Cazarabet conversa con… Jesús Millán García-Varela, traductor de
“Una dura maestra. Las guerras de Europa en el mundo moderno” de Dieter
Langewiesche (Publicacions de la Universitat de València)
Dieter Langewiesche reflexiona sobre las guerras en Europa desde el siglo
XVII en un libro editado por Publicacions de la Universitat de València.
La sinopsis del libro:
La guerra –que Tucídides definió como “maestra de modales violentos” que
disolvía los usos civilizados– vuelve a instalarse en el horizonte de la Europa
actual. Además, su casi ausencia en este territorio
durante las últimas décadas no puede hacer olvidar su continuidad en el
resto del mundo. Por otro lado, durante siglos, Europa fue el continente de las
guerras, aunque también el espacio en el que surgieron
múltiples ideales y proyectos emancipadores. Dieter
Langewiesche examina –desde el siglo XVII hasta la actualidad– las
complejas relaciones entre esas alternativas de progreso gestadas en Europa y
el
modo en que han promovido el empleo de las armas. Esta edición española
incluye un epílogo original sobre los conflictos de Gaza y Ucrania.
Sobre el autor:
Dieter Langewiesche (Sankt Sebastian bei Mariazell, Austria, 1943) ha sido
profesor de las universidades de Hamburgo, Erfurt y Tubinga (Alemania), y es
uno de los historiadores más reconocidos a escala europea sobre historia
sociocultural del liberalismo, Estado y nacionalismo, movimiento obrero y
conflictos armados. Entre otros reconocimientos, ha recibido los premios
Leibniz, Erwin Stein y Lion Feuchtwanger, así como la Cruz al Mérito de la
República Federal de Alemania.
Sobre la persona que entrevistamos y que ha traducido este libro, Una dura
maestra de Dieter Langewiesche; entrevistaremos a una de las personas que, por
activa o por pasiva, más conoce a Dieter Langewiesche. Se trata de Jesús Millán
profesor de historia contemporánea (Universitat de València) hasta hace casi un
año, en que se jubiló y que está especializado en temas que le han llevado a
entender más y mejor la obra de Dieter Langewiesche …le entiende, sabe de lo
que habla y comparte muchas otras cosas, ¿quién mejor que una persona ,un
historiador, con ese perfil para traducir al profesor austríaco?, teniendo en cuenta que, además le tradujo
textos y artículos…Nos acercamos, pues a Jesús Millán García-Varela (Orihuela/Alicante,
1955) es profesor jubilado de historia contemporánea de la Universitat de
València. Estudió Filosofía y Letras en Alicante y Valencia, doctorándose en
esta universidad en 1982. A partir de una beca de investigación del DAAD en
Bielefeld, ha podido mantener contactos con sectores significativos de la
historia social alemana, al ser "investigador invitado" en distintas
ocasiones de la Universidad Libre de Berlín y de la Universidad de Múnich. Sus investigaciones se iniciaron abordando la
evolución de la sociedad agraria como forma de entender el arraigo del
carlismo, a partir de la crisis del antiguo régimen. Estas relaciones entre
estructuras y experiencias dentro de la sociedad agraria y las orientaciones
políticas han dado pie a posteriores líneas de trabajo. En relación con esta
orientación inicial, por una parte ha tratado del desarrollo del capitalismo
agrario en el regadío valenciano y sus peculiaridades socioeconómicas y
políticas. Por otro lado, ha intentado renovar los planteamientos sobre el
significado de la revolución liberal y la formación del Estado en la España
contemporánea. Entre sus trabajos están "Rentistas y campesinos"
(1984) y "El poder de la tierra" (1999). Juntamente con Ramon
Garrabou y Josep Maria Fradera ha editado "Carlisme i moviments
absolutistes" (1990). Con Salvador Calatayud y Mª Cruz Romeo ha coeditado
sucesivamente "Estado y periferias" (2009), "El Estado desde la
sociedad" (2016) y "Reformas antes del reformismo" (2022). Ha
presentado en la historiografía española algunas orientaciones significativas
de la reciente historia social alemana. Ha coeditado con Josep Mª Fradera
"Las burguesías europeas del siglo XIX" (2000), que recoge una
selección de trabajos del amplio proyecto sobre las burguesías desarrollado en
Bielefeld. En 2002 editó la colección de ensayos de Jürgen Kocka,
"Historia social y conciencia histórica". Con Gloria Sanz coeditó
"Sociedades agrarias y formas de vida", sobre la historia del mundo
agrario en la Europa de lengua alemana (2006). Junto con Mª Cruz Romeo ha editado
las versiones en España del volumen organizado por Heinz-Gerhard Haupt y Dieter
Langewiesche, "Nación y religión en Europa" (2010) y del libro de
este último, "La época del Estado-nación en Europa" (2012). Ha sido
coeditor de la revista "Historia Agraria" y forma parte del consejo
de redacción de "Recerques".
Nos explica, además Jesús Millán en una conversación on-line: “Es verdad
que a estas alturas he traducido unas cuantas cosas, aunque casi siempre
artículos. Hace 14 años, Mª Cruz Romeo y yo "editamos" (también en la
Universitat de València) un libro de Langewiesche, pero estaba formado por una
serie de artículos suyos sobre el tema de "La época del Estado-nación en
Europa". Traducir un libro extenso y complejo como este ha sido algo
nuevo, claro. Pero, sinceramente, leyéndolo me parecía que tenía un compromiso
moral de hacer lo posible para que fuera accesible en castellano, más aún, por
desgracia, en la coyuntura actual. Me parecía que aportaba un trabajo
intelectualmente significativo, fundamentado y original para abordar seriamente
esta etapa de Europa y el mundo, que hay que temer que vaya para largo”.
Enlace de "Conversación sobre la historia", que publicó una
entrevista con él, junto con algunas fotos suyas durante un acto acerca del
libro en Praga:
https://conversacionsobrehistoria.info/2026/04/28/langewiesche-la-experiencia-historica-muestra-que-sin-rendicion-no-acaba-la-guerra/
Índice de la obra
PREFACIO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
PREFACIO
INTRODUCCIÓN: Sin guerra no hay progreso. La continuidad en las ideas y las
actuaciones
1. LAS GUERRAS
MUNDIALES DE EUROPA CONFIGURAN EL ORDEN MUNDIAL (SIGLOS XVIII-XX)
Las guerras de Europa en el mundo: el siglo XVIII
La era napoleónica: la lucha contra una potencia hegemónica en Europa
continental
El siglo de Europa, 1815-1913
El lugar de la Primera Guerra Mundial en la historia de las guerras
La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias
«Guerra contra el terror»: ¿una nueva forma de guerra global?
