedicados al mundo de
los negocios privados en algunas de las actividades más florecientes de la
economía española del momento: finanzas y comercio, construcción, educación
privada, etc. El caso paradigmático es José Derqui, que puso en marcha la
Delegación de Orden Público de Zaragoza, a cargo de la maquinaria de
eliminación en toda la provincia, quien además de comandante de Estado Mayor en
excedencia y militante de Renovación Española era el director del Banco Español
de Crédito en todo Aragón. En este sentido, podemos decir sin miedo a
equivocarnos que su papel era representar y articular los intereses de una
parte sustancial del gran capital aragonés del momento en la campaña de
aniquilación que se puso en marcha a partir de principios de agosto de 1936,
que tuvo como finalidad una reorganización a gran escala de la estructura
productiva y las relaciones de poder de todo el país.
Si bajamos a los
coordinadores de los operativos a cargo de las detenciones, la extracción de
información mediante la fuerza y los asesinatos nos encontramos ante todo con
oficiales de bajo rango de la Guardia Civil, muy importantes en este caso
porque fueron la correa de transmisión y al mismo tiempo los encargados de
ejecutar las políticas de eliminación en todas las zonas rurales de la España
golpista. Por lo general, se trataba de alféreces y tenientes al frente de
líneas de la Guardia Civil, que mandaban varios puestos locales, o capitanes al
frente de las compañías, que mandaban varias líneas, todos ellos situados entre
los treinta y los cuarenta años. En la mayor parte de los casos se trataba de
militares de carrera de las armas de infantería y caballería que habían tomado
parte en el ciclo militar de Alhucemas que condujo al sometimiento violento del
Rif. Lo hicieron dentro de las unidades de choque de Regulares, el Tercio o la
Mehala. Efectivamente, aquí radica el verdadero alcance tentacular del africanismo
en España, porque muchos de estos oficiales del Ejército se acogieron a
principios de la década de 1930 a la posibilidad que tenían de pasarse a la
Guardia Civil conservando su rango, casi siempre para intentar seguir
progresando en su carrera ante las saturadísimas escalas del Ejército y el
cierre de la vía rápida que ofrecían los ascensos por méritos en la guerra
colonial. De este modo nos encontramos con que el ethos africanista permeaba a
la mayor parte de los oficiales del cuerpo con mando efectivo sobre tropa y
sobre la gestión del orden público en el quinquenio republicano. Dicho ethos se
caracterizaba por primar la fuerza y la temeridad por encima de la ponderación
y la mesura, dentro de esa mentalidad colonial que apuntaba antes; por la idea
de que España estaba carcomida por infinidad de enemigos que anidaban en el
seno del cuerpo de la patria misma y que debían ser arrancados de cuajo si se
pretendía desplegar toda la potencia dormida del país; de que el Ejército era
el mejor intérprete de la realidad y el más eficaz agente regenerador de la
decadencia en la que se encontraría el país. Junto a ellos fueron clave también oficiales de la misma edad y rangos que se
habían mantenido dentro del Ejército con trayectorias muy similares, muy bien
conectados a la vida social y política de su tiempo, sobre todo con las
organizaciones de ultraderecha del momento y que se encargaron de la movilización
y encuadramiento del voluntariado civil.
Finalmente, en lo
más bajo de esta escala se encontraban suboficiales y tropa de la Guardia Civil
que se encargaron materialmente de las detenciones, interrogatorios, torturas y
asesinatos, contando para ello en el ámbito rural con el apoyo de voluntarios
civiles. En entornos urbanos como Zaragoza el principal protagonista de estos
procesos acabó siendo el naciente Servicio de Información e Investigación de
Falange, que surgió precisamente en la capital aragonesa y que se acabó
convirtiendo en la parapolicía secreta de dicho partido, al mando del capitán
de caballería Santiago Tena Ferrer. Casi con toda seguridad él fue el encargado
de las cuadrillas que mataron a la mayor parte de las 3.500 personas asesinadas
en la provincia de Zaragoza durante la guerra, incluso es muy probable que él
mismo no dudara en dar ejemplo haciendo la faena con sus propias manos. No
obstante, la mayor parte de los perpetradores materiales fueron jóvenes de
entre 20 y 30 años, a veces incluso menos, procedentes de las clases populares
más humildes, deseosos de sumarse al bloque de poder, de conseguir respeto y
reconocimiento social, de iniciarse en la vida adulta, de acceder a los cuerpos
y a las migajas del expolio de las víctimas, etc. Por supuesto, hubo
excepciones, es decir, sujetos de clase media o de las burguesías locales que
decidieron bajar al barro, arremangarse y matar, en el libro aparece
documentado con todo lujo de detalles uno particularmente estremecedor, el del
abogado Julio Alcalá Royo, y en el caso del Teruel del 36 tendríamos a Felipe
Guerricabeytia Rueda, “El Estanquero”, como se verá en el próximo libro sobre
la violencia en el Aragón rural. No obstante, como digo, la mayoría eran
jóvenes de origen muy humilde que a menudo ya militaban en Falange y otras
organizaciones ultras desde antes de la guerra y que resultaron de gran
utilidad a los golpistas a nivel local para proyectar la idea de que la
violencia era algo reivindicado desde abajo por los propios hijos de pueblo,
que purgarían los supuestos pecados del quinquenio republicano. Al mismo
tiempo, esto les permitió reforzar la idea de que contaban con apoyos sociales
que daban legitimidad a su causa, de ahí que hablaran de Alzamiento Nacional
para referirse al golpe, pero al mismo tiempo les proporcionó un chivo
expiatorio para explicar y reconocer en cierto momento los excesos ocurridos en
las zonas bajo control golpista, que habrían sido sobre todo culpa de los
falangistas, mientras que Ejército y Guardia Civil se habrían limitado a
cumplir con su deber. Yo tengo muy presente este relato porque mi abuelo
paterno era Guardia Civil ingresado en el cuerpo en 1940, con lo cual mi
familia se vio muy permeada por estas narrativas, perfectamente encarnadas por
mi abuela, que era una nostálgica del franquismo y una mujer de orden que
siempre atribuyó todo lo malo que ocurrió en la retaguardia rebelde a los elementos
más radicales de Falange.
