Cazarabet conversa con... David Cao Costoya,
coeditor de “La muerte pública. Los usos políticos del culto fúnebre en la España
contemporánea” (Comares)
David Cao Costoya y Stéphane
Michonneau como cuidadores de esta edición nos ofrecen un libro magnífico de editorial
Comares.
La sinopsis del libro:
En las páginas que siguen, el lector
encontrará difuntos que habitan o han habitado destacadamente nuestra vida
social. Indagar las formas en que nos hemos despedido de ellos y las
inversiones simbólicas mediante las cuales les hemos mantenido entre nosotros
nos ayuda a desentrañar aspectos relevantes de nuestra existencia colectiva.
Esta obra, resultado de la colaboración de veinticinco especialistas, es
tributaria del creciente interés historiográfico por los usos políticos de la
muerte. Las aportaciones aquí congregadas representan un avance en nuestra
comprensión del lugar que ocupan los cultos funerarios de naturaleza política y
la construcción de la celebridad póstuma en la España contemporánea (siglos
XIX-XXI).
Algunas de las facetas poco conocidas que aquí son abordadas atañen la
categorización y el tratamiento de los cuerpos y la materialidad a ellos
asociada, el alcance que adquieren las dinámicas de secularización,
democratización y monumentalización, la importancia de la dimensión espacial en
el análisis de la muerte pública o la relevancia de la perspectiva de género y
el papel de las mujeres en la expresión del duelo, los cultos funerarios y el
trabajo de memoria.
Los encargados de la edición:
David Cao Costoya
: es profesor lector Serra Húnter en la
Universitat de Barcelona. En los últimos años sus investigaciones se han
centrado, singularmente, en el estudio de las identidades y las memorias
públicas locales y regionales, en especial, en lo concerniente al periodo de la
Restauración borbónica (1874-1931). En su trayectoria destaca, también, la
atención prestada al análisis de las élites locales y el asociacionismo
cultural histórico durante el largo siglo XIX.
Stéphane Michonneau
: es catedrático de historia
contemporánea en la Universidad Paris-Est Créteil
(Francia). Es especialista de la historia de los nacionalismos en España, de
las relaciones entre memoria e historia y entre literatura e historia.
Últimamente, se ha mostrado interesado en las huellas de la Guerra Civil en
España y coordina un proyecto de investigación sobre las ruinas de guerra en
Europa.
Cazarabet conversa con David Cao :
-Amigo David ¿de qué manera y por qué se hace un uso político
del “culto fúnebre” tomando el tiempo cronológico histórico de España en el
período de la historia contemporánea?
-Obviamente, el uso político del culto fúnebre no es un fenómeno exclusivo
de España, sino algo que se da en muchas otras sociedades y en distintos
momentos de la historia. La muerte entraña un momento liminar, y el tránsito de
la vida a la muerte suele ir acompañado de un trabajo de construcción de
sentido, con liturgias, imágenes y retóricas. El carácter grave y
emocionalmente intenso del momento funerario lo convierte en un tiempo propicio
para la comunicación social. Para parafrasear a Sandra Gayol y Gabriel Kessler,
algunas muertes importan especialmente: políticamente son más significativas y
pueden tener gran capacidad para interpelar y catalizar reacciones en los
actores sociales que buscan fijar cómo debe recordarse la vida y la muerte del
individuo en cuestión, y de qué modo se vinculan el finado y la comunidad que
lo ha visto desaparecer. En definitiva, los usos funerarios son una de las
prácticas sociales a través de las cuales los colectivos se construyen, se
definen y se proyectan; uno de los ámbitos donde se configura el mundo social y
se negocia el orden establecido. Eso es política, lato sensu.
Creo que todo esto se entiende mejor si se enmarca en un campo de
investigación, influenciado por los estudios culturales, que ha renovado
profundamente la historia política, ampliando los análisis de las modalidades
de participación en lo colectivo más allá de lo estrictamente oficial e
institucional. Los trabajos de Emmanuel Fureix son un ejemplo de todo ello. En
España, antes de nuestra contribución, investigadores como Jesús Casquete,
Pierre Géal y Pedro Rújula, entre otros, habían fomentado esa línea de trabajo.
-Porque hacer un uso político del culto
fúnebre viene de lejos y para nada es exclusivo ni de España, ni de Europa… digamos
que la política versus poder siempre ha querido sacar rédito de la muerte de
muchos personajes históricos con cierta aureola, ¿no?
-Efectivamente, una de
las obras editadas en castellano sobre estas cuestiones es Tumba y poder, de Olaf B. Rader. El subtítulo es El culto político a los muertos desde
Alejandro Magno hasta Lenin. Así que sí, efectivamente, el uso político
viene de lejos. Sin embargo, la política en la contemporaneidad incorpora
nuevos sujetos e implica otros repertorios de acción y de comunicación. Una de
las dinámicas que observamos en el libro es que, en la contemporaneidad, los
cultos funerarios de naturaleza más eminentemente política y la construcción de
la celebridad póstuma tienden hacia la democratización y la secularización.
