Cazarabet conversa con...  Mariano Lasheras, autor de “Las palabras olvidadas. Antología incompleta de literatura escrita por mujeres (hasta el siglo XV)” (Rolde de Estudios Aragoneses)

 

 

 

 

 

 

 

 

Rolde de Estudios Aragoneses nos acerca a un libro que es un libro de muchos libros: “una antología de literatura” escrita por mujeres hasta el siglo XV.

Un libro imprescindible si quieres hacerte una idea de lo que es el pálpito de la literatura…

Nos acerca a las plumas de mujeres que muchísimas veces eran silenciadas, ignoradas, olvidadas y, a la vez, es un viaje histórico.

El estudio de investigación, minucioso y concienzudo, viene a cargo de Mariano Lasheras.

Según Rolde: “En este libro, el actor y dramaturgo Mariano Lasheras traslada al papel una aplaudida propuesta escénica. Es un viaje al mundo de las palabras, con voz de mujer”

La sinopsis aquello que nos dice Rolde:

Las palabras olvidadas son, como lo define su autor, un viaje al encuentro de muchas mujeres que se valieron de la escritura para expresar lo vivido, lo sentido o imaginado. Este libro-viaje, añade, comenzará en la antigua Sumeria, hace unos 4.000 años, y se prolongará hasta el ocaso de la Edad Media. Nuestro itinerario discurrirá desde el Lejano Oriente hasta al-Ándalus. Y descubriremos a más de doscientas autoras cuyas palabras han sido muchas veces silenciadas, ignoradas, olvidadas. Las habrá nobles y poderosas. Pero también esclavas y prostitutas. Alejado de corsés académicos, pero sumamente documentado, Las palabras olvidadas es una aproximación a decenas de vidas y obras, de una manera amena, pero sin renunciar al rigor.

El autor, Mariano Lasheras:

Mariano Lasheras es actor, director y escritor teatral, creador de numerosos espectáculos relacionados con la divulgación histórica. Las palabras olvidadas es fruto de un intenso trabajo de investigación por parte del autor, desarrollado a lo largo de más de tres años, que comenzó como propuesta escénica y ahora adopta la forma de libro, recogiendo un número mayor de voces de las que el espectáculo permitía. «En ocasiones podría haber sido fácil especular, navegar a través de la ficción. Pero no quería renunciar a la verdad, a su verdad. A lo que de ellas conocemos, aunque a veces sea muy poco. Ellas y sus palabras son las únicas y verdaderas protagonistas de este viaje», nos dice el autor.

 

 

 

 

Cazarabet conversa con Mariano Lasheras:

-Mariano, ¿cómo ha sido el sumergirte en la historia de estas escritoras cuyas palabras han sido olvidadas por el paso del tiempo, el peso de la historia? Comentas en el prólogo que todo empieza con una propuesta escénica y luego, poco a poco, le vas dando la forma de libro.

-Hace ya cinco largos años me propuse crear un espectáculo

 teatral cuyo protagonismo radicara en mujeres escritoras. No sabía muy bien hacia donde me iba a llevar ese proyecto, ni con qué me podía encontrar. Era un viaje cuyo itinerario, dada mi absoluta ignorancia en la materia, era absolutamente incierto. Y cuando empecé a documentarme, me sorprendió la pandemia del COVID. Dada mi profesión, y como otras muchas personas, me vi obligado a permanecer confinado varios meses en mi casa. Y eso, paradójicamente, me permitió disponer de mucho más tiempo del previsto inicialmente para investigar en torno al mundo de la literatura femenina. Y ahí es cuando, para mi sorpresa, encuentro mucho más material del esperado, infinidad de escritoras de las que nunca había oído hablar. Había mucha información, sí, pero muy dispersa. Lo fácil para mí habría sido dar con un libro que reuniese a las distintas escritoras y de tan diferentes culturas que me iba encontrando por el camino. Pero ese libro, esa antología, no existía. O no di con él. De haberlo encontrado, te aseguro que tal vez nunca me habría atrevido a escribir “Las palabras olvidadas”.

