Cazarabet conversa con... Mónica Pérez Ruiz, autora de
“Kotowaza. Paremias y pinceladas sobre cultura japonesa” (Evohé)
“Kotowaza. Paremias
y pinceladas sobre cultura japonesa”, un libro que nos acerca al Japón que lo
dice todo sobre sí mismo, pero poco a poco, sin ruido desde la pluma y el tesón
de Mónica López Ruiz.
La sinopsis del
libro nos la sirve Ediciones Evohé:
Kotowaza.
Paremias y pinceladas sobre cultura japonesa es un viaje fascinante al corazón de
la sabiduría popular de Japón a través de doscientas tres paremias
cuidadosamente seleccionadas, y que conectan dos mundos —Japón y los países
hispanohablantes— al explorar sus valores, costumbres y modos de vida a través
de kotowaza que reflejan ideas universales pese a haberse originado a
más de diez mil kilómetros de distancia.
Nos encontramos,
de la conocedora mano de Mónica Pérez Ruiz, con cómo una simple paremia
puede evocar la fugacidad de un amanecer o la naturaleza de vínculos humanos
que trascienden fronteras. Desde «los que aman reciben amor, los que dan buena
fortuna reciben buena fortuna» hasta «tras examinar con cuidado a un fantasma,
descubrirás que son espigas de susuki marchitas»,
cada kotowaza está acompañado de su equivalente en español, consolidando
un puente cultural y lingüístico único.
En definitiva,
planteada con una escritura accesible y explicaciones contextualizadas, es esta
una obra ideal para los amantes de los idiomas, la cultura japonesa y la
sabiduría universal que transmiten las paremias. Para explorar y disfrutar el
mundo de los kotowaza japoneses a pinceladas.
La autora: Mónica
Pérez Ruiz (Madrid, 1992) es doctora en Ciencias del Lenguaje por la
Universidad Autónoma de Madrid y desde el año 2015 ha trabajado en varias
universidades de Asia Oriental. Se instaló en el norte de Osaka en el año 2024
y compagina su carrera profesional con la escritura y la fotografía. Sus áreas
de investigación son la paremiología comparada, la lingüística cognitiva y la
pragmática. En su tiempo libre, disfruta del paso de las estaciones y recorre
Japón con su cámara de fotos.
Nos puede parecer
mentira, pero Japón ha ocupado su espacio en nuestro rincón de Cazarabet con
sus “Conversas con…”. Aquí os los recordamos:
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas2/hiroshige.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas2/japon150conceptos.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/librodelte.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/ronin.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/nandibumilenio.htm
https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/txernobil.htm
Cazarabet
conversa con Mónica Pérez Ruiz:
-Mónica, este libro, que desde el saber popular mediante sus kotowaza,
¿nos enseña el Japón más genuino?
-Una de mis
intenciones era ofrecer una mirada cercana a la cultura japonesa a través de
expresiones nacidas de la experiencia cotidiana y de las tradiciones populares.
Los kotowaza permiten comprender cómo se articulan valores que siguen
presentes en la sociedad japonesa y, al mismo tiempo, revelan cómo esas
enseñanzas mantienen su relevancia más allá de sus fronteras.
-¿Qué pretendías, amiga, con este libro?
-Mi propósito era
invitar a los lectores a participar en un diálogo entre Japón y el mundo
hispanohablante a través de la sabiduría popular. Más que comparar, quería
acercar dos maneras de mirar la vida que, aunque parezcan distintas, se
reconocen en lo esencial. Me sorprendió descubrir cuántos kotowaza
encuentran eco en nuestras paremias y fue precisamente esa afinidad cultural la
que me animó a dar forma a este libro.
-Para los que asistan a esta entrevista/conversación en forma de presentación
del libro… ¿qué es o qué engloba el concepto de kotowaza?
-Kotowaza es el término japonés que designa los refranes, proverbios o
dichos (paremias) que transmiten una enseñanza moral o práctica. Son
expresiones breves, fruto de la observación y la experiencia, que condensan una
visión concreta del mundo. En Japón, los kotowaza se aprenden desde la
infancia de manera lúdica y educativa mediante un juego llamado iroha karuta, que consiste
en emparejar tarjetas con los kotowaza y su significado.