2. SIN GUERRA NO
HAY TRIUNFO REVOLUCIONARIO
Modelos de revolución: revolución pacífica, revolución constitucional y
nacional, revolución bolchevique
Revoluciones nacionales por la constitución: la guerra dentro del modelo
revolucionario de Europa y América del Norte
Presupuestos internacionales del triunfo de las revoluciones nacionales en el
siglo XIX
Primera Guerra Mundial: la derrota militar, la revolución y la
guerra civil configuran el futuro (Rusia, Alemania, Turquía)
3. SIN GUERRA NO
HAY ESTADO NACIONAL Y NO HAY NACIÓN
La idea de nación: ¿por qué tiene tanto éxito?
La guerra en el surgimiento de los Estados nacionales europeos: modelos
históricos
4. SIN GUERRA NO
HAY IMPERIO COLONIAL NI DESCOLONIZACIÓN
Los «déspotas buenos» de Europa: John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville
El modelo de trayectoria
Guerras en espacios coloniales
Guerras coloniales en África: ¿una vía genocida especial de Alemania?
5. VISIÓN
RETROSPECTIVA Y HACIA ADELANTE
El siglo XIX en Europa: un intento de situarlo a escala global a partir del
conocimiento del siglo XX
Europa como laboratorio de política nacional en la actualidad: ¿la Unión
Europea como punto final de la Europa de las guerras?
EPÍLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA: La guerra en Palestina/Israel y en Ucrania:
la formación no consumada del Estado
Cazarabet conversa con el traductor Jesús Millán:
- Hola Jesús, lo
primero es preguntarte ¿cómo ha sido la traducción de “Una dura maestra. Las guerras de Europa en el mundo moderno?
J.
Millán: -Tengo una relación ya de hace tiempo con el Prof. Dieter Langewiesche.
Me llamaron la atención sus trabajos sobre el liberalismo europeo, cuando yo
era becario de investigación en la universidad de Bielefeld, en 1988. Luego
junto con la Profª Mª Cruz Romeo, también de la universidad de Valencia, he
participado en la edición y traducción al castellano de otros trabajos suyos,
que nos parecían sugerentes, también con respecto a algunas cuestiones de la historia
contemporánea de España. En general,
Langewiesche ha publicado artículos y trabajos cortos. La extensión de Una dura maestra es excepcional en su
currículum. Leyéndolo me pareció que se trataba de un relevante trabajo
intelectual, que aportaba planteamientos fundamentados para una discusión de
problemas muy destacados, más aún, de un tiempo a esta parte. Por eso creí que
tenía que hacer lo posible para que fuese accesible en castellano. Los colegas
de la dirección de Publicacions en Valencia fueron receptivos a la idea. Y
Langewiesche –que ha escrito para la edición española un epílogo sobre Ucrania
y Palestina- y la editorial C. H. Beck han facilitado las cosas. Todos ellos
han hecho posible esta edición española.
-¿Cómo es traducir a Dieter Langewiesche?, ¿más o menos difícil?… ¿cómo ha
sido la experiencia?
-Yo ya
tenía una cierta experiencia de traducir trabajos suyos, en especial los
ensayos reunidos en La época del
Estado-nación en Europa, que tuvo una acogida favorable y lleva un tiempo
agotado. Para mí suele ser una ocasión de conocer puntos de vista novedosos,
que interpelan también cuestiones que se plantean aquí. Y, además, formulados
con un determinado estilo intelectual. Por un lado, lo que aborda no se da de
antemano por relevante. El "tema" no existe como tal, sino que surge
de una problemática elaborada para el estudio histórico, a la que se trata de
aportar algo. El llamado “interés de conocimiento” es fundamental. P.e., sería
un error considerar que este libro es una “historia de la guerra”. El objeto de
estudio y el “punto de vista” con que se aborda son fruto del trabajo del
historiador, normalmente a partir de planteamientos historiográficos y del
diálogo con trabajos de sociólogos y filósofos. Es un ensayo que debate, a
partir del conocimiento histórico, sobre las relaciones entre proyectos emancipadores
y de progreso y la renovada legitimación de la violencia bélica en el mundo.
Esto no es una exhibición. Langewiesche sigue una
tradición, diría yo, de “sobriedad expositiva”. Lo que él plantea obliga a
abordar los matices y eso implica que añada restricciones y condicionantes en
sus frases. No rehúye la complejidad; más bien la reivindica. Pero, a su vez,
no se pierde en una bruma de matices. Y, de cuando en cuando, intercala frases
tajantes, que serían el encanto de periodistas a la “caza de un titular”. Por
eso la traducción requiere reflejar esas variantes de la exposición: una más
laboriosa y analítica y otra que retoma las cuestiones y las condensa para
transmitir una idea o una impresión que hagan efecto en el lector, para que
éste se dé cuenta de que el autor deduce algo fundamental que vale la pena
recoger. Tratándose de idiomas tan distintos, es un desafío que, al traducir,
obliga a tomar decisiones que suelen tener un margen discutible. Pero también
supone una satisfacción: parece que puedes transmitir algo que en el estadio
actual aporta ideas que valen la pena y que, en el mercado bibliográfico, no
siempre resulta accesible.
- Un traductor o traductora debe de sumergirse o estar, no sé, como
especializado en el tema que va a traducir, ¿verdad? Es de pensar que, si cabe,
también se documenta e investiga al escritor/a y al contexto en este caso del
ensayo de investigación, ¿es así? ¿Cómo y de qué manera?
- No puedo
considerarme especialista en el tema o conjunto de temas de “Una dura maestra”.
Sí he trabajado sobre asuntos parcialmente próximos. La obra de Langewiesche se
apoya en una base bibliográfica excepcionalmente amplia. Su libro tiene detrás
un trabajo, en parte en equipo, iniciado hace más de 30 años y renovado a
través de contactos estables con otros colegas y mediante debates periódicos.