Por eso, sentí que toda esa valiosísima información con la que me había encontrado no podía quedar reducida a un espectáculo de poco más de una hora. Necesitaba hacer un libro que recogiera el mayor número posible de escritoras que han sido injustamente ignoradas, olvidadas. Necesitaba recuperar su voz.

-Supongo que hacer un libro de estas características, no habrá sido fácil.

-Para mí ha sido un verdadero reto. Estoy habituado a escribir textos teatrales, donde en ocasiones lo histórico está presente. Pero nunca me había atrevido con un libro. Eso son palabras mayores. Y más un ensayo. Al final, este libro es el resultado de tres largos años de documentación, de contrastar información y de que esta fuera veraz, rigurosa. Y, sobre todo, de hacer un enorme ejercicio de síntesis al trasladar siglos y siglos de la historia de la literatura escrita por mujeres a un libro de algo más de 300 páginas. Era imposible incluirlas a todas. Pero creo que las que están son suficientemente representativas de los distintos periodos y culturas que mi trabajo refleja. Por eso, quise dejar claro en el subtítulo del libro que se trata de una antología incompleta.

Sabes, por momentos estuve tentado de novelarlo, de dar una continuidad formal. Y anda que no hay escritoras en este libro cuya vida podría novelarse. Pero creí que lo importante no era mi relato, si no el de cada una de las escritoras que aparecerían en el libro. Ellas debían ser las únicas y verdaderas protagonistas. Por eso hui de cualquier tipo de ficción. Y quería también que, de algún modo, en mis palabras se apreciara la emoción vivida al descubrir a cada una de estas escritoras, lo que su lectura me había removido por dentro. Quería contagiar mi fascinación a quienes luego leyeran el libro. Pretendía que aquel que se sumergiera entre las páginas de este libro viviera un viaje tan apasionante y placentero como había sido el mío.

Yo defino este trabajo como un libro-puente. Mi objetivo no era, ni mucho menos, hacer un estudio profundo en torno a cada una de estas escritoras, sino ofrecer pequeñas pinceladas. Que quien tenga interés por conocerlas mejor y más detenidamente, o a otras escritoras de su tiempo, pueda recurrir a la amplia bibliografía que propongo. A través de este libro-puente podrán llegar a sus textos o a lo que los investigadores e investigadoras han escrito en torno a ellas. Yo no me considero un experto, ni quiero que en el libro se me vea como tal. Insisto: esto es una breve e incompleta antología que, como tal, muchas veces no pasa de lo anecdótico, que no trata ningún tema en profundidad. Solo pretende ser un libro ameno, con el que cualquier persona sin una amplia cultura, sin un conocimiento profundo sobre el tema, pueda leerlo, disfrutar de ese apasionante viaje literario.

-En el libro dices que las mujeres, en esto de escribir, siempre lo han tenido peor, ¿no?

-Así es. Para muchas mujeres escribir podía suponer un desprestigio social y moral. De la mujer solo se esperaba una conducta sumisa y obediente. Aristóteles afirmaba con rotundidad que “el macho es por naturaleza superior a la hembra”. Y, por desgracia, esa manera de pensar es la que ha prevalecido hasta bien entrado el siglo XX. La modestia y el silencio eran vistas como las principales cualidades de una mujer.  Fray Luis de León, por ejemplo, defiende que la mujer pueda aprender a leer, pero jamás a escribir, ya que, al ser inferior al hombre, nunca podrá alcanzar la sabiduría de este.

Ante una situación así, a riesgo de ser criticadas por quienes consideraban que escribir era cosa de hombres, muchas mujeres escribían, hasta no hace tanto, bajo seudónimo. Y entre las que se atrevían a firmar sus obras, algunas no dudaban en pedir disculpas por su “atrevimiento” o se autodefinían como “indignas, ignorantes” e inferiores en su capacidad intelectual al hombre. E incluso hubo autoras cuyos textos fueron durante siglos atribuidos al sexo masculino con la convicción de que era imposible que una mujer pudiera estar detrás de determinadas creaciones. Tal vez, por todo eso, la literatura escrita por mujeres ha sido estigmatizada e infravalorada en los manuales de literatura, en las escuelas, universidades…

-Las mujeres escribían para contarnos mayoritariamente, ¿el qué?