-Zaragoza
fue una de las principales ciudades que cayó presa del Golpe de Estado militar,
desde un primer momento, como Sevilla. ¿Hasta qué punto estuvo preparado?
-La clave del
éxito del golpe de Estado allá donde triunfó radicó en su organización
absolutamente tentacular, que desbordó por completo a las autoridades
gubernamentales. Por mucho que supieran que había algo en ciernes nunca se
imaginaron el alcance de la sublevación. Tanto las autoridades del Gobierno
como los conspiradores tenían un punto de referencia muy claro: el golpe de
Sanjurjo de 1932. A los primeros les hizo confiarse, convencidos de que la
mejor estrategia era dejar que tuviera lugar la nueva intentona para caer con
todo el poder del Estado sobre los golpistas y desactivarlos para siempre. A
los segundos les hizo darse cuenta de que tenían que tejer una tela de araña lo
más tupida posible, poniendo a trabajar todos sus recursos económicos, tirando
de todas las conexiones políticas, sociales e internacionales que pudieran
resultar valiosas para no volver a fallar. Por eso hoy en día hablamos de golpe
cívico-militar, porque consiguió implicar a sectores estratégicos de la
sociedad, de la política y de la economía española. Todo esto pasó entre muchas
otras cosas por infiltrar las agencias de seguridad del Estado, una tarea en la
que se distinguió por encima de todos Falange, tal y como podemos ver a través
de la documentación, de tal manera que a la altura del 18 de julio de 1936
tenían completamente ganadas para la causa a las dos compañías de la Guardia de
Asalto radicadas en Zaragoza, a un grupo importante de agentes dentro de la
comisaría de Policía zaragozana, a un grupo de tenientes y capitanes del
Ejército, al tiempo que las milicias ultraderechistas de Falange recibían
formación a nivel local de ciertos oficiales de la Guardia Civil ganados para
su causa, como ocurrió en Alcañiz con el capitán y jefe de compañía Alfredo
Maceiras Maceiras. Así se explica que un partido irrelevante electoralmente
como Falange se encontrara en una posición más que favorable para capitalizar
políticamente la sublevación como ningún otro.
Por tanto, sí, la
sublevación se encontraba muy bien organizado en plazas como Zaragoza, y aunque
hubo un alto grado de incertidumbre alto durante la madrugada del 19 de julio
lo cierto es que los principales implicados en el golpe lo estaban desde hacía
tres meses, como queda probado en las hojas de servicio de guardias, policías y
militares. Quiero decir con esto que la preparación fue concienzuda y que hubo
inteligencias muy capacitadas detrás para garantizar que las cosas transcurrían
de forma favorable, pero en un escenario así cobra un papel muy importante la
contingencia, sobre todo en un golpe de Estado donde los conspiradores sabían
que se enfrentarían a una fuerte hostilidad de amplios sectores de la sociedad
española, como quedó probado en todos los puntos de la geografía.
-Y los verdugos y la matanza, ¿cómo se
fue dilatando conforme pasaba el tiempo y los días?
-La violencia
eliminacionista se sostuvo con pocas variaciones cuantitativas desde el 9 de
agosto de 1936, coincidiendo no por casualidad con un viaje fugaz de Mola a
Zaragoza, hasta finales de diciembre de 1936. En la primera de esas fechas es
cuando el cerebro del golpe transmite las órdenes para proceder con la campaña
sistemática y preventiva de masacres que acabará en cuestión de semanas con la
vida de centenares de personas indefensas en la mayor parte de los casos. Esta
se caracterizó por la extracción de información mediante la tortura en lugares
habilitados para ello como el edificio 5 de Ponzano o más tarde el chalé de
Bergua en el paseo Ruiseñores, la centralización de los asesinatos en
determinados espacios como Valdespartera y la ocultación de las evidencias.
Esto último denota un cambio cualitativo respecto al goteo de asesinatos de las
primeras semanas, con cuerpos apareciendo en puntos diferentes de la ciudad y
evidencias del nerviosismo y precipitación de los perpetradores, gracias a las
autopsias practicadas de las que tenemos rastro documental. Conscientes como
eran las autoridades golpistas de estar cometiendo crímenes desde el punto de
vista del derecho penal y del derecho internacional humanitario vigentes, pues
tenían de su lado a importantes juristas, gente del derecho y del Cuerpo Jurídico
Militar, sabían que había que ganar la batalla del relato en la arena doméstica
e internacional. Tal cosa pasaba por visibilizar y amplificar los crímenes
ocurridos en la zona republicana, de los que se tenía perfecta conciencia
gracias a las personas refugiadas que llegaron procedentes del Aragón oriental
con relatos de auténtico terror, al tiempo que se minimizaba y ocultaba en la
medida de lo posible la propia violencia, sin renunciar a ella, porque se
consideraba consustancial al imperativo militar que rigió las decisiones de los
golpistas: hacer todo lo necesario para asaltar con éxito el poder del Estado y
ganar esa guerra inesperada surgida de su fracaso. Así se explica que la mayor
parte de la violencia ocurrida en Aragón se concentre con toda claridad en las
poblaciones situadas sobre los principales ejes de comunicaciones y las áreas
de interés económicos estratégico, a saber, la Ribera Alta del Ebro hasta
Tudela, el corredor Zaragoza-Huesca vía Zuera, el eje del Jalón que conectaría
con el corredor del Henares en dirección a Madrid, las capitales provinciales y
la comarca agroganadera de Cinco Villas.
Esta convergencia
definitiva de todas las zonas golpistas hacia un modelo organizado de violencia
eliminacionista se consolida entre finales de julio y principios de agosto,
empezando probablemente por el sur, como apunta Ángel Alcalde.