Hace pocas semanas ha hablado en la Academia de Ciencias de Heidelberg,
desarrollando lo que plantea en el epílogo a esta edición española. A esa
amplia base de enfoques e información se suma la creatividad del idioma
original, que facilita crear expresiones (que derivan de otros campos
semánticos distintos de los del castellano). Desde luego, no se puede traducir
de modo fluido, ni siguiendo la literalidad: el resultado podría ser
disuasorio. Lo ideal es intentar expresar en castellano las formulaciones
originales de manera análoga (pero sin distanciarse demasiado del texto
original). Es necesario usar algo la creatividad y, también, distanciarse y
revisar la versión. Todas las revisiones son provisionales. Para mí lo mejor
sería que pudiera haber una segunda edición y mejorar el texto. No es fácil,
pero ojalá.
-¿Veis vuestro
trabajo de investigación, no sé, como bien “reconocido”? -¿El de los
historiadores y, en concreto, el de los historiadores de las épocas que recorre
“Una dura maestra”?
- Quienes hemos trabajado en la universidad hemos
tenido una oportunidad excepcional para aprender sobre cuestiones que permiten
comprender mejor el mundo. Ese reconocimiento ya es mucho, claro. Cómo se
proyecte esa labor depende en buena medida de cada contexto social y cultural.
Esos contextos sociales tienen diferentes tradiciones. En Alemania, por
ejemplo, hay una asociación de historiadores única, que abarca a quienes se
dedican a todas las épocas. En España posiblemente seamos un contingente más numeroso
y organizado de otro modo. Nuestros
trabajos se dirigen a públicos más segmentados. Todo eso facilita la debilidad
de los debates y la incorporación tardía o selectiva de las investigaciones. En
el caso del periodo de formación de la sociedad y el Estado contemporáneos en
España –para entendernos, en el “largo siglo XIX”-, la investigación histórica
está afectada por una situación estructural que, a su modo, se ha dado también
en otros países. Con el desarrollo de las sociedades de masas, desde fines del
Ochocientos, se consolidó la tendencia a explicar las frustraciones colectivas
atribuyéndolas a las “supervivencias” de sistemas y élites anteriores, que
debían haber sido eliminadas hacía mucho. Esta perspectiva conecta con esquemas
fáciles de transmitir, que plantean alternativas duales, como
tradicional/moderno o feudal/capitalista. El recurso a esos esquemas arraiga en
algunas dimensiones del espacio público. Por un lado, sustenta el “adanismo” de
quienes, al reivindicar un nuevo comienzo, necesitan despertar expectativas
favorables y, no en último lugar, reforzar la autoestima de sus propios
seguidores por medio de una descalificación lapidaria de sus oponentes. Esta
predisposición condiciona o, incluso, “crea” por sí misma relatos históricos,
al margen de la investigación. En España, la investigación histórica sobre la
época contemporánea se formó condicionada por el arraigo de esta perspectiva,
hacia 1970-1980. En la década de 1950, Jaume Vicens afirmó con énfasis que el
triunfo liberal en la España del siglo XIX había convertido a los “señores” en
“propietarios” de tipo burgués y que los nobles habían sido grandes
beneficiados de las desamortizaciones. Eso ya marcaba en un sentido determinado
el carácter de la España contemporánea. Al sentenciar esto, lo que hizo Vicens
fue injertar en la historiografía académica un atropellado esquema que, desde
ángulos contrapuestos de la política de masas, se había divulgado en la escena
política de la década de 1930. Cuando Vicens trasvasó ese esquema, impactante
pero carente de rigor, apenas se había investigado sobre esas cuestiones. Tuvo
éxito porque lo “verosímil” se presentaba como comprobado por la historia
académica. Las investigaciones sobre esos campos fueron posteriores y no
confirman lo que se ha repetido desde Vicens. Eso no impide que lo que resulta
verosímil según la predisposición “explicativa” dominante se siga repitiendo.
En esa misma línea no es raro que se repita que el Estado liberal en España
entregó la educación a la Iglesia. Últimamente ha surgido otra variante de esta
capacidad de la mentalidad adanista para generar por su cuenta “explicaciones”
históricas: autores reconocidos –como Thomas Piketty o Henry Kamen- argumentan
que las dificultades de la democracia en la España del siglo XX se deben en
gran parte a que la España liberal no desamortizó los bienes de la Iglesia, lo
que dificultó las reformas de la Segunda República. Si hubo un tema estrella en
la investigación académica hace décadas fueron las desamortizaciones. Las
editoriales por lo visto no tienen reflejos, al publicar algo así. A veces, el
mundo académico tampoco. Lo que algunos identifican como su “interés por la
historia” no incluye siempre la predisposición a que los estudios aporten
resultados que nos sorprendan sobre un pasado que, en realidad, es “un país
extraño”.
-Europa ha sido, fue y creo que, a su manera, es un continente violento,
¿no?
-Europa ha sido una parte especialmente violenta
del mundo. Como plantean quienes estudian la historia global, Europa es un
apéndice muy pequeño de la gran Eurasia, en el que desde el fin del Imperio
Romano, sin embargo, se ha desarrollado de forma estable un número considerable
de potencias competidoras entre sí a lo largo de los siglos. Es una dinámica
que se contrapone a la de China. La superioridad europea, que eclosionó con las
Guerras del Opio, en la primera mitad del siglo XIX, fue una superioridad forjada
a través de esa prolongada orientación hacia la guerra y a reunir las
condiciones para hacerla con ventaja. Esa hegemonía europea en la capacidad
para hacer la guerra acabó pasando a Estados Unidos entre la Primera Guerra
Mundial y el final de la Segunda, en 1945. Desde entonces, en Europa
Occidental, se creó una situación nueva por una excepcional ausencia de guerra
en esta zona del mundo. Las generaciones posteriores hemos vivido en un
contexto poco imaginable para las anteriores. Es también una situación muy
distinta de la que han conocido otras partes del mundo o, incluso, en Europa
oriental. En el siglo XXI ese contexto se ha alterado y vivimos un cambio de
época: el auge de China y de nuevas potencias regionales del “desconcierto
mundial”, el mayor peso del espacio del Pacífico sobre el Atlántico y la
consiguiente orientación de EE.UU. en ese sentido, el agresivo revisionismo de
la Rusia de Putin, los escandalosos desafíos a las convenciones internacionales
y los derechos humanos por parte del gobierno de Netanyahu y los diversos
terrorismos que actúan en Oriente Próximo. ¿Será un paréntesis la situación
generada en Europa desde 1945? La Unión Europea es una figura que tiene una
actitud en gran medida decepcionante en este panorama. Pero, a la vez, la
Unión, como explica Langewiesche, no es un imperio, ni un Estado. Es algo
nuevo, sin precedentes. Como única alternativa disponible en este panorama,
Europa necesita reforzar su capacidad de actuar de acuerdo con los valores que
proclama. Por eso, es conveniente conocer los procesos históricos sin
adaptarlos de manera voluntarista a nuestras preferencias. Esa es una de las
contribuciones importantes de Una dura
maestra, en mi opinión.