-Como digo en el libro, escribir es una manera de atrapar con palabras el tiempo de lo vivido, de lo soñado, pero también ese otro tiempo en que discurre lo hipotético, lo imaginado. La mujer, como el hombre, escribe sobre lo que ve, siento o vive.

-Se escribe lo que se ve, siente o vive… vamos que a través de estas mujeres también podemos conocer cómo eran las épocas en las que vivieron, su visión, con sus virtudes y defectos…

-La literatura es fiel reflejo del mundo en el que vivimos y, por tanto, es una herramienta fundamental para conocer nuestro pasado, nuestra historia. Por desgracia, la historia que conocemos es sobre todo la historia contada por hombres. Y eso se debe en gran parte a que la literatura que mayoritariamente ha llegado a nuestros días ha sido también la escrita por hombres. Tenemos una visión de la historia, del mundo, sesgada, vista fundamentalmente a través de los ojos de los hombres.

Por eso es tan importante reivindicar y conocer la literatura escrita por mujeres, porque, aunque encontramos los mismos temas que tratan los hombres (el amor, la guerra, el paso del tiempo, la muerte, la belleza de la naturaleza, la libertad, la espiritualidad…), muchas veces nos ofrecen una perspectiva distinta.  Necesitamos conocer también cómo ha vivido y sentido el mundo la mujer, para conocer nuestra historia, la de todos: hombres y mujeres.

-¿Podrías poner algún ejemplo?

-A caballo entre los siglos II y III, vivió la escritora china Cai Wenji. En sus poemas nos habla de la guerra. Pero en ningún momento hace referencia a grandes batallas o héroes legendarios, sino que se sirve de la palabra para mostrarnos la indefensión y el sufrimiento que padece una mujer víctima de un conflicto bélico.

Igual sucede con las místicas cristianas, quienes tanta luz arrojaron a esa mal llamada Oscura Edad Media. Muchas de ellas, al describir su manera de sentir a Dios, de llegar a él, ofrecen una visión que se aleja bastante de la ortodoxia cristiana y de lo que dictamina la Iglesia. Y para alguna de ellas, como la beguina Margarita Porete, esa fidelidad a sus principios, no renunciar a ellos, tendría un coste elevadísimo: ser quemada en la hoguera de París en 1310.

Y, lógicamente, en la literatura femenina se verbalizan las muchas desigualdades que sufren. De Oriente a Occidente, y en épocas diversas, encontramos mujeres que se valen de sus escritos para denunciar las injusticias que padecen; para reclamar su derecho a la libertad, a una educación digna; o para amar en igual de condiciones al hombre…

Así hasta el punto de que en la región China de Jiangyong las mujeres, que tenían prohibido el acceso al Nan Shü o escritura de los hombres, dan forma al Nu Shü, la única escritura del mundo, que sepamos, creada por y para mujeres. Una escritura que les sirvió para poder comunicarse entre ellas y, sobre todo, para plasmar sobre el papel las continuas injusticias, las miserias vividas desde el mismo momento en que eran entregadas en matrimonio.

-Y, ¿por qué consideras que es tan importante recuperar la memoria de todas estas mujeres?

-Como decía Simone Weil, “destruir nuestro pasado es, tal vez, el mayor de los delitos”. Ignorar a todas esas mujeres que lucharon por una sociedad más justa e igualitaria, y no me refiero solo a las escritoras, es ignorar una parte de nuestro pasado. Como decía antes, todavía hoy se habla muy poco de ellas en las escuelas, institutos y, sobre todo, universidades. Ellas abrieron camino hacia un mundo más igualitario, a pesar de las muchas dificultades que encontraron. Pero aún queda camino por recorrer y es bueno conocerlas para que sirvan de ejemplo a otras mujeres. Pero también para que los hombres tomemos conciencia de que, durante muchos siglos, le hemos negado a la mujer la posibilidad de aprender, de pensar, de desarrollarse en igualdad de condiciones al hombre. Y hoy, más que nunca, necesitamos saber lo que sucedió, lo que nos cuentan estas mujeres. La otra mitad de nuestra historia. Y tratar de no volver a cometer los errores del pasado.