-El funeral, sin ir más lejos, del último
Papa---sé que nos marchamos de España--, pero puede ser un ejemplo…
-Lo que está claro es
que no se trató de un acontecimiento puramente religioso. No hay más que ver
las delegaciones de más alto nivel, en representación de la mayoría de los
Estados, que acudieron a la ceremonia. Las numerosísimas reacciones nos
muestran cómo aquel momento de tránsito fue un lapso de tiempo sensible a la
construcción de su legado y cómo este debía condicionar el futuro inmediato de
la institución. En no mucho tiempo, en España veremos el traspaso de dirigentes
que han sido claves en la política estatal y autonómica desde la Transición.
Eso nos pondrá ante el espejo y nos permitirá asistir a interesantes juegos de
pasado, presente y futuro.
-A veces, con esas “ceremonias” se quiere
rendir “sentido homenaje”, pero otras poner tierra encima del muerto—nunca
mejor dicho--, ¿no?
-Lo cierto es que los
estudios reunidos en nuestro libro colectivo generalmente privilegian la
atención hacia aquellos individuos que fueron objeto de un duelo y de una
construcción póstuma destacados. Por otra parte, también es cierto que toda
política de la memoria implica una política del olvido. Los varios casos que
recoge el libro dan cuenta de la complejidad de todos esos procesos. Según
explica Pedro Rújula, la destrucción del cuerpo de Rafael del Riego y el
esfuerzo deliberado por imposibilitar la identificación de sus restos
condicionó su suerte póstuma, pero no evitó que se convirtiera en un símbolo
perdurable. Los represaliados por el franquismo, enterrados en fosas, fueron
excluidos de la comunidad y, durante décadas, su invisibilización solo fue
resistida tenazmente por sus allegados más próximos. El estudio de Zoé de Kerangat sobre las Mujeres de Negro resulta especialmente
interesante en este sentido. El coronel Josep Cabrinetty, en cambio, que se
destacó en su lucha con los carlistas, recibió unas honras fúnebres destacables
y fue monumentalizado públicamente poco después. Sin embargo, hace no muchos
años, los gestores del cementerio del Poblenou decidieron desalojar sus restos
del nicho correspondiente, y su lápida, imaginamos, fue destruida.
- ¿Y qué pasa cuándo se quiere utilizar a la
víctima como una especie de mártir o leyenda…?
Las categorías de
héroe y mártir forman parte de la
renovación cultural que acompaña el surgimiento de la política moderna. Con las
revoluciones que dan luz a la contemporaneidad surgen nuevos modelos de
ejemplaridad social, fundamentales en la construcción de las identidades y las
culturas políticas. La noción de mártir laico, atribuida a quien ha sufrido
penalidades como sacrificio por el compromiso con una causa política o
ideológica, da cuenta de cómo todos esos usos seculares del culto fúnebre, a
los que nos referimos en el libro, son a menudo reutilizaciones y
resignificaciones de categorías y prácticas religiosas. Pierre M. Delpu lo ha explicado particularmente bien. Cuando se
quiere convertir a la víctima en mártir, se construye un relato de ejemplaridad
pedagógica para la comunidad política. El cadáver se transforma en una reliquia política, un objeto sagrado con
capacidad de movilización e intercesión moral. Este proceso implica narrar la
muerte violenta como un sacrificio consciente por la libertad o la patria. De
este modo, el difunto deja de pertenecer a la esfera familiar para pasar a ser
patrimonio simbólico de un grupo.
-¿Qué figuras principales de la historia reciente
de España han sido utilizadas como “mártires” desde una utilización casi
publicitaria de la muerte?
-En el libro se
observa, por ejemplo, cómo determinados sectores elevaron a los altares de la
patria a personalidades como Riego, Mariana Pineda o Torrijos. Más
recientemente, podríamos mencionar a los caídos glorificados e
instrumentalizados por el franquismo para sus propios fines, o la construcción martirológica del presidente Companys, fusilado por la
dictadura.
-Se respetaba o se escuchaban tanto los deseos
de los fallecidos o fallecidas, así como de sus familiares, porque me da que
eso hoy en día sí que se tiene un poco más en cuenta, me refiero a respetar
cierta intimidad de “ese momento”; ¿qué nos podéis comentar?
-Existen numerosos
casos de tensión entre lo privado y lo público, entre la voluntad del finado y
de la familia, y lo que pretenden o ambicionan las autoridades o el público.
Cuando el finado, por quién ha sido o por cómo ha fallecido, es considerado un bien
público o un patrimonio común, la comunidad o quienes la representan pueden
imponer su voluntad con el argumento de que la figura en cuestión trasciende lo
estrictamente privado. Este tipo de fenómeno ya había sido observado por Avner
Ben-Amos en su monografía sobre los grandes funerales en la Francia de la III
República, por ejemplo.
-En el lado opuesto del tablero están los que
pueden ser “demonizados”, pero ellos y ellas también pueden tener “esa muerte
pública”, ¿no?; ¿qué nos podéis decir?