-La introducción “Sin guerra no hay progreso. La continuidad en las ideas y
las actuaciones”, es demoledora, ¿no?, ¿no lo ves así?
-Claro, es una impresión justificada.
Langewiesche examina tres referentes de progreso y emancipación, formados en
Europa y proyectados hacia el mundo. Son referentes que han legitimado las
guerras (y formas distintas de hacerlas): la idea de nación, la revolución y el
proyecto de mejora de la humanidad mediante la expansión o, también, la
intervención humanitaria. Lo que plantea esa introducción creo que viene a
argumentar lo que analizó Walter Benjamin sobre el “ángel de la historia”, a
partir de la obra del pintor suizo-alemán Paul Klee: el “progreso” es un ángel
que avanza, pero de espaldas a un futuro que no vislumbra y contemplando, en
cambio, el paisaje de ruinas que va dejando a su paso. Tener esto en cuenta es
obligado. Pero, de nuevo, las generalizaciones pueden ser abusivos trazos
gruesos. Sería erróneo decir que “Una dura maestra” propone que la guerra es
una ley inexorable y en auge expansivo. En el primer capítulo, por ejemplo, se
dedica un apartado a resumir los estudios sobre las pérdidas humanas causadas
por guerras a lo largo de la historia y se muestra que, en términos relativos,
no es cierto que las dos guerras mundiales hayan causado más muertos. Del mismo
modo, también analiza los periodos y las condiciones en las que fue posible
hasta la Primera Guerra Mundial recortar el alcance de la confrontación bélica
en Europa (reduciendo, por ejemplo, las rivalidades en torno a Grecia); o que
se pudieran formar Estados, como Bélgica o Suiza, a partir de un empleo mínimo
de la guerra. O discute las peculiaridades que aporta la Unión Europea, otro
producto nuevo del laboratorio político europeo. La fuerza de este trabajo, a
mi modo de ver, radica en su sólido análisis a contracorriente del conflicto
armado en la formación del mundo actual. Un debate no ingenuo sobre esos temas
requiere que seamos conscientes de ese conocimiento incómodo. Pero no se trata
de explicar que hay un imperativo eterno del destino; por eso, vale la pena
conocer y valorar las circunstancias en que se ha podido reducir el recurso a
la guerra.
-¿Cómo
evoluciona la guerra desde el siglo XVIII hasta el pasado siglo XX? -¿Qué
importan más “los motivos” o “los intereses” muchas veces, escondidos o semi
escondidos en la economía y en las “chequeras” de unos pocos a costa de las
vidas humanas…de los que perecen en los campos de batalla y de las víctimas
colaterales?
-Como decía antes, Langewiesche muestra que no
hubo una evolución ascendente, en el sentido de que hubiera cada vez más guerras
y más mortíferas. Al contrario, la escalada bélica del siglo XVIII y su
culminación en las guerras napoleónicas dio paso, dentro de Europa, a un
sistema de equilibrios que, al menos durante un siglo, evitó nuevas contiendas
a escala continental y, además, se aproximó a un tipo de lucha circunscrita a
las fuerzas combatientes. No fue el logro de la paz perpetua, ni mucho menos;
pero tampoco fueron logros despreciables. El problema de cómo han sido posible
las grandes guerras de masas del siglo XX no se puede reducir a la supuesta
maquinación deliberada de una élite. No siempre se trata de “guerras de
gabinete”. Los planteamientos ilustrados podían confiar en que desatar un
conflicto bélico sólo sucediera bajo el antiguo régimen y estaba condenado a desaparecer
cuando el poder procediera del pueblo. Seguir pensando así sería caer en el
esquema de que el mal es exclusivo de una élite o de un “sistema” y que la
gente normal y corriente es sólo una víctima manipulada. Eso no quiere decir
necesariamente que las guerras de masas procedan del entusiasmo mayoritario de
la población. No se trata de pensar que quienes vivieron aquello eran perversos
entusiastas de la carnicería. Lo que sí sucede es que la colaboración eficaz y
sostenida con la guerra se produjo, también, cuando gran parte de la población
la vivía sin entusiasmo y con discrepancias. La Primera Guerra Mundial estalló
cuando ¡Abajo las armas! [Die Waffen nieder!], la novela de la
praguense Bertha von Suttner, premio Nobel de la Paz, hacía tiempo que era un
éxito mundial. Seguramente, muchos conocedores de esa obra hicieron posible la
guerra, de un modo u otro. No es un proceso maniqueo. Cuando el agotamiento de
la Primera Guerra Mundial era patente en Francia, un escritor animó
patéticamente a continuar: había que seguir luchando, asumiendo todas las
miserias e injusticias, hasta el final; de lo contrario, las nuevas
generaciones tendrían que volver a afrontar aquella experiencia. Su autor era
un pacifista, Henri Barbusse, que sabía de lo que hablaba, ya que inicialmente
había sido soldado voluntario.
-¿Crees que las guerras se van cociendo de alguna manera antes de que
estallen y que, de esta manera, se podrían evitar?
- Eso sucede de modo cambiante, según los
contextos históricos. Desde la época de los Estados-nación, si bien se
desarrolló el pacifismo ideológico, también es verdad que se expandió una
visión agónica de las relaciones entre países, de manera que se pensaba que
cada uno de ellos sólo podía prosperar a costa de otros. En el estallido de la
Primera Guerra Mundial esa perspectiva contribuyó a presentar en cada caso el
recurso a las armas como una última instancia deplorable, pero necesaria.