Esto se articuló a partir de la acumulación de experiencias de control social y
ocupación del territorio que se transmitieron y debatieron en las más altas
instancias en encuentros como el que mantuvo la Junta de Defensa Nacional en
Burgos a mediados de agosto, pero también a través de las giras de las máximas
autoridades golpistas por toda la geografía española o por medio de enlaces,
dado que este tipo de órdenes siempre se transmitían de forma oral, como deja
muy claro la documentación. Esto último formaba parte de la lógica de la
ocultación, que siempre buscaba limitar al máximo las pruebas de los crímenes o
cualquier evidencia de organización desde arriba. En cualquier caso, esta nueva
visión del proceso que lleva a las políticas eliminacionistas está empezando a
desarrollarse ahora. Todo esto tendrá que venir acompañado de más estudios
locales-regionales, pero también de nuevos estudios de las tipologías de
víctimas y formas de la violencia. Digo esto porque no siempre se mató al mismo
perfil de individuos, aunque en Zaragoza fueron sobre todo hombres de clase
popular vinculados a organizaciones político-sindicales de izquierdas, pero por
ejemplo en diciembre de 1936 tuvieron lugar varias sacas con números muy
abultados y anormales de mujeres de acuerdo con las tendencias previas. Esto
sin duda nos remite a uno de los temores expresados por las autoridades
golpistas en la documentación que nos han dejado: la existencia de redes
clandestinas de solidaridad y resistencia en las zonas que tenían bajo su
control, a pesar de la fuerte inversión en violencia organizada desde agosto,
donde se creía y sabía que las mujeres tenían un papel protagonista como
enlaces, por creerse que los prejuicios machistas de la época que veían en
ellas el sexo débil las ponían a salvo de sospechas y acusaciones. En este
sentido, sabemos que varios de los repuntes de violencia del otoño, por ejemplo en octubre, responden a diferentes evidencias
imaginarias y/o reales que tienen las autoridades al mando en Zaragoza de que
el enemigo sigue vivo y constituye una amenaza para su posición en la ciudad.
Aunque la
violencia golpista fue ante todo contrarrevolucionaria, aporafóbica y
obrerofóbica, es decir, tuvo como objetivo preferente a elementos de clase
popular baja posicionados en las organizaciones político-sindicales de
izquierdas, también se debatió mucho a nivel interno sobre la pertinencia de
ampliar los asesinatos contra individuos de buena familia identificados con
posiciones progresistas. En este sentido, un punto importante de fricción en el
seno de la coalición golpista en Zaragoza tuvo que ver con las personas de
clase media que habían militado a favor de opciones democráticas y de izquierda
en el quinquenio republicano, pero que al calor del golpe intentaron salvar la
vida manteniéndose al margen, intercediendo como mediadores en la salvación de
vidas o incluso sumándose a los aparatos de Falange en expansión, que acabarían
haciendo de esta una organización de masas e identificada con la respetabilidad
burguesa. Esto último era algo que preocupaba particularmente a los nuevos
gestores públicos, sobre todo a los sectores más radicales, que eran
partidarios de dar un escarmiento a los individuos que respondían a dichos
perfiles, y que eran totalmente contrarios a lo que veían como una amenaza de
primera magnitud: la infiltración a gran escala de enemigos en las estructuras
del Movimiento. Que las políticas de eliminación nunca se ampliaran de manera
decidida a los sectores de clase media progresista tuvo mucho que ver con el
miedo al vacío que dejarían a nivel comunitario, siendo como eran mucho más
visibles y estando como estaban mucho mejor conectados a nivel social, de
manera que su desaparición forzada pudiera suponer un peaje político para la
credibilidad de los golpistas a la hora de presentarse como opción de orden y
moderación.
Sin embargo,
estos conflictos explican la última y extemporánea saca de julio de 1937,
coincidiendo con el primer aniversario del golpe de Estado, como celebración y
como advertencia de que seguían dispuestos a todo contra aquello que decidieran
mover un dedo en contra de los intereses sublevados. Esta fue ordenada por uno
de los oficiales de Estado Mayor y empresarios más importantes en la
organización y despliegue del golpe en la Zaragoza de 1936, Antonio Torres
Bestard, que fue nombrado delegado de Orden Público durante unos pocos días
únicamente para poner en marcha el asesinato de más de treinta hombres de
perfiles de clase media de mucho peso en la ciudad, incluido el último
gobernador militar republicano, Ángel Vera Coronel. No
en vano, la frase que quedó asociada para siempre al primero como justificación
de la masacre decía que “ya han caído muchos de la alpargata, ahora les toca a
los de la corbata”.
-¿Qué papel juega aquí el general
Cabanellas, “cauto, pero a la chita callando”, para que el Golpe tuviese éxito?
-Desde febrero de
1936, Miguel Cabanellas era jefe de la V División Orgánica, es decir, máximo
responsable del Ejército en Aragón y Soria. Su papel en Zaragoza fue vital para
el golpe. Su hija, Clara Cabanellas, se encargó de recordárselo a Franco a mediados
de 1938 en reivindicación de una pensión para ella y sus hermanos y de la
contribución de su padre, que había muerto un mes antes apartado de los
espacios de poder por haberse opuesto a la designación del general gallego como
jefe del autoproclamado Estado golpista. En dicha carta subrayaba que el
general Cabanellas había tenido que lidiar con uno de los puntos más difíciles
de la geografía española del momento por el fuerte arraigo de las dos
principales centrales sindicales en Aragón.