-Creo que el caso
antes mencionado de Riego, a partir del estudio de Pedro Rújula, es
perfectamente indicativo de ello. Riego fue objeto de un homenaje inverso, en
el que se le maltrató para destruir su fama de héroe liberal. Su ejecución en
la horca fue un acto de propaganda contrarrevolucionaria destinado a borrar su
memoria. Este tipo de muerte busca deshumanizar al enemigo para reafirmar la
autoridad absoluta del poder que lo ejecuta.
En un orden
completamente distinto, podemos mencionar el caso del militar carlista Francesc
Savalls, al que se considera responsable último de varias ejecuciones
colectivas de prisioneros en el contexto de la última guerra carlista. Eso
horrorizó a sus adversarios, pero también incomodó a muchos de los suyos. Los
sectores opuestos al carlismo aprovecharon esos hechos para construir
negativamente su reputación pública y estigmatizar al carlismo, asociándolo a
la barbarie y desacreditándolo como opción política legítima. La suerte póstuma
de Savalls se vio comprometida por sus acciones y por
la demonización de su figura que estas mismas facilitaron.
Naturalmente, también
hay muertes públicas que reciben respuestas y construcciones póstumas
divergentes, cuando no enfrentadas, dependiendo del posicionamiento ideológico,
político y social de los distintos actores.
- ¿Cómo y de qué manera influye la ideología
para dar una muerte pública u otra o influye poco…?
-La muerte es pública
en tanto en cuanto es funcional, social y políticamente. La ideología influye
de un modo determinante, porque la muerte aquí es, sobre todo, un evento social
y simbólico, más que un mero hecho biológico. Los rituales, los discursos, la
cobertura mediática, etc., se articulan para reforzar ciertas narrativas,
valores y legitimidades.
En un proyecto de
investigación en curso liderado por los profesores Carles Santacana y Giovanni
Cattini, nos estamos interesando particularmente por las figuras simbólicas que
congregan lecturas competitivas, que son espacios de pugna entre sectores distintos
de la sociedad.
- ¿Convergemos más, todas y todos, ante la muerte pública y todo
lo que la rodea de artistas, intelectuales, científicos…que ante otros
colectivos?
-Varios de los
estudios incluidos en el libro tienen como objeto analizar la muerte pública de
artistas, intelectuales y científicos, justamente. Es el caso, entre otros, de
Goya, Robert, Gaudí, Guimerà o Sorolla. En el análisis reciente del rol que
desempeñan este tipo de figuras en las sociedades contemporáneas ha influido
muy considerablemente el paradigma teórico propuesto por Marijan Dović y Jón Karl Helgason, aunque también son absolutamente
fundamentales las aportaciones de Joep Leerssen y Ann Rigney. En esta línea, en
el espacio ibérico muy recientemente está surgiendo toda una historiografía
sobre los santos culturales. El monográfico reciente que coordinamos con Helena
Buffery en la revista Zeitschrift für Katalanistik es un ejemplo de ello y una muestra
bastante satisfactoria de interdisciplinariedad, porque coincidimos, con
vocación de complementariedad, historiadores de la literatura, de la política y
la cultura, así como compañeras que proceden de los estudios culturales.
Y sí, las figuras
culturales han jugado un papel fundamental en la encarnación de las comunidades
imaginadas. A menudo se las consideró comparativamente más consensuales que las
figuras políticas. He tratado de explicarlo también en algunos trabajos recientes
dedicados a la panteonización colectiva de esas
figuras, en Cataluña, donde además insisto en la idea de que estas iniciativas
deben entenderse no solo en clave de identidades político-ideológicas y
territoriales, sino también en función de intereses e identidades socioprofesionales. Una de las cuestiones más interesantes,
como apuntaba antes, es la construcción plural y disputada de la memoria
póstuma de estas personalidades.
-Nos podéis comentar ¿cómo ha sido el proceso
de documentación alrededor de este libro?
-Se trata de una obra
colectiva que reúne 18 capítulos distintos, en la que han intervenido 25
investigadoras e investigadores de varias universidades de España y del
extranjero. Es, por lo tanto, una obra coral y diversa, y, con todo,
extraordinariamente coherente a pesar de su amplitud. Los autores han
documentado específicamente su contribución y han adoptado los planteamientos
interpretativos y metodológicos que han considerado más oportunos, sin que ello
haya restado coherencia al conjunto. Los intereses y los mimbres de fondo son
compartidos, y muchos de nosotros habíamos discutido previamente todas estas
cuestiones en un encuentro científico. Las fuentes consultadas son enormemente
variadas: textuales, visuales, materiales, etc.
-¿Y cómo os habéis coordinado para repartiros el trabajo, la
coordinación del mismo y demás…?
-Con Stéphane
Michonneau, la tarea de coordinación ha sido muy grata y sencilla. Es una
persona lúcida y generosa. La profesionalidad de los autores ha facilitado
muchísimo el trabajo, conscientes de que se trataba de un esfuerzo coral que
respondía a objetivos comunes. La lectura integrada de los capítulos que hemos
realizado en la introducción, creo, contribuye a explicitar algunos de los
principales vectores en común.
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