Implicarse a fondo en esa obra de aniquilación se podía ver como un servicio
meritorio a la colectividad a la que se pertenece. Un posible ejemplo es el
caso, trágico en múltiples sentidos, del premio Nobel de química Fritz Haber.
Hoy en día, en Rusia e Israel ya antes se han creado las condiciones que
reducen o seleccionan en un único sentido la percepción social del horror. En
el ataque a Ucrania por parte de la Rusia de Putin, ya en su quinto año, pesa
mucho la presentación de Rusia exclusivamente como víctima y, desde luego, el
intenso bloqueo de libertades civiles que apenas se habían empezado a
desarrollar tras el colapso de la URSS. En Israel bajo Netanyahu la información
que no responde a las versiones sionistas no tiene cabida prácticamente. Son
opiniones públicas que reciben una opinión uniforme. Y el cuerpo social, como
mínimo, aísla a los que discrepan.
-Dieter Langewiesche desglosa, en el primer capítulo, que “Las guerras
mundiales de Europa configuran el orden mundial (siglos XVIII-XX)” y sí, parece
que, tiene mucha razón, porque al parecer las guerras juegan al dominó como
solapándose las unas a las otras, verdad y hasta casi te diría siendo unas
consecuencias de flecos mal cerrados de otras, ¿es así?
-En mi opinión, lo que plantea el autor es
convincente, por ejemplo cuando analiza la Guerra de los Siete Años, una
especie de anticipo de guerra mundial, librada por tierra y por mar en varios
continentes. Desde una determinada perspectiva, se impuso a posteriori la
visión de que había sido un único gran conflicto unitario. Estudiado de cerca y
a escala regional, lo que aparece es más bien una especie de “haz de guerras”,
con métodos, objetivos y víctimas bastante diversos. Por otro lado,
Langewiesche se interesa por el problema de cómo se logra interrumpir la
espiral de las guerras. La introducción de manera ingenua por parte del
presidente Wilson del principio de autodeterminación, en 1918, como presupuesto
de una paz estable contribuyó a prolongar o generar de hecho las hostilidades
in situ y a sembrar resentimientos muy poderosos de cara al futuro. Eso, sin
embargo, no equivale a decir que la Segunda Guerra Mundial fuese una
consecuencia inevitable de ello.
-Segundo
capítulo: “Sin guerra no hay triunfo de la Revolución”. ¿Tanto lo ves así, de
veces “una revolución” no puede hacerse sin el uso de la violencia o de la
guerra?
-Hablando de no modo metafórico, revolución
implica una ruptura con el orden establecido, impuesta bajo el empleo de la
coacción violenta; no es una transición ni una evolución. Las revoluciones
modernas, desde la inglesa en el siglo XVII, han triunfado por medio de la
guerra, también mediante la formación de un tipo nuevo de fuerzas armadas. En
ese caso, destaca el autor, es muy importante qué funciones acaban teniendo
esas nuevas fuerzas armadas en el nuevo orden posterior a la revolución.
Estudios actuales relacionan esta variable con la consolidación de regímenes
dictatoriales tras el triunfo de la revolución. Podría valer la pena tener en
cuenta esto mismo en el caso de las contrarrevoluciones y la trayectoria
seguida por sus apoyos, como sería el caso de la dictadura de Franco en España,
surgida de un levantamiento armado y una guerra civil.
-Bueno, en
el contexto de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique hizo que se
cerrara el frente de Rusia frente a los alemanes y demás…pero es que claro los
bolcheviques, con la revolución, abrieron una guerra civil con la facción
blanca, afín todavía al Zar y a la monarquía Romanov —o este contra ellos,
tanto da---, ¿no?, y eso también deja lastre…
-La Revolución bolchevique nos hace ver cómo las
previsiones de Lenin sobre lo absurdo de la Primera Guerra Mundial y sobre la
Rusia zarista como el “eslabón más débil” (en el que se iniciaría una posterior
revolución mundial), por más que nos parezcan cargadas de razón, tienen que
contrastarse con el escenario histórico. Hay que considerar de un modo amplio
los efectos que tenía aquel trágico conflicto en el resto de las sociedades
beligerantes. Fue otro comunista, el italiano Antonio Gramsci, el que tiempo
después reflexionó sobre eso cuando estaba preso en las cárceles de Mussolini.
Gramsci ya observó que el Estado-nación en Europa occidental, pese a todo, no
tenía el mismo tipo de relación opresiva con sus sociedades respectivas que el
Imperio de los Romanov. La rendición bolchevique en Brest-Litowsk tuvo que ser
impuesta a los delegados rusos por el mismo Lenin, dadas las condiciones que
exigían las Potencias Centrales. Para Lenin, todas esas cesiones valían la
pena, ya que el ejemplo ruso de abandono de una lucha sin sentido tendría que
ser imparablemente contagioso. No sucedió nada así; el modelo bolchevique no
tuvo capacidad de arrastre, como reflexionó Gramsci. La apuesta había sido muy
elevada: los leninistas consideraron intocables por parte de la Asamblea
electiva los decretos anteriores de su gobierno revolucionario, incluyendo el
de la paz a cualquier precio. No consideraron a la Asamblea como depositaria de
la soberanía. Eso supuso condiciones muy difíciles para el pluralismo político
en Rusia. Y abrió el camino a una muy sangrienta guerra civil, en la que los
bolcheviques lograron formar un ejército más eficaz que consolidó su poder, si
bien en unas condiciones imprevistas y con un coste muy elevado. La capacidad
para ganar una guerra fue así el factor decisivo del triunfo de la revolución
(aunque se tratase de una revolución distinta de la que se había querido
organizar).
-Y todo lo que deja lastre, deja heridas, orgullos y frustraciones mal
cerradas, ¿no?