En la actualidad, cada vez es más habitual encontrar políticos, pensadores o “influencers” que abogan por una vuelta al pasado, que niegan la desigualdad que queramos o no todavía existe entre hombres y mujeres, personas que piensan que la mujer debería estar al servicio del hombre.

Como digo, queda mucho camino por recorrer. Cuando Cristina de Pizán denuncia el maltrato o las violaciones que padecen muchas mujeres de su tiempo, y estamos hablando del siglo XV, parece estar describiendo situaciones que, por desgracia, se repiten en la actualidad.

-Pero esa actitud de los hombres de negar, descoser el desarrollo de la mujer, sería un incentivo para que aquellas que encontraron en la lectura o la escritura una especie de salida, perseveraran. Aunque supongo que, si escribían, era porque habían tenido acceso a una educación que en aquellas épocas no era para nada común y porque leían…porque si no se lee, no se escribe. Coméntanos, por favor… ¿Cómo era el perfil de las mujeres que escribían?

-Nunca se puede generalizar. Pero, en las épocas y culturas de las que estamos hablando -desde los orígenes de la escritura a finales de la Edad Media- lo habitual es que sean mujeres pertenecientes a la alta sociedad las que se desarrollan como escritoras. ¿Por qué? Porque el acceso a la lectura y la escritura estaba reservado a unas pocas “privilegiadas”. Son mujeres cuyas familias se preocupan de darles una formación y una cultura. Incluso, a veces, encontramos autoras en cuyas familias existen precedentes de padres o madres que han cultivado la escritura. Aunque, luego, lógicamente, ha de existir la motivación, el deseo de expresarse mediante la palabra y, sobre todo, de enfrentarse a una sociedad que tal vez la mire mal por expresar públicamente lo que siente.

En la Edad Media europea encontramos también numerosos ejemplos de escritoras, alguna tan extraordinaria como Hildegarda de Bingen, que surgen de conventos y monasterios. ¿Por qué? Porque el convento, el monasterio, es un espacio donde la mujer puede aprender a leer y escribir, donde puede acceder a una biblioteca, a libros que le permiten “viajar”, conocer diferentes formas de pensamiento o expresión.  Es un espacio propicio para desarrollarse como escritora. Pero claro, para entrar a un convento tienes que contar con una dote, algo que está, de nuevo, al alcance de muy pocas.

Pero, insisto, no se puede asociar únicamente el perfil de escritora con una mujer noble, “con posibles”, porque hay numerosas excepciones. Podríamos poner el ejemplo de las esclavas andalusíes llamadas “yariyas” o las prostitutas chinas. Unas y otras vivían en sociedades donde la cultura era un sinónimo de placer. Por eso unas y otras eran formadas para, entre otras cosas, ser hábiles recitadoras de poesía… aunque, eso sí, muchas veces para solaz de los hombres que las escuchaban. Pero esa formación permitió que algunas acabaron componiendo sus propios poemas con una maestría tal, que despertaron la admiración de grandes poetas de su tiempo y hasta llegaron a formar parte de las antologías literarias que de aquellas épocas se conservan. Lo que demuestra que una buena formación facilita desarrollar nuestras capacidades artísticas, permite despertar el “monstruo” que llevamos dentro.

Muchos poderosos prefieren mantener a su pueblo en la ignorancia, porque son conscientes de que así es más fácil dominarlo. Y en el caso de la mujer, ha sucedido lo mismo. A lo largo de la historia el hombre ha preferido que la mujer permaneciese por regla general en la más absoluta de las ignorancias, porque así era más fácil dominarla. No resulta extraño que escritoras como Cristina de Pizán o hispanas como María de Zayas o Josefa Amar y Borbón, que son conscientes de la importancia de la educación, reivindiquen el acceso a esta para todas las mujeres, porque saben que ese es el único camino posible hacia una sociedad más igualitaria.

Por cierto, me ha gustado que utilices el término descoser. La mujer ha estado relegada al hogar durante siglos, para, entre otras muchas cosas, bordar, coser y tejer. Y muchas escritoras se reivindican haciendo similitudes con el arte de la costura: hablan de tejer palabras, de coser hilos de palabras llorosas… Me gusta mucho Margaret Cavendish -una escritora, filósofa y científica inglesa del siglo XVII- cuando dice: si la mujer ha de tejer, entonces porque no puede hacer poesía, que es una manera de tejer con el cerebro.