Efectivamente,
parte del éxito golpista en Zaragoza y en el conjunto de las provincias
aragonesas tuvo mucho que ver con la ambigüedad calculada en la que se movió
Cabanellas hasta las primeras horas de la madrugada del 19 de julio de 1936,
cuando se proclama el estado de guerra y la capital regional cae finalmente del
lado de los golpistas. Tal fue su grado de ambigüedad, real y/o percibido como
tal por sus contemporáneos, que Mola tardó bastante en tantearlo de forma
directa. No lo haría hasta el 5 de junio de 1936 por medio de sus enlaces de
confianza, cuando el máximo responsable de la V División Orgánica recibió las
instrucciones sobre el rol vital que se esperaba que jugara Aragón en la
conspiración, aunque Cabanellas sabía desde mucho antes que algo se estaba
cociendo, como prueban diversas fuentes. Sabedor de que Barcelona y Cataluña no
se ganarían, dado que su hombre de confianza allí era su propio hermano, Mola
necesitaba tener Aragón de su lado para proteger todo el flanco izquierdo de
sus bases de operaciones de Pamplona y Burgos en el previsto asalto sobre
Madrid, donde también se preveía el fracaso del golpe. En este punto era
fundamental conseguir poner bajo control la previsible oposición que se preveía
en la comarca bisagra de Cinco Villas, conceptuada en la época como la Asturias
aragonesa por la magnitud de los hechos acontecidos en octubre de 1934 en
lugares como Uncastillo y por el fuerte arraigo del PSOE-UGT allí. Además,
Zaragoza disponía de unos arsenales de los que no disponía Mola en la capital
navarra, hasta el punto de que una de las primeras medidas previstas tras la
proclamación del estado de guerra en la capital aragonesa preveía el envío de
un convoy de seis mil fusiles y un millón de cartuchos vitales para sostener la
sublevación en Navarra y para alimentar la columna de García Escámez que
avanzaría sobre Madrid. Efectivamente, esa fue una de las primeras medidas que
adoptó Cabanellas el 19 de julio de 1936 a través de uno de los enlaces de
confianza de Mola en Zaragoza, Antonio Torres Bestard.
Cabanellas
cumplió a la perfección con su parte del trato hasta el 23 de julio de 1936,
que fue cuando abandonó su cargo de máxima responsabilidad en Zaragoza para
hacerse cargo de la Junta de Defensa Nacional en Burgos. Mola siempre contó con
él, siendo Franco el que más reticencias había albergado por una mala relación
que venía de antes de la guerra, aunque el propio cerebro del golpe llegó a
ponerse nervioso ante la tardanza con que se proclamó el estado de guerra en la
capital aragonesa, a las dos de la madrugada del 19 de julio. Tanto es así que
Mola puso sobre aviso al coronel José Monasterio, su hombre fuerte en Zaragoza,
al mando del Regimiento de Caballería de los Castillejos, para que llegado el
caso no dudara en suplantar a Cabanellas, su superior al mando, tal y como
había ocurrido en muchas plazas de la península. Sin embargo, la espera del
máximo responsable de la V División Orgánica permitió dejar desarmadas a las
clases populares zaragozanas organizada y al propio Gobierno, que hasta el último
momento creyeron tener a Cabanellas de su parte. Este último se encargó de que
la población depositara su confianza en él con una alocución de radio
perfectamente medida y repetida durante todo el 18 de julio, donde en medio de
los rumores y las noticias de todo tipo llegadas de los territorios bajo
soberanía española, proclamó su lealtad a la República el 18 de julio. Es más,
Cabanellas había sido capaz de mantener cohesionada a la guarnición de Zaragoza
durante toda la primavera de 1936 al responder por todos sus subordinados ante
el Ministerio de la Guerra de cualquier posible irregularidad o abuso,
garantizando que nada contrario al orden vigente ocurriría bajo su mando, lo
que hizo que no hubiera ningún traslado de conspiradores radicados en Aragón.
Entonces, ¿de
dónde venía la desconfianza de los oficiales golpistas hacia Cabanellas? Dentro
de las luchas de egos y los diferentes pareceres existentes en el Ejército, el
general cartagenero se había distinguido por su oposición al golpe de Miguel
Primo de Rivera, según él por la ineptitud de quienes estuvieron al frente de
este y de la posterior dictadura. Como muchos otros, los vínculos más estrechos
de Cabanellas con la masonería venían de esta época, dado que el dictador nunca
prohibió ni persiguió dicha organización, lo que hizo que se convirtiera en el
mejor espacio conspirativo para todos sus opositores. Su declarado
republicanismo y su militancia por el Partido Radical de Lerroux no lo hacían
ni mucho menos progresista, este último rasgo lo compartía con otros generales
poco sospechosos de izquierdismo como Germán Gil Yuste, que acabaría ocupando
su cargo al frente de la V División Orgánica durante el vital mes de agosto de
1936. No en vano, Cabanellas era lo que podríamos llamar un hombre de orden,
completamente contrario a la concesión de cualquier influencia o
responsabilidad de gobierno para las fuerzas obreras como el PSOE. Que se
acercara a principios del quinquenio republicano a gente como Azaña tuvo que
ver con el deseo de ser premiado con cargos y dádivas, dentro de la competencia
por los espacios de poder, que siempre estuvieron entre sus ambiciones. No
obstante, en la primavera de 1936 compartía las diagnosis y miedos de todos los
conspiradores. A sus ojos España se precipitaba a un abismo revolucionario y
había que intervenir. Por eso mismo, explotó la mejor baza que tenía, que era
la confianza que se tenía en él en medios gubernamentales, llegando a jugar al
ratón y al gato con el gobernador civil Ángel Vera.
-El
gobernador civil Ángel Vera no entregó las armas a los obreros que querían
parar el Golpe de Estado y esto, imagino, fue parte del éxito del golpe y de la
violencia.
-Ángel Vera Coronel, hombre de confianza de Azaña, nunca previó repartir
armas entre la militancia izquierdista zaragozana porque no iba con su
concepción de la respetabilidad burguesa y de respeto por la legalidad vigente,
como hombre de orden que era. En este sentido, actuó como lo hicieron otros
gobernadores civiles republicanos repartidos por diferentes provincias o el
propio Lluís Companys, president de la Generalitat de Cataluña. Este último,
por ejemplo, se opuso en varias ocasiones al reparto de armas preventivo entre
la militancia barcelonesa de la CNT, que todas las armas con las que acabó
contando el 18-19 de julio fueron obtenidas en el asalto del cuartel militar de
Sant Andreu en los momentos de confusión producidos por el fracaso del golpe de
Estado. Hombres como Vera y Companys desconfiaban profundamente de lo que podía
suponer armar a las organizaciones izquierdistas, que a sus ojos podía
conllevar un desbordamiento total o parcial de la legalidad republicana, como
acabaría pasando en ciertos momentos y zonas del territorio estatal fuera del
alcance de los sublevados.