-Sin duda. La guerra es una gran fábrica de
injusticias. Una vez que se han producido, es fundamental no prolongar esas
heridas mediante políticas que traten de poner un fin estable al conflicto. El
Tratado de Versalles no fue el tipo de paz, lleno de buenas intenciones, que se
había prometido a los vencidos para que firmaran el armisticio. En los años
posteriores, sin embargo, se dieron pasos importantes para compensar en parte
al menos esos errores. Hitler presentó, desde el principio, esta situación de manera
claramente deformada, para explotar esa herida. Sin embargo, sólo tuvo éxito
bastante después, en virtud de un factor distinto, como fue la crisis iniciada
en 1929. En 1945, al acabar la Segunda Guerra Mundial, muchos tenían la
impresión de que el fin de la guerra sólo sería un paréntesis. Aunque muy
tarde, hubo varios factores que lo impidieron. Conviene recordar que la firme
apuesta por proseguir la guerra en 1940 por parte del gobierno británico de
conservadores y laboristas, presidido por Churchill, fue acompañada desde el
principio de pasos decisivos en favor de un nuevo Estado del bienestar, que no
debía reproducir la anterior irresponsabilidad social del Estado. Facilitaron
la nueva época otras innovaciones fundamentales. La cooperación económica
occidental y la decisión a favor del impulso al crecimiento económico, aunque
fuese en interés de EE.UU., contribuyeron a reabsorber las graves consecuencias
del diseño de fronteras en Yalta y Potsdam, en virtud de intereses hegemónicos,
y de la expulsión de su patria y su hogar de unos 14 millones de personas,
dentro de una Europa en ruinas y hambrienta. La experiencia europea occidental
originó, sin responder a un plan previsto, un nuevo modelo de sociedad. En
cambio, en EE. UU. (que había vuelto a combatir en la Segunda Guerra Mundial
con unas tropas en las que se segregaba a los soldados de color), la evolución
de los derechos civiles y sociales siguió vías distintas.
-Desgraciadamente me queda bastante claro que sin el empleo de la violencia
y el desencadenante de las guerras no hay o no se han mantenido los Imperios coloniales, pero es
que los procesos de colonización son
claramente—al menos ese es mi parecer--un proceso de vulneración de muchos
derechos humanos ….- Después apunta a que la descolonización va acompañada,
también, de guerras, y es que ,de alguna manera, hasta parece inevitable, ¿no?
: unos no quieren dejar lo que han conseguido y los otros quieren reconquistar
lo que fue de ellos hasta su identidad, lo ves así?
-La expansión colonial desde mediados del siglo
XIX no continuaba sin más un proceso general que viniera de antes. Fue un
fenómeno nuevo, que se apoyaba en la convicción de que los países más avanzados
tenían el deber fundamental (la “carga del hombre blanco” como la llamó Rudyard
Kipling) de extender la civilización, el progreso, sobre el mundo atrasado. Y
lo que se subrayaba de las sociedades indígenas eran sus prácticas escandalosas
para los occidentales y su aparente desaprovechamiento de los recursos, siempre
según los criterios del mundo occidental, en la época de apogeo del
capitalismo. Eran pueblos entre infantiles y diabólicos, como decía Kipling.
Eso legitimaba de sobra la tutela por parte de unas potencias colonizadoras,
dotadas prácticamente de carta blanca. De ahí que las potencias coloniales
llevaran a cabo en ellas un tipo de guerra que, al mismo tiempo, resultaba
intolerablemente escandaloso en la civilizada Europa. Allí donde había una
numerosa población indígena las previsiones para poner fin a esa tutela fueron
casi inexistentes. Mientras, las potencias imperiales se reconocieron en esa
misión. Perderla era un trauma, como sucedió en la España del Desastre de 1898. “Una dura maestra”
recuerda la forma en que EE. UU. impuso su colonialismo en Filipinas. Cincuenta
años después, a mediados del siglo XX, un país pequeño como Holanda sostuvo
guerras prolongadas para mantener su imperio en Indonesia. En su libro,
Langewiesche analiza la práctica del gobierno colonial en la actual Namibia por
parte de Alemania, las distintas visiones que ha trasmitido aquel trágico
proceso entre diversos grupos y los esfuerzos políticos e historiográficos por
contribuir a una identidad que integre esas experiencias contrapuestas. Creo
que es una de las partes más sugerentes de la obra.
- Y aquí
en esos procesos de colonización y descolonización no se libra nadie o casi
nadie, ¿verdad? y de aquellos barros estos lodos, ¿verdad?
-Occidente configuró el mundo durante algo más de
un siglo, entre el primer tercio del siglo XIX y mediados del XX. Y ese dominio
se entendió aquí como algo natural o lógico, derivado de una superioridad
evidente y estable. En la práctica lo que se veía como “misión civilizadora” de
las potencias coloniales no tenía un fin temporal concreto. Esto ni siquiera
cambió cuando las Naciones Unidas establecieron el principio de la
descolonización. Al final, la independencia se precipitó en una cascada. Los
terribles casos de la India y Pakistán o de Israel/Palestina, a finales de la
década de 1940, no sirvieron de lección para lo que fue luego el tramo final,
desde 1956-60. Y hay que recordar que los “países” que se independizaban en
África (como también India-Pakistán) en realidad no eran entidades que
existieran antes de la colonización: habían sido creados como tales
unilateralmente por los colonizadores, en virtud de sus conveniencias y
acuerdos mutuos, a menudo otorgando ventajas abusivas a algún grupo étnico que
colaboraba con los colonizadores, en perjuicio de los demás. Todo eso nos sigue
influyendo hoy y no se pueden ignorar sus consecuencias globales, como si fuera
posible volver a un imaginado orden feliz, que no lo era para la una gran
mayoría.
- La Unión Europea creo que, por
desgracia, no es garantía de que no se den en el seno de Europa conflictos
bélicos …cuando Europa llevaba años recuperándose
de dos grandes guerras en la primera mitad del siglo XX; llegó la caída del muro, la crisis del
comunismo, la caída uno a uno de los países del “bloque de acero” dominados por
esa ideología y finalmente estallan los Balcanes en una guerra fratricida,
¿cómo fue?; ¿cómo crees que lo analiza y lo contextualiza Dieter Langewiesche,
desde la “resaca” de las dos grandes guerras y ahora nos encontramos con la
Guerra , en el corazón de Europa, en Ucrania, invadida por Rusia, conflicto que
empezó oficialmente en febrero del 2022, pero que ya llevaba desde la invasión
de Crimea encendiéndose (desde el 2014-2015)…
-La Europa centro-oriental es una parte muy
significativa del laboratorio político, con la particularidad de que ha
experimentado durante las largas décadas de la división en bloques una vía de
desarrollo que no coincide con la que a menudo consideramos única en Europa
occidental. Esa larga experiencia se suma a otros precedentes distintos.