-Hoy y hace tres siglos o cuatro o cinco atrás hay y hubo mujeres que escriben, leen y enseñan a escribir y a leer gracias a sus antecesoras y a muchas de las que aquí relatas, ¿Es así?…

-Afortunadamente en la actualidad son muchas las mujeres que pueden cumplir su sueño de ser escritoras sin temor a ser criticadas, denunciadas o estigmatizadas. Que la mujer pueda desarrollarse como escritora, científica, o filosofa nos ha permitido avanzar hacia sociedades más justas, igualitarias y abiertas.  Nuestra riqueza cultural e intelectual se multiplica de manera infinita. Y eso se debe en parte a esas mujeres que abrieron camino en tiempos pasados.

Por eso vi necesario este libro, porque, insisto, creo que aún existe mucho desconocimiento en torno a la literatura escrita por mujeres. Algunas de las escritoras que aparecen en el libro fueron olvidadas durante siglos y fueron recuperadas por escritoras posteriores que las reivindicaron, que las rescataron del olvido impuesto, que vieron en ellas un ejemplo a seguir. Y ha sido fundamental también el trabajo de muchos investigadores, tanto hombres como mujeres, que han centrado sus estudios en estas olvidadas. Este libro no habría sido posible sin la labor de unos y otras, una labor muy pocas veces reconocida.

-El libro es todo un viaje por la historia desde la era de los sumerios hasta la agonía de la Edad Media. Coméntanos, por favor, ¿qué ha significado para ti?

-Fue un hermoso y apasionante viaje. Un viaje que abarca más de 3000 años a lo largo de la historia de la humanidad. Quería conocer a todas esas mujeres, pero también el mundo en el que vivían. Por eso, en ocasiones, me gustaba recrear el universo que las rodeaba, porque pensaba que podría ayudar a conocerlas mejor. Y porque, a veces, lo confieso, su vida me resultaba tan fascinante como lo que escribían. De algunas me costó desprenderme, pero, afortunadamente, enseguida surgían nuevas fascinaciones.

Por eso cada capítulo está concebido de manera distinta, porque cada escritora o grupo de escritoras me trasmitía una serie de sensaciones o emociones que luego he tratado de reflejar sobre el papel. Por eso es un libro en el que no es necesario seguir un orden lineal. Es como una colección de relatos. Aunque una lectura continuada, una visión general, permite ver, por ejemplo, que hay situaciones, “modus operandi”, que, a pesar de la distancia geográfica o cultural, se repiten.

-¿Cómo quedó la literatura, la escritura, en manos de las mujeres en la Edad Media? ¿Y cómo era escribir antes para las mujeres? ¿Cuánto más retrocedemos en el tiempo, más difícil era?

-Siempre se ha hablado de la Edad Media como una época oscura. La realidad es muy distinta y más en el caso de las mujeres escritoras. Ellas arrojaron mucha luz, fueron, como digo en el libro, luciérnagas para una época oscura. En la Edad Media encontramos muchos ejemplos de mujeres escritoras, que abarcan géneros y estilos muy diversos y, de nuevo, de Oriente a Occidente: las poetas andalusíes o del mundo islámico, las trovadoras europeas, las místicas, las extraordinarias poetas chinas o japonesas, novelistas como la japonesa Murasaki Shikibu, la ya citada Hildegarda…

Y en determinados aspectos fueron innovadoras. La japonesa Murasaki es autora de la que es considerada como primera novela psicológica de la historia: La novela de Genji. Hrosvitha pasa por ser la primera persona de la cristiandad que cultivó el género dramático… Y no nos cansaríamos de dar ejemplos.

Hay un aspecto que me parece muy destacable y que pone en común a escritoras de Occidente y Oriente. Mientras en la Europa medieval lo correcto, lo culto, era escribir en latín, muchas de las escritoras que conocemos escriben en sus lenguas nativas -occitano, alemán, francés… Y en el Japón de la misma época sucede lo mismo. Allí lo propio era expresarse literariamente en chino. Sin embargo, muchas escritoras utilizan el japones como su principal forma de expresión. Y en ese aspecto también las escritoras japonesas y europeas medievales fueron pioneras, poniendo en valor las llamadas “lenguas vulgares”.