-Y cada kotowaza tiene su equivalente en español que podríamos
entender que es como el refrán, ¿no?; aunque hablando de cultura oriental casi,
me da, le “pega” más, la denominación de proverbio, ¿qué nos puedes decir?
-En efecto,
muchos kotowaza se parecen a paremias españolas, aunque no siempre
coinciden de manera exacta. Algunos reflejan ideas o metáforas similares,
mientras que otros son muy específicos de la cultura japonesa y no tienen
correspondencia directa. Por ejemplo, el kotowaza «Hasta los monos se
caen del árbol» (saru mo ki
kara ochiru) y el refrán «No hay caballo por
bueno que sea que no tropiece» pueden considerarse equivalentes. En cambio, «El
sueño de Kioto, el sueño de Osaka» (Kyō
no yume, Ōsaka no yume)
no tiene un equivalente exacto en español debido a su carga contextual y
cultural. En estos casos, he optado por incluir paremias parcialmente
equivalentes que capturan el significado esencial o el mensaje subyacente de
los kotowaza, como «Cada loco con su tema».
En cuanto a la
forma de traducir kotowaza al español, todo depende de la paremia en
cuestión y no existe una tipología exacta. Sin embargo, considero que puede
seguirse la clasificación que propuse en un estudio que realicé en 2014 para
lograr cierta coherencia, diferenciándolos en tres categorías: kotowaza-proverbios
(relacionados con lo erudito y con autor conocido), kotowaza-refranes
(tratan sobre lo mundano, aluden a experiencias cotidianas de forma jocosa y
suelen ser anónimos) y yoji-jukugo
(similares a los kotowaza-proverbios, aunque están compuestos por cuatro
caracteres).
-Me gusta la estructura del libro
porque lo puedes ir leyendo ahora por aquí, ahora por allá… casi sin utilizar
“puntos de libro”, con la salvedad del prólogo….
-En realidad, fue
una decisión deliberada. Queríamos que el lector pudiera acercarse al libro con
libertad, como quien abre un álbum de fotos. Cada kotowaza está
contextualizado, explicado y acompañado de su equivalente en español, de modo
que se puede leer por curiosidad, por placer o como una pequeña meditación
diaria.
-¿Hasta qué punto los kotowaza
enseñan sobre la cultura japonesa?
-Desde mi punto
de vista, cualquier refranero es una fuente inagotable de conocimiento. Los kotowaza
no son una excepción y también reflejan formas de pensar y de actuar en el
contexto japonés. Por ejemplo, «Después de llover, la tierra se endurece» (ame
futte ji katamaru)
muestra esa idea tan presente en Japón de que las dificultades fortalecen los
vínculos; «Mejor bolitas de arroz que flores» (hana
yori dango) revela la tendencia a priorizar lo práctico sobre lo
ornamental; «El halcón que tiene potencial esconde sus garras» (nō aru taka wa tsume wo
kakusu) expresa el valor que se concede a la
modestia y a no presumir de las propias capacidades; y «El novicio frente al
templo lee sutras que no ha aprendido» (monzen no kozō narawanu kyō wo yomu) ilustra la crítica
suave, casi humorística, a quien aparenta saber más de lo que realmente sabe.
-¿Cada kotowaza es una enseñanza?
-Todo depende del
ejemplo, pero en general siempre podemos aprender algo de los kotowaza;
quienes los buscan con curiosidad casi siempre reciben una enseñanza. Algunos
invitan a la reflexión interior, mientras que otros ofrecen consejos prácticos
para convivir o actuar con prudencia. Casi todos, en mayor o menor medida, nos
enseñan algo sobre nosotros mismos. No obstante, no conviene tomarse al pie de
la letra su significado; hay que considerar el contexto en el que se originaron
y analizarlos desde una perspectiva crítica. Por ejemplo, existen kotowaza
como «No dejes que la nuera coma berenjenas de otoño» (aki
nasu wa yome
ni kuwasu na), que
refleja ideas sexistas. Por esa razón, he decidido no incluirlo en este libro,
aunque puede ser útil como herramienta para analizar roles de género en la
cultura japonesa.
-¿Cómo es que cada kotowaza japonés que
aquí nos expones encuentra su equivalente con un refrán español?