Langewiesche pone de relieve las grandes dificultades a la hora de hacer
arraigar allí el Estado nacional, después de la desaparición del Imperio
Austro-Húngaro, al acabar la Primera Guerra Mundial. Para algunos (entre ellos,
el joven Hitler) aquel Imperio, que no tenía el carácter de Estado-nación, era
un fenómeno aberrante. Intentar reordenar ese enorme espacio fragmentándolo
para organizarlo en Estados nacionales, como se intentó después de 1918, no
condujo a ninguna solución estable, como mínimo. Pronto las frágiles
democracias dejaron paso a las dictaduras; a largo plazo, se han sucedido las
“limpiezas étnicas”, que también ocupan la atención de “Una dura maestra”. En
Europa occidental los países, con todos sus problemas, tienen históricamente
una gran estabilidad de fronteras y en los últimos dos siglos apenas han
surgido Estados nuevos. Poco antes de la caída del muro de Berlín, en 1989,
algunos planteaban incluso la superación de la idea de nación como base del
Estado. Pero al caer los anteriores regímenes del “socialismo real” y
presentarse nuevas disyuntivas, en poblaciones agobiadas por la incertidumbre y
el deterioro rápido de su situación, surgen supuestos salvadores, que tienen
pocos escrúpulos a la hora de agitar al máximo prejuicios más o menos latentes
de un pasado selectivo o reinventado. Sobre el brusco resurgimiento de un
nacionalismo aferrado a toda costa a la idea de alcanzar un Estado nación
homogéneo, Langewiesche presenta al menos tres enfoques (en parte, ya
desarrollados en La época del
Estado-nación). Uno es la capacidad cohesionadora de la nación como
“comunidad de recursos”. Y también de sacrificios sin límite, según la fórmula
que dirigió Hölderlin a la patria: “Y no cuentes los muertos. / Ni uno solo,
amada, ha caído de más por ti”. Es una supuesta realización del individuo al
fundirse en el sacrificio con la comunidad nacional, algo que, por ejemplo, no
había tomado en cuenta la gran pacifista Bertha von Suttner en ¡Abajo las armas! El segundo factor es
la frecuente deriva de esa figura hacia un “deber de intransigencia” contra los
que son identificados como elementos extraños y perjudiciales para la comunidad
ideal. El último sería su cuestionamiento del carácter inevitable del Estado
nacional para alcanzar determinados niveles de progreso. Al revisar el proceso
de unificación alemana en el siglo XIX, Langewiesche es de quienes consideran
que la coordinación entre los diversos países o Länder independientes había
dado pasos muy importantes que, luego, se atribuyeron en exclusiva a la Prusia
de Bismarck, como unificador del Reich nacional.
-La guerra de Ucrania es una excusa, otra para hacer negocio y hacer caja
¿para qué y para quién en el contexto de una Europa, dado que parece que se
había superado la Guerra Fría, la resaca de la II Guerra Mundial?. Lo que nunca
se ha superado son los intereses geoestratégicos versus económicos ¿no?
-Ese pudo ser la impresión: que las sociedades
avanzadas habían alcanzado un punto estructural de no retorno hacia la barbarie
“de otros tiempos”. Fue un espejismo. Los logros de la civilización y la
democracia misma no pueden considerarse “estructuras”, con las implicaciones de
permanencia y estabilidad que conlleva ese término. Son ante todo resultado
eventual y frágil de unas determinadas pautas de conducta que se aproximen a
unos consensos establecidos legítimamente. Depende por tanto de nosotros, de que
aceptemos criterios comunes de decisión y de arbitraje sobre las divergencias.
Esa aceptación mutua no se consolida de una vez para siempre, ni a escala
internacional ni dentro de cada país. En cierta forma, también consiste en un
“plebiscito cotidiano”. Por desgracia, en determinadas condiciones no es
difícil romperlo. Si se proyecta de manera agónica la idea de que en la
convivencia mediante reglas no hay la más mínima reciprocidad, entonces se
deduce la necesidad victimista de prescindir de las normas. Si esa idea se
exaspera, entonces se rechaza el debate argumentado y sometido a pautas
consensuadas; pedir eso es traicionar. Ese clima, en ocasiones, logra imponerse
sobre una sociedad, aunque mucha gente no lo comparta. Es el caso del marco de
colaboración forzada que impone a veces un grupo terrorista sobre una sociedad,
que por otro lado, mantiene su propia visión de seguir siendo civilizada o
humanitaria y de vivir “con normalidad”. Las sociedades modernas se doblegan
ante la fuerza, si creen que así mantienen “su normalidad”. En Rusia esa deriva
no estaba escrita. Claro que en Rusia la tradición democrática y la fortaleza
de la sociedad civil han sido escasas. Aun así, hay que recordar que en sus
primeras elecciones Putin no obtuvo un resultado claramente mayoritario, como
tampoco Mussolini ni Hitler. Fue después cuando Putin construyó un sistema de
recorte de derechos y uniformización del discurso victimista que, a la larga,
ha hecho posible la agresión actual, con unos fundamentos que analiza Langewiesche
en el epílogo. Frente a esa unilateral presentación de la historia, no valen
nada los tratados internacionales por los que Rusia ha reconocido la integridad
de Ucrania; son un instrumento para crear, según Putin, un “país nazi”
dispuesto a destruir a la Santa Rusia. Hasta ahora, el gobierno ruso ha
conseguido enviar al frente a suficientes soldados y mantener el consenso de
una población en la que no cabe la disidencia pública. Hay que valorar la
defensa propia de Ucrania ante esa agresión, en condiciones de clara
inferioridad.
-Me doy cuenta que han países que han ido sumando muchas vidas en diferentes
confrontaciones, por ejemplo, cuando pensamos en los países que han “causado
más bajas” pocos pensaríamos en Rumanía, pero claro geográficamente es un
territorio en el corazón de Europa que ya sufrió en las invasiones del Imperio
Otomano y luego en las sucesivas guerras o la propia Turquía… Y luego siempre
está el “patio trasero” de Europa que para el viejo continente representa
África, ¿no?