Para muchas no resulta fácil escribir. Encontramos numerosos prólogos donde las autoras piden disculpas, tratan de justificar su osadía, añadiendo términos como “mujer y, por tanto, ignorante” o definiendo sus trabajos como “librillos”, “obrillas”…

En cuanto a lo de si retroceder en el tiempo lo hace todo más difícil, depende. Sorprende, por ejemplo, la gran cantidad de escritoras del mundo islámico medieval -más de doscientas- si lo comparamos al escaso de autoras grecolatinas. Eso podría ser un claro síntoma de mayor permisividad. O de reconocimiento a la mujer como escritora.

Pero ir para atrás tampoco tiene que ser un sinónimo de retroceso cultural. En el mundo sumerio, estamos hablando de hace unos 4000 años, parece que la mujer tiene mayor relevancia social, que se la respeta más y que incluso ocupa importantes parcelas de poder. Tal vez, por eso, nos encontremos con la figura de Enheduanna, la primera persona que conocemos que se dedicó al arte de la escritura. Enheduanna fue una sacerdotisa sumeria con, al parecer, un enorme poder. Y, como ella misma dice, sin ningún pudor: “lo que yo he hecho, no lo hizo nadie antes”. Y eso es cierto, porque hasta la fecha, nadie antes que ella, que sepamos, se preocupó de “firmar” sus obras.

También sabemos que hubo mujeres egipcias escritoras. Se conservan sus poemas, aunque no sus nombres. E incluso escribas. Y de alguna de ellas sí sabemos el nombre.

Por desgracia, el tiempo ha jugado en contra de muchas escritoras y escritores antiguos por la fragilidad del soporte sobre el que escribían. Solo aquellos o aquellas cuyas obras se reescribían, se copiaban -de ahí la importante labor de los copistas- tenían la posibilidad de perpetuarse. Y parece que, en ese aspecto, las mujeres han sido las más perjudicadas.

Por cierto, que conservamos el nombre, también, de algunas copistas europeas. Y en el arte de la iluminación, que en nuestro imaginario muchas veces identificamos con un habilidoso monje a la luz de una vela, también brillaron algunas mujeres: como la hispana En, que ilustró el magnífico Beato de Girona. O Herrada de Landsberg bajo cuya dirección se iluminó el Hortus deliciarum, una obra de una belleza y originalidad extraordinarias para la época.

-Las mujeres que escribían lo hacían por las razones que siempre nos han motivado y nos motivan: contando cómo vivían, que les motivaba, ¿es así? y también no quisiera dejarme aquello qué les removía, qué les frustraba, qué les alegraba, qué sensaciones vivían, cómo las vivían. Todas estas preguntas nos las hacemos y nos las hacíamos ya antes y nos las seguimos haciendo ahora y es por eso que muchas, supongo, se pusieron a escribir y todavía lo hacen …

-Para escribir supongo que hay que encontrar una motivación, algo que te predisponga a hacerlo: el amor, el desamor, la felicidad, la amargura, un desahogo, la denuncia de una injusticia, la espiritualidad o el simple deseo de jugar con el lenguaje, de recrear situaciones inverosímiles… Depende de tu estado anímico, de lo que en cada momento quieras relatar, compartir. Las variables son infinitas. Y el libro, creo, recoge esa diversidad motivacional o las múltiples maneras de expresar una misma emoción a través de la palabra escrita. En ese sentido la humanidad no parece haber cambiado tanto, padecemos los mismos problemas, las mismas injusticias, amamos del mismo modo... Por eso la buena literatura, escrita por hombres o mujeres, es atemporal. Podemos leer un poema, una novela, un drama, escritos hace mil, dos mil años y sentir las mismas emociones que nos trasmite un texto de la actualidad.

En nuestro tiempo nadie cuestiona la grandiosidad poética de Dante, porque seguimos emocionándonos con sus composiciones. Sin embargo, apenas se lee a las místicas medievales, porque poco o nada se conocen. Y podrías ponerte delante de los versos de unos y otros y, en algún caso, costaría distinguirlos, por las muchas similitudes que encontramos en su manera de expresarse. Por eso debemos reivindicar a Dante, pero también a las místicas medievales que, desde mi punto de vista, no tienen nada que envidiarle.