-Porque, aunque
dos culturas sean diferentes, las experiencias humanas son universales: el
amor, el cambio, la fugacidad del tiempo… Cambia el paisaje, cambia la
metáfora, pero el fondo permanece igual. Ese hallazgo fue uno de los mayores
placeres al escribir el libro: descubrir que, en lo esencial, los pueblos se
entienden a través de su sabiduría popular.
-Pero es la manera de asimilarlos, vivirlos y llevarlos a la práctica lo que
nos diferencia, ¿verdad?
-En cierto modo,
sí. Cada cultura interpreta y aplica estas enseñanzas según sus propios
códigos, historia y sensibilidad. Sin embargo, cuando miramos más allá de la
forma, descubrimos que los mensajes que transmiten apuntan a preocupaciones muy
similares.
-Es
por eso que somos dos pueblos con dos culturas tan diferentes, ¿verdad?
-Somos diferentes
en la expresión, en los matices y en la manera de contar las cosas; pero en lo
esencial no lo somos tanto. La sabiduría popular revela que compartimos
experiencias universales: el deseo de comprender el mundo, de convivir mejor,
de afrontar las pérdidas o celebrar las alegrías. Por eso un kotowaza
japonés puede relacionarse con una paremia española: nacen en contextos
distintos, pero hablan de vivencias que todos compartimos.
-Tú que vives en Japón y has vivido, lógicamente aquí y te has formado…
¿cómo de diferente es el “choque de civilizaciones” o debería referirme más a
un “choque cultural”?
-Más que un
choque, lo veo como un encuentro cultural, sobre todo cuando eres consciente de
tu propio origen y del camino que has recorrido para llegar al lugar en el que
estás. Cuando empiezas a vivir en Japón, la formalidad, la reserva o la
comunicación indirecta te sorprenden, pero con el tiempo entiendes que, en
general, siempre hay una razón de fondo para hacer las cosas de cierto modo.
Vivir entre
varias culturas me ha enseñado a “leer el aire” y a comprender que es posible
encajar en un entorno aparentemente homogéneo sin renunciar a lo que nos hace
únicos como individuos; al final, se trata de encontrar el equilibrio adecuado.
-¿Qué has aprendido diariamente con el estudio de los kotowaza?
-He aprendido a
escuchar más y a observar con atención los pequeños gestos y el entorno que me
rodea, especialmente la naturaleza. Los kotowaza me recuerdan que cada
día ofrece una oportunidad para aprender algo nuevo y me motivan a mantener un
estilo de vida simple y equilibrado.
-Y en el conocimiento de la cultura
japonesa, que imagino inmensa, casi inabarcable y para no terminarse, ¿qué has
aprendido y qué te “ha chocado más”?
-He aprendido a
desarrollar una mirada crítica cuando me encuentro con comportamientos o
actitudes sexistas. Me sigue sorprendiendo la tendencia a dividir muchos
aspectos de la vida cotidiana en dos mundos separados: el de los hombres y el
de las mujeres. En la sociedad japonesa actual, la brecha de género sigue
siendo muy profunda y a veces me cuesta enfrentarme a comentarios o actitudes
patriarcales que, por desgracia, aún cuentan con el apoyo de una parte
considerable de la población. Un ejemplo muy claro es el sistema de registro
familiar, en el que solo puede haber un cabeza de familia y una de las dos
personas tiene que renunciar a su apellido; en la práctica, casi siempre son
las mujeres quienes lo hacen. Ese tipo de realidades me recuerda lo importante
que es mantener una conciencia crítica y seguir cuestionando lo que damos por
sentado, incluso al analizar kotowaza.
-En todo esto la paremiología comparada, ¿qué nos puede aportar?
-Estoy convencida de que nos puede aportar una visión más profunda de lo que
compartimos como seres humanos. Estudiar y comparar paremias de distintas
culturas nos permite descubrir paralelismos sorprendentes y comprender que las
soluciones y valores esenciales se repiten, aunque cambie el idioma o el
entorno.
-¿Hasta qué punto el uso de los kotowaza
en Japón tiene presencia en el ir y venir cotidiano de los japoneses y en su
manera de ser y hacer?
-Por desgracia,
el uso de los kotowaza ha disminuido en las últimas décadas, al igual
que ocurre con los refranes en España, pero siguen presentes de forma sutil.