-Una política de paz no debería prescindir de
todo eso. Algunas generalidades, como las que atribuyen los conflictos a
algunas élites, pueden ser el camino directo a un nuevo autoengaño. En Una dura maestra se revisan
planteamientos fundamentales de ese tipo, a lo largo del tiempo, cuando a veces
se consideraba que las guerras sólo podían proceder de poderes ajenos a la gran
mayoría -el pueblo-, considerado sólo como carne de cañón. Hace falta revisar
cómo hemos visto normalmente el pasado, para ir más allá de esas impresiones.
Eso requiere considerar aspectos no previstos o poco cómodos. Pero si la
historia no aporta eso no cumpliría su función. El interés por la historia no
puede consistir en ilustrar lo que ya intuíamos.
-Hay un
epílogo que trata tanto la citada Guerra de Ucrania, como la de Gaza…guerra y/o
conflicto que creo va más allá de ser un conflicto porque ya es algo como
cosido a la piel de dos pueblos y que perdurará por muchos tiempos, ¿no? ;¿qué
nos puedes decir? No tiene solución, en parte, porque a nadie de los grandes
entre los que se encuentra EE.UU. y no pocos países de la Unión Europea les
conviene… Palestina, Israel fueron colonias y esto es lo que recogen, ¿no?;
pero da la impresión de que Israel, a su manera, es el “portaviones” de Estados
Unidos y de algunos países como el Reino Unido, Alemania, quizás por
remordimiento
-La situación en Israel / Palestina, desde luego,
es un escandaloso conflicto abierto ya para demasiadas generaciones. En ese
epílogo se resumen los pasos en que, bajo el mandato colonial británico, se
favoreció a la inmigración judía, en unas condiciones legales que permitían el
desplazamiento forzado de los palestinos. Es una dinámica que sigue hasta hoy y
que, por desgracia, supera progresivamente todos los porcentajes de territorio
concedidos a Israel por la ONU, inicialmente también con el apoyo de la URSS.
Los judíos eran una minoría claramente amenazada en todos los países europeos,
incluyendo destacadamente a Rusia. Luego, padecieron el exterminio de la Shoá, algo históricamente excepcional.
Pero esa no era toda la realidad. A la vez, los judíos mayoritariamente habían
vivido en Occidente un largo proceso de asimilación; llevaban un largo tiempo
intentando asimilarse dentro de los Estados nacionales y sus culturas, a las
que muchos de ellos hicieron aportaciones de primer orden en casi todos los
campos. El desnivel técnico y cultural con respecto a los palestinos, en
consecuencia, era muy grande. También Francia y España concedieron situaciones
legales ventajosas a los judíos en Argelia y Marruecos. Injertar un “hogar
nacional judío” en Palestina (sin perjudicar a la población local, como había
proclamado la Declaración Balfour, en 1917), significó también situar a un
interlocutor privilegiadamente próximo a los usos e intereses occidentales
junto al Canal de Suez y a la colección de países árabes amigos y petrolíferos
que habían creado los Aliados sobre las ruinas del Imperio Otomano. Llevar a
cabo ese proyecto estatal, como analiza Langewiesche, ha requerido la fuerza y
una espiral de violencia, de una duración y una intensidad que lesiona
gravemente los criterios de un orden internacional civilizado. ¿Seguirá siendo
así? En medio de una catástrofe ya tan antigua, hay elementos que están
cambiando. Sin duda, los intereses de Israel han dispuesto de una influencia
indiscutida en EE.UU. o Alemania. Eso ya no es exactamente así. El consenso
dentro de esos países en favor de Israel ya no puede ser un cheque en blanco;
no puede predominar por encima del consenso superior en favor de los derechos
humanos y el derecho internacional. Cada vez más voces sienten el deber moral
de formarse un criterio (el sapere aude!
que reivindicó Immanuel Kant), valorando la situación de manera contrastada.
Otro historiador de relieve, Heinrich-August Winkler (paisano de Kant, por
cierto) ha escrito hace poco que el apoyo a la seguridad de Israel no significa
apoyar cualquier interpretación que haga el gobierno israelí sobre su propia
seguridad, ya que el criterio superior es la defensa del derecho internacional.
Aunque Winkler negaba que Israel practicara el genocidio en Gaza, sin embargo,
condenaba la expulsión de palestinos y la colonización israelí en Cisjordania,
como violaciones del derecho internacional. Es de esperar que se sumen más
voces en ese sentido, que reivindiquen que sus autoridades y la Unión Europea
tomen medidas eficaces en consecuencia. Como señala Langewiesche hacia el final
del libro, los valores peculiares de Europa nunca han impedido las guerras en
el mundo. Lo fundamental son las actitudes prácticas en consonancia con esos
valores, si no queremos que sean –como ha planteado Josep Borrell- una
sarcástica letra muerta.
-El título “Una dura maestra” obedece a la guerra en sí, ¿no?
-Sí, otro título posible habría sido “Una maestra
violenta” o “de modales violentos”. Esta edición reproduce al principio el
pasaje de Tucídides en La guerra del
Peloponeso, de donde lo tomó el autor. Creo que esa frase nos advierte
sobre lo fácil que es el aprendizaje de la barbarie, que destruye lo que a
veces creemos erróneamente que es un orden civilizado que ya se consideraba una
estructura estable.
-Un traductor, además especializado como tú, ¿qué conclusiones has ido
sacando de esto?
-Como decía al inicio, la idea fue facilitar que
fuese accesible en el ámbito de lengua castellana. Me parecía que aporta
planteamientos y sugerencias importantes para un debate sobre estos temas, que
son fundamentales y tienen, en parte por desgracia, un interés no transitorio.
Además, me parece un ejemplo de una forma de hacer historia que, sobre todo,
profundiza en los ángulos muertos de las explicaciones al uso; se puede ver
como un ejemplo de que para aprender de la historia debemos partir del reconocimiento
de lo que conocemos mal, porque lo explicamos de manera forzada o selectiva,
dejando de lado demasiados elementos significativos. Para ello a veces hay que
ir contra algunas inercias. Ese es un grado fundamentado de incomodidad
intelectual, que me parece útil. Los primeros indicios de la acogida de la obra
creo que van en ese sentido. Por mi parte, tengo que agradecerlo.
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