En este sentido,
Vera Coronel estuvo implicado en largas reuniones todo
el 18 de julio con los representantes políticos locales y regionales de las
organizaciones afines a la República, seguramente con la intención de ganar
tiempo y ver si el Gobierno central era capaz de poner la situación bajo
control por sus propios miedos. Hay que pensar la incertidumbre en la que se
encontraron hombres como este, igual que los propios cuadros de las
organizaciones sindicales y políticas de izquierdas o incluso que los propios
golpistas, que no tuvieron claro durante muchas horas en qué dirección se iban
a desarrollar los hechos. Por lo demás, aunque esto sea entrar en la pura
historia ficción, tenemos sobradas evidencias en experiencias históricas de
todo tipo como para saber que por mucho que se hubiera decidido armar a las
clases populares organizadas de Zaragoza hubiera sido posible contener el golpe
en la ciudad. La realidad es que poco o nada pueden hacer individuos sin
formación militar avanzada frente a una guarnición de 1.600 hombres decididos a
tomar el poder por la fuerza junto a las dos compañías de guardias de Asalto, a
los efectivos de la Guardia Civil y de la mayor parte de la Policía. En
cualquier caso, repito, esto es pura historia ficción, porque es evidente que
una situación de indefinición mucho mayor como la que habría provocado armar a
las izquierdas zaragozanas quizás hubiera propiciado disensiones en el seno de
la oficialidad y de la tropa, que sin duda existían y hubieran podido
manifestarse abiertamente, generando así una situación mucho más difícil para
los golpistas.
Finalmente, la
noche del 18 al 19 de julio llegaron órdenes para que se procediera el reparto
de las armas del depósito de la comisaría zaragozana, pero estas llegaron desde
la Dirección General de Seguridad en Madrid, el órgano encargado de la
coordinación de todas las fuerzas policiales a nivel estatal. Sin embargo,
dichas órdenes fueron desobedecidas por los agentes a cargo de ejecutarlas y
los guardias de Asalto que custodiaban el edificio. En ese momento, además, el
agente encargado de las centralitas de comunicaciones decidió cortar su
conexión con el Gobierno en Madrid.
-Enfrente por parte de los partidarios
de la República, ¿hubo lentitud, indefinición o descoordinación—quizás por
colapso—con las autoridades de Madrid?
-El problema
radicó en el desbordamiento extremo que provocó el alcance del golpe de Estado,
imprevisto en su magnitud, en la gran cantidad de personas, recursos que
consiguió implicar. Sin ir más lejos, el 18 de julio muchos de los futuros
voluntarios civiles que integraron las milicias de Falange, Requetés,
Juventudes de Acción Popular o Renovación Española ya habían hecho noche en los
cuarteles de la ciudad. Aunque el estado de guerra no se declaró hasta la
madrugada del 19 durante todo el día anterior ya se pusieron en marcha las
disposiciones previstas para tomar el control total de la plaza. De esto se
habían encargado algunos de los principales elementos contrarrevolucionarios de
la ciudad, encabezados por el teniente coronel retirado Francisco Barba Badosa,
que desde 1934 tenían prevista la división de la ciudad en ocho sectores
urbanos. Estos conformarían la columna vertebral de Acción Ciudadana, una
parapolicía o una suerte de somatén bajo el control de oficiales retirados con
amplia experiencia militar que se nutriría de amplios apoyos, captados en
muchos casos previamente, y que contribuirían al control de la calle.
Está claro que el
plan del Gobierno, que pasaba por dejar golpear primero a los rebeldes para
cortarles la mano, fracasó estrepitosamente. Buena prueba de ello son los
intentos gubernamentales por ofrecer compromisos más o menos sinceros a
diferentes mandos del golpe de Estado con la idea de dividirlos y ponerlos bajo
control. A partir de aquí todo fue improvisación y desbordamiento, siendo la
mejor prueba de ello los tres gobiernos que se sucedieron entre el 17 de julio
y el 4 de septiembre de 1936, incluido un intento frustrado de conformar un
ejecutivo por parte de Diego Martínez Barrio. La mayor parte de la gente
corriente se mantuvo a la expectativa en toda España, incluso en la tan
celebrada resistencia de Barcelona, donde la población que acabó ocupando las
calles y las fotografías de aquellos días se fueron sumando más bien sobre la
marcha, cuando las cosas se fueron decantando a favor del orden constituido o
de un nuevo orden revolucionario, según las preferencias de cada uno. En este
sentido, fueron minorías o sectores muy concretos de la población los que
optaron por una resistencia abierta y decidida al golpe desde el primer
momento, porque no nos equivoquemos, la gente tenía miedo porque estaban muy
presentes infinidad de experiencias donde había quedado claro que las fuerzas
de seguridad y el Ejército podían llegar a actuar con la mayor brutalidad en
este tipo de escenarios. No obstante, el miedo también estaba en el otro lado,
como denunció en repetidas ocasiones el máximo responsable del golpe en
Calatayud, el coronel Mariano Muñoz Castellanos, que criticó a las fuerzas
vivas locales por haber permanecido encerradas en sus casas durante las
primeras horas del golpe, a la espera de ver de qué lado caía la pelota, salvo
un pequeño grupo de voluntarios que se unió a los militares en el cuartel del
regimiento.