Aparecen en conversaciones formales, en discursos, en la enseñanza o en
situaciones en las que una frase breve permite transmitir una idea con más
precisión que una explicación larga. También aparecen en los medios de
comunicación, en la publicidad o en contextos profesionales, sobre todo cuando
se quiere apelar a valores tradicionales o a un sentido común compartido.
Aunque no se
utilicen a diario, siguen formando parte del imaginario cultural japonés y,
cuando se recurre a ellos, aportan matices que enriquecen la conversación y
permiten transmitir una idea de manera clara y concisa.
-¿Y a ti, personalmente, te ha ayudado el
estudio, investigación y conocimiento de los kotowaza buscando sus
equivalencias con los de aquí?
-Sí, muchísimo.
Me ha ayudado a entender mejor tanto la cultura japonesa como la española.
Buscar equivalencias entre kotowaza y paremias en español ha sido un
ejercicio de autoconocimiento, de mirar con otros ojos lo que daba por sentado
y de tender puentes entre idiomas, culturas y distintas partes de mí misma.
-¿Qué influencia u ósmosis han podido tener
China y sus proverbios con los kotowaza japoneses y viceversa?
-China tuvo una
gran influencia, sobre todo a través del confucianismo, el budismo y la
literatura clásica. Muchos kotowaza tienen origen chino o proceden de
expresiones recogidas en textos antiguos, como «Una rana en un pozo no conoce
el océano» (i no naka no kawazu
taikai wo shirazu). Con el tiempo, los japoneses los fueron
adaptando y les dieron un tono más cotidiano, más acorde con su sensibilidad y
con su entorno. Esta capacidad de tomar influencias externas y transformarlas
también se aprecia en el arte, la arquitectura, la vestimenta tradicional y en
muchos otros aspectos de la vida cotidiana.
-Amiga, ¿cómo es de diferente y
diferencial un día a día en Japón respecto a nuestro país?
-Es diferente en
los ritmos, en el silencio, en la manera de comunicarse y en la importancia del
grupo frente al individuo. Pero también hay similitudes: la necesidad de
afecto, de humor, de compartir lo cotidiano con las personas que nos importan.
Al final, todos somos seres humanos. En lo personal, después de vivir diez años
en Asia Oriental, cuando regreso a España lo que más me inquieta es el ruido y
la tendencia a expresar ideas u opiniones sin detenerse a pensar en cómo pueden
afectar a los demás. Hacen falta más espacios tranquilos donde poder detenernos
a contemplar en silencio lo que ocurre a nuestro alrededor. Sin silencio, es
difícil mantener una actitud reflexiva.
-¿Los kotowaza, amiga Mónica, ayudan o
pretenden ayudar a alcanzar el ikigai?
-En Japón, el ikigai no tiene ese halo filosófico o exótico que a
veces se le atribuye fuera del país. Es algo mucho más cotidiano: aquello que
hace que tu día tenga sentido. Por ejemplo, yo siempre digo que mi ikigai es servirle el desayuno a mi gato y a mis
perros después de levantarme. Es una rutina simple, pero me da satisfacción y
propósito para empezar el día.
-Estoy segura que ya te rondan por la cabeza nuevos retos de divulgación e
investigación ¿nos puedes dar alguna pista?
-A nivel
académico, continúo investigando sobre paremiología comparada y sobre enseñanza
intercultural. A nivel personal, sigo recorriendo Japón con mi cámara de fotos
y me encantaría tener la oportunidad de compartir las escenas que he
presenciado con el público hispanohablante en forma de fotolibro
o de exposición fotográfica. A nivel literario, intento mantener en orden mi
diario y escribir poesía cuando me siento inspirada.
-Por último, ¿cómo ha sido la oportunidad de publicar con Ediciones Evohé?
-Ha sido una
experiencia muy gratificante. Desde el principio comprendieron el espíritu del
proyecto y me dieron libertad para desarrollarlo con el cuidado y la
sensibilidad que requería. Su apuesta por la cultura y por obras que cruzan
fronteras es admirable, y siempre les estaré agradecida por confiar en mí y en
el valor de los kotowaza. Ojalá pueda volver a colaborar con ellos en el
futuro.
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