-Localizas en ese trabajo, minucioso y concienzudo, a mujeres desde el Lejano Oriente hasta el Al-Andalus… seguramente que ellas tenían un denominador común, aún con el peso de la historia y el paso, pero también no pocos puntos de “divergencia”, ¿qué nos puedes decir?, recalcando que en la divergencia está “la riqueza”….

Creo que hay más cosas que las unen que las separan. Como ya he comentado encontramos muchas similitudes en culturas muy distintas y lejanas geográficamente: como el recurso a lenguas vulgares que se da paralelamente en el Japón y Europa medievales. O el hecho de que en la España musulmana medieval las esclavas son formadas en la literatura, la música y el canto, y, paralelamente, suceda lo mismo en China con las concubinas o prostitutas.

Hay investigadoras, como Elvira Gangutia que sostiene que la jarcha hispana o las frauenlied alemanas, son herederas de una antigua tradición de cantos de mujer, asociados a ritos de fertilidad, que podrían remontarse al culto a Inanna, la diosa mesopotámica a la que dedicó sus cánticos la ya citada Enheduanna.

También las une el hecho de que muchas de ellas tengan que hacer frente a una sociedad donde el hombre se considera un ser superior, un ser que las oprime y en ocasiones también esclaviza.

¿Qué hay diferencias? Claro. Cada artista encuentra su particular modo de expresarse y se ve influenciada por la cultura que le rodea. Muchas veces las costumbres, las creencias son distintas. Una urraca en occidente puede ser sinónimo de mal augurio. Sin embargo, en la China medieval es un ave portadora de suerte y felicidad. A mi modo de ver, el mundo Oriental refleja una sintonía mayor con la naturaleza que el Occidental. Quizá porque sus dioses son más terrenales y se encuentran en la naturaleza que les rodea. En Occidente Dios es un ser ajeno a este mundo. Y para llegar a él muchas veces es necesaria una “muerte” en vida, un desprenderse de todo aquello que tiene que ver con lo terrenal.

Supongo que a una trovadora francesa del siglo XII le traería sin cuidado que su poema tuviera una bella caligrafía, incluso una excesiva belleza formal. Para ella, creo, era más importante el contenido que el continente. Sin embargo, para una poeta japonesa de esa misma época que enviase un poema de amor a su amante, este deberá ser escrito de manera exquisita, con una bella caligrafía. Incluso el color del papel o el olor que desprendiera podrían hacer más seductor el mensaje que se desease trasmitir. Aunque, en última instancia, un poema, venga de donde venga, o venga como venga, ha de cautivarnos, ha de emocionarnos.

No obstante, deseaba que esa gran diversidad cultural, esa “divergencia” de la que hablas, esas distintas maneras de entender el mundo estuvieran presentes en el libro. Nunca imaginé este viaje centrado en la literatura femenina occidental. Quería saber qué sucedía en una misma época, qué escribían otras mujeres a miles de kilómetros de distancia. Los occidentales solemos olvidarnos de que el mundo es mucho mayor de lo que suele parecernos. Y quería mostrar precisamente esa enorme diversidad cultural. Hacer ver que mientras en Europa tenía lugar el Imperio Romano, en China se desarrolló el imperio Han, tan poderoso como aquel y con una riqueza cultural que nada tenía que envidiar a la romana. Y en ese sentido quería mostrar que hubo grandes escritoras occidentales, pero también orientales. La griega Safo se ha convertida en mito para los occidentales, pero la china Li Qingzao ha alcanzado esa misma magnitud en su país. Y hoy en día es raro el niño chino que no aprende alguno de sus poemas en la escuela.

Teresa de Cartagena, una escritora hispana del siglo XV que reivindicó el derecho de la mujer a escribir, y escribir sobre sobre lo que quisiera, decía que un libro es una arboleda saludable dotada de maravillosos injertos. No sé si este libro será una arboleda saludable, pero si te puedo garantizar que está poblado de maravillosos injertos, que invito a todo el mundo a leer y conocer.

 

 

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Cazarabet

Mas de las Matas (Teruel)

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