Creo que el mayor
problema para entender la disyuntiva y las dudas que enfrentaron las
autoridades gubernamentales entre el 17 y el 19 de julio radica en una
confusión interesada creada por las narrativas autolegitimadoras del
franquismo. Los llamados gobiernos del Frente Popular no fueron tal cosa,
aunque surgieron de la victoria de dicha coalición electoral. Los gobiernos de
la primavera de 1936 estuvieron constituidos por la minoría republicana de
centro-izquierda que giraba en torno a Azaña, todo ello con el apoyo
parlamentario condicionado del PSOE, dada la oposición de Largo Caballero a
integrarse en las tareas gubernamentales, como era el deseo de Prieto. El
objetivo de la facción de Largo Caballero era evitar el desgaste y la
deslegitimación que podía conllevar la lentitud en la aplicación de las
reformas previstas, posicionándose como factor de presión en el arco político
de aquellos meses. En este sentido, los dirigentes de ese centro-izquierda
republicano eran hombres de orden identificados con posiciones progresistas,
sí, pero también con la respetabilidad burguesa, de manera que su relación con
las clases populares era cuanto menos clasista y de cierta desconfianza mutua.
Así se explica que muchos de ellos creyeran hasta el final que tenía que haber
soluciones mejores que la entrega pura y simple de armas, porque no tenían
confianza en el escenario que podía generarse de una maniobra así, y los hechos
que tendrían lugar en las semanas posteriores al golpe hicieron que muchos de
ellos sintieran confirmadas sus reticencias.
-¿Hasta qué punto estaban sobre aviso las
fuerzas del orden?
Por unas u otras
vías, la documentación deja muy clara cuán amplia y tentacular fue la
conspiración en Zaragoza. Esta implicaba desde escalones superiores hasta
rangos intermedios del Ejército, la Guardia de Asalto, la Guardia Civil o la
Policía, así como a organizaciones políticas y dirigentes de toda la derecha y
hombres de negocios que tenían un importante poder de movilización social. Los
principales cargos provinciales de la Guardia Civil, por ejemplo, estaban
avisados desde mediados de abril, algo fundamental por el simple hecho de que
serían las correas de transmisión y los principales representantes del poder
golpista en las zonas rurales, ampliamente mayoritarias en la España sublevada.
-¿La población llegó a asumir como algo
normalizado toda aquella violencia?
-En este tipo de
escenarios históricos la mayor parte de la gente opta en la medida de sus
posibilidades y de su situación por mantenerse a la expectativa o situarse al
margen de los hechos, sobre todo cuando en ciudades como Zaragoza queda claro
que los golpistas habían conseguido imponerse de forma rotunda. Es un tipo de
respuesta que viene marcado por el más puro instinto de conservación, que es lo
que determinó también que muchas personas con pasados izquierdistas se sumaran
a las milicias de voluntarios de Falange o Requetés con el deseo de pasar
desapercibidos o demostrar su lealtad incondicional a la nueva situación, si
veían en peligro su integridad o la de sus familias. No obstante, cabe pensar
que una parte importante de la sociedad zaragozana nunca normalizó la
situación, por mucho que acabara contemporizando con las circunstancias para
sobrevivir.
Este tipo de
preguntas siempre son difíciles de contestar, porque no es fácil medir las
actitudes sociales ante escenarios extremos como este, marcados por la
incertidumbre y por una violencia que se hace omnipresente y paralizante, que a
veces incluso podía resultar irracional, azarosa o arbitraria a ojos de los
contemporáneos, en el sentido de que no estaba claro si podía llegar a alcanzar
a cualquiera o había una lógica detrás. No obstante, resulta revelador que en
la cultura popular quedaran muy arraigadas expresiones para referirse a las
víctimas de la violencia eliminacionista diciendo que “algo haría”, como
subrayando que no se mata a nadie por nada, es decir, normalizando el asesinato
puro y simple, tan fuerte es la lógica del poder y el uso retorcido y perverso
que hacen de ella los regímenes dictatoriales. Las historias de terror de las
personas refugiadas procedentes de las zonas republicanas del Aragón oriental,
convenientemente proyectadas con todo lujo de detalles escabrosos y a veces
amplificadas de forma interesada por la prensa golpista también contribuyeron a
reforzar la idea de que los golpistas estaban del lado de la razón, la mesura y
la contención, que se enfrentaban a auténticos salvajes. En este sentido,
consiguieron imponer entre ciertos sectores de la sociedad la idea de que si no
se golpeaba preventivamente a los indeseables en ciudades como Zaragoza
ese era el futuro que le esperaba a la ciudad bajo un eventual dominio
revolucionario, el de la caída en la barbarie.
No obstante, la
normalización que pudo llegar a existir en torno a la violencia nunca fue ni
mucho menos completa, porque se vivió muy a flor de piel en las comunidades
locales del agro aragonés rotas para siempre por su impacto desgarrador. De
hecho, si llegó a darse en cierto grado fue el resultado de un proceso de
sedimentación lento propiciado por cuatro décadas de control total del relato
público-político por parte de la dictadura en medios editoriales, políticos,
prensa y educación. Que en el momento no se vivió como algo normal queda claro
con la constitución de redes de evacuación clandestinas que durante meses
cooperaron entre Zaragoza y la zona republicana del Aragón oriental para sacar
de la ciudad y de las zonas golpistas a gente cuya vida se entendía que estaba
en riesgo. En la prensa republicana también se publicaron relatos de personas
refugiadas llegadas en dirección contraria, que identificaban con bastante
claridad a los principales responsables de la maquinaria de eliminación que
operaba en la ciudad, lo cual es una buena muestra de hasta qué punto la
sociedad zaragozana llegó a ser consciente de qué estaba pasando y quiénes eran
los máximos responsables de ello.
-Y si se asume se tiende a
interiorizar y a normalizar esto es todo un peligro, ¿no? Un peligro que se
impregna pasando a convivir con las siguientes generaciones, que habiendo
vivido presas del silencio acabarían por ver todo lógico y fruto de una guerra,
cuando hay hechos que solo pueden ser identificados como crímenes contra
población civil indefensa, ¿qué nos puedes decir?
-Es un poco lo
que venía diciendo: la dictadura jugó durante cuarenta años de manera
consciente con la idea de la inevitabilidad del golpe y de la guerra,
necesarios a ojos de sus autoridades para salvar a España del supuesto caos
reinante en la República y de la amenaza del comunismo global. Esa misma
dictadura se legitimó sobre la idea esencialista e interesada de que los
españoles eran un pueblo inconstante y cainita que necesitaba ser disciplinado
y cuyas bajas pasiones solo podían ser contenidas y canalizadas por una
autoridad firme que les pusiera coto y les diera unos objetivos. Curiosamente,
esta concepción simplificadora, racista e insultante de la españolidad o del
español bebía mucho de las concepciones orientalistas y exotizantes que
predominaban entre los primeros hispanistas, en las principales cancillerías
del siglo XIX y principios del XX y por supuesto entre una parte mayoritaria de las clasistas élites españolas
de momento, que incluían a los militares golpistas y que veían a la española como
una sociedad en la frontera de la civilización, a caballo entre Occidente y
Oriente. Estas ideas siguen teniendo bastante vigencia entre amplios círculos
pretendidamente intelectuales que venden sus libros abrazando estas
concepciones paternalistas de los españoles, con unos discursos que acabaron
consolidándose durante la dictadura franquista. Sin embargo, como digo, los
abonaron y promovieron porque creían firmemente en esta visión de la realidad,
creían que efectivamente respondían a la perfección al estereotipo de la
españolidad. Al final, conviene tener presente que la élite española de
entresiglos seguramente compartía más elementos culturales con sus homólogas
europeas que con sus propios conciudadanos de clase popular, de ahí que dentro
del clasismo que dominaba su percepción del mundo estuvieran dispuestos a
abrazar relatos y visiones de España que debían mucho a medios culturales
foráneos.
No obstante,
cuarenta años de dictadura dan para mucho. Cuando se hizo obvio por diversos
medios el alcance de lo que había ocurrido en España en la guerra civil, hasta
el punto de que los crímenes en zona golpista pasaron a ser innegables, los
medios culturales del régimen franquista tuvieron que abrir la mano y abrazar
parcialmente el relato de que todos fuimos culpables, de que aquello fue una
guerra entre hermanos y una desgraciada locura colectiva. Por paradójico que
resulte, este relato también beneficiaba los intereses de la dictadura, porque
reforzaba el discurso de la inevitabilidad, de que efectivamente hubo excesos,
pero que no pudimos contener precisamente por ese carácter díscolo de lo
españoles y porque son cosas propias de la guerra. De este modo, tendía la nueva narrativa
tendía una nueva pantalla de humo sobre las verdaderas responsabilidades en el
estallido de la guerra y en la existencia de una auténtica maquinaria
eliminacionista que funcionó a pleno rendimiento en 1936 coordinada y diseñada
desde arriba, con una planificación y unas agendas o lógicas perfectamente
reconocibles detrás. Por eso, el primer obstáculo al que se enfrenta cualquier
historiador que intenta compartir un relato complejo y documentado de los
hechos del primer verano y el otoño de la guerra son los lugares comunes
construidos a conciencia por los medios culturales de la dictadura, que
buscaron controlar y limitar la comprensión de la realidad por parte de la
sociedad española por razones obvias.
-¿Con qué principales obstáculos, si los hubo,
se encontró la investigación?
-Una vez
publicada, yo creo que el mayor obstáculo de esta investigación es la
dificultad para llegar al público más amplio posible interesado por la guerra
civil, que sigue siendo muy abundante en España. Esto tiene que ver con la
simple razón de que 1936-1939 fue un cuello de botella inescapable para los
españoles, algo que no le es ajeno a nadie de este país tenga la sensibilidad
que tenga, porque para todos es patente que los acontecimientos de la guerra
marcarían de una u otra forma a las siguientes generaciones y darían forma a la
realidad del país en todos sus aspectos bajo una dictadura de cuarenta años. Y
digo que llegar al público más amplio es el principal reto y obstáculo de este
libro porque es evidente que desde ciertos medios ha sido tildado como una obra
de izquierdas. Sin embargo, lo cierto es que más allá de mi posición personal
en nuestro presente, que como todo hijo de vecino es obvio que tengo la mía
propia, la investigación creo que puede ofrecer acomodo y respuestas a todas
las sensibilidades político-sociales de nuestro tiempo, que todo lo que se
apunta en ella parte del deseo de ofrecer una polifonía lo más rica y cercana
posible a la realidad de los hechos, que se beneficia del trabajo con las
herramientas de análisis más depuradas, de los debates más potentes y de las
perspectivas más avanzadas de la historiografía internacional. En este sentido,
entiendo, comparto y veo deseable que no todo el mundo pueda estar de acuerdo
con las interpretaciones que se construyen a partir de los abundantísimos
fondos documentales de los que me nutro, al fin y al cabo
la historia es un patrimonio colectivo y nos da forma como individuos, con lo
cual es lógico que las memorias sean plurales porque el pasado nos afecta de
formas distintas. No obstante, quiero aprovechar desde aquí para lanzar el reto
de acercarse a esta investigación a todos aquellos que quizás sientan que en
nada puedan identificarse conmigo como persona por el conocimiento que puedan
tener de mí, ya sea por mi simple aspecto externo o por la idea que tengan de
mi obra anterior. Mi deseo ha sido en todo momento plantear un relato complejo
a partir de un análisis muy vasto de fuentes muy diversas, partiendo para ello
de una empatía fría que busca entender a los sujetos del periodo en su
ecosistema y parámetros mentales.
En lo que
respecta al proceso conté con todas las facilidades que quepa imaginar, en el
sentido de que el acceso a la documentación e información sobre el pasado en
España es un derecho garantizado de forma escrupulosa por las instituciones, si
bien en las condiciones en las que cada una de las agencias estatales y sus
representantes están o creen que están habilitadas para ofrecer dicho acceso.
Si sigue habiendo un obstáculo difícil de salvar hoy día es el Archivo General
del Ministerio del Interior, que custodia fondos policiales de importancia
crucial para entender lo ocurrido desde la década de 1930 en adelante. Claro
que dicho archivo no es de consulta, sino de clasificación y gestión, con lo
cual su personal tiene la capacidad legítima de decidir en qué condiciones nos
suministra la documentación que pueda ser de nuestro interés entre sus
repertorios. Sin embargo, a mi humilde parecer dichos fondos de las décadas de
1930 a 1950 como mínimo deberían ser transferidos a centros archivísticos de
consulta, con pleno acceso al ciudadano, convenientemente descritos en cuadros
de clasificación transparentes y adaptados a las necesidades de las
investigaciones de nuestro tiempo. En lo poco que yo he podido trabajar de
dichos fondos policiales, gracias al trabajo del personal del archivo en
cuestión, totalmente saturado de peticiones ciudadanas, puedo corroborar la
riqueza e importancia crucial de la documentación que contiene, que enriquecerá
notablemente los trabajos que podamos escribir en las próximas décadas siempre
y cuando se regularice el acceso a ella. Al margen de esta particularidad, con
las dificultades y problemas puntuales propios de cada centro archivístico, a
menudo totalmente ajenas al personal civil que trabaja en ellos, sin el cual no
podría concebirse nada de lo que hacemos los historiadores, el acceso a la
documentación de los años de la guerra civil no está restringido de ninguna
manera, ni tan siquiera en lo que respecta a los importantes fondos de la
Dirección General de la Guardia Civil, que ofrece todas las facilidades
posibles al investigador.
-Amigo
David, sabiendo cómo eres, seguro que ya estás metido en algo o con ideas de
algo, aunque ahora las presentaciones te ocupan y mucho, pero son necesarias,
¿verdad?
-Cada nuevo
proyecto de este tipo es un proceso de aprendizaje personal que nos deja intuir
muchas otras puertas que valdría la pena cruzar y nuevos caminos que convendría
emprender, lo único que falta es tiempo. Conforme uno va haciéndose mayor se va
templando el atrevimiento de la juventud, que nos hace creernos capaces de
todo, pero una sola vida es corta en términos investigativos, es decir,
proyectos como este requieren un grado de detalle y una versión de tiempo que
hacen que sea necesario medir bien los esfuerzos. Una de las necesidades que me
ha surgido al calor de esta investigación pasa por entender algo que ya me he
encontrado en Verdugos del 36 y que tendrá un peso importante en su
continuación natural, que es una monografía sobre la violencia en el Aragón
rural que cayó en manos golpistas, a ver si soy capaz de culminarla y
publicarla en los próximos dos años. La necesidad que me ha surgido en este
proceso de investigación de los perpetradores sublevados es la de entender
mejor, dentro de parámetros de complejidad similares a los aplicados a los de
este Verdugos del 36, la violencia eliminacionista practicada por
individuos y organizaciones izquierdistas en las zonas del Aragón oriental y
del Poniente catalán que quedaron del lado republicano. Como bajoaragonés, con
una madre de Calanda y mis primeros años de vida vinculados al Mas de las
Matas, soy muy familiar a los crímenes ocurridos entre 1936 y 1938 bajo la
ocupación republicana, porque estaban en el aire desde mi infancia. Creo que
aquí siguen faltándonos buenas historias para entender exactamente qué, cómo y
por qué pasó, aunque ya contamos con algunos trabajos de alta factura
historiográfica, pero también quién.
Que no tengamos
una idea más clara de todo esto tiene mucho que ver con las propias narrativas
autolegitimadoras de la dictadura franquista, que ya en la Causa General en los
sumarísimos instruidos contra los supuestos responsables de dicha violencia y en
las investigaciones forenses al calor de las exhumaciones de víctimas del
llamado Terror Rojo que se llevaron a cabo en 1939-1940 se intentó ajustar lo
ocurrido a un relato simplificado. Este pretendería que España estaba al borde
de una revolución instigada por agentes comunistas extranjeros con la
colaboración jerárquica de todas las organizaciones político-sindicales del
centro izquierda hasta la izquierda radical revolucionaria, incluidos por
supuesto sus cuadros a todos los niveles, desde lo nacional hasta lo local. De
hecho, los hechos ocurridos en las zonas que los golpistas no lograron
controlar, sacrofobias, colectivizaciones, abusos de todo tipo y asesinatos,
actuaron como una suerte de profecía autocumplida, cuando lo cierto es que nada
de lo que ocurrió ni en un lado ni en el otro hubiera sido posible de ningún
modo en la escala que adoptó sin el golpe de Estado, que fue el que creó el
marco de disolución, incertidumbre y confusión donde todo esto acabó haciéndose
posible. En definitiva, creo que una parte de la sociedad critica con razón la
evidente asimetría de la historiografía en el número de análisis que se han
preocupado por abordar las violencias en ambas zonas, asimetría que en
cualquier caso tiene explicaciones comprensibles después de cuarenta años de
dictadura.
Más allá de estos
dos proyectos, uno más inmediato como es el de la violencia en el Aragón rural
bajo control golpista y otro más a largo plazo sobre la violencia en las zonas
republicanas de la región, tengo otro par de cosas firmadas que en algún momento
verán la luz. Por un lado, la historia social de la posguerra en la provincia
de Teruel que comentaba más arriba, por otro lado, una historia de la ofensiva
de Aragón que permitió al Ejército franquista alcanzar la costa mediterránea y
todos los combates derivados de ello en el Segre y en las zonas montañosas de
Castellón. A lo largo de mi vida son muchos más los temas que me han ido
surgiendo y que quizás un día me anime a abordar, como la historia del éxodo
rural aragonés de las décadas de 1940 a 1970, un proyecto muy bonito que
alguien debería acometer antes o después.
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Cazarabet
Mas de las Matas
(Teruel)