Cazarabet conversa con… H. W. Gámez, autor de “El peor de los mundos. La escuela
pesimista frente al problema del mal y la redención” (Universitat de València)
Un libro de H. W. Gámez nos
escribe, desde Publicacions de la Universitat de
València, sobre “la escuela pesimista frente al problema del mal y la
redención”
La sinopsis:
Una de las preguntas
filosóficas que más ha atribulado a pensadores de todo tiempo y lugar, aquella
que inicia ese ‘valde philosophicus afectus’ del que ya hablara Platón, es la relativa al valor
de la vida. ¿Está el universo eurítmicamente constituido o se encuentra
atravesado por el caos? ¿Guía su sino un ‘nous’ que
hace señas amistosas o se encuentra más bien abocado al acaso? ¿Qué estatuto
tienen el placer, el deseo, el sufrimiento, la muerte…?
La modernidad, ese periodo tan
satisfecho de sí mismo, se esforzó por reconciliar la idea de un mundo
confeccionado en vistas a lo mejor con el dolor cotidiano que se enseñorea de
todas las cosas. Pero bajo ese optimismo en apariencia generalizado, algunos
filósofos, frunciendo el ceño, afirmaron que la pregunta correcta no era «¿Por
qué existe el mal?», sino «¿Por qué existimos, a pesar del mal?». Quien no tema
seguir el hilo dorado hasta las profundidades del laberinto, podrá conocer aquí
su respuesta.
El autor, H W Gámez:
H. W. Gámez es doctor en
Filosofía por la Universitat de Barcelona. Se ha especializado en filosofía
moderna, filosofía de la religión y pesimismo alemán. Forma parte del comité
editorial de la revista ‘Hénadas’ y colabora
activamente con diversas sociedades de investigación filosófica, como la
Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo o la revista ‘Mainliinderiana’. También ha traducido textos de autores
pesimistas, como Olga Plümacher, en la editorial Sequitur.
¿Qué nos encontraremos en el
libro?, el índice.
PRÓLOGO. Los avatares de la
redención: un mapa del pesimismo
INTRODUCCIÓN
1. ¿Es acaso el pesimismo
filosofía?
1.1 Weltschmerz
y Entrüstungspessimismus
1.2 Argumentos a priori y
a posteriori del pesimismo
2. Notas sobre el pesimismo
filosófico
3. El valor histórico del
pesimismo
1. EL POR-VENIR DE UNA
ESPERANZA
1. Hacer lo mejor posible
2. Un progreso providencial
3. ¡Hegel ha muerto!
2. EL AGOTAMIENTO DE LA RAZÓN
MODERNA
1. Allí todo y aquí nada: la
debacle de la Revolución de Marzo
2. La crisis de identidad de la
filosofía
3. KASPAR HAUSER IST
SPRUNGEN
1. Un fantasma recorre
Alemania: el auge del pesimismo
2. Las aportaciones del
pesimismo al debate filosófico del siglo xix
2.1 Animal metaphysicum
2.2 Hacia una metafísica
hermenéutica
2.3 El problema del mal
4. DE LA ESCUELA
SCHOPENHAUERIANA A LA ESCUELA PESIMISTA
1. La escuela schopenhaueriana sensu estricto y sensu lato
1.1 La sombra del ciprés:
metafísicos y herejes
2. Crónica de una excomunión
2.1 Entre alumnos y apóstatas
3. ¿Qué es un alumno?
5 EL PARLAMENTO PESIMISTA
1. Lytron
y exagorazo
2. La redención como criterio
de demarcación del pesimismo
3. La izquierda y la derecha
pesimista
6. ARTHUR SCHOPENHAUER,
REDENCIÓN MESIÁNICA Y SOKUSHINBUTSU
1. Miseria cordis
2. El orden de la salvación
3. Las aporías de la redención
7 JULIUS BAHNSEN, UNA NADA
AUTOCONSCIENTE DE SÍ
1. Das famose «bloss»
2. Dialéctica-real
3. Lo trágico como ley del
mundo
8. EDUARD VON HARTMAN, UN
PESIMISMO OPTIMISTA
1. Filosofía de lo inconsciente
2. El eterno retorno de lo peor
3. El principio eudemónico negativo
9. PHILIPP BATZ, «MAINLÄNDER»
1. Filosofía de la redención
2. El ser es y el no ser será
3. El dogma de la Trinidad
EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA
Cazarabet
conversa con Adrián Gámez:
-Amigo, ¿este es un libro sobre la filosofía del
mal o un libro sobre la filosofía del mal en confrontación y/o convivencia con
el hombre?
-Propiamente es un libro sobre
el mal filosóficamente entendido, pero desde una perspectiva muy específica: el
pesimismo. La existencia del mal –al margen del estatuto y naturaleza del
mismo– ha sido una cuestión que ha ocupado el quehacer filosófico ya desde
Platón. En este sentido, han existido gran variedad de interpretaciones sobre
el mismo, pero de entre todas ellas la pesimista es la que resulta más
original.
Tradicionalmente el mal ha sido
interpretado filosóficamente como aquello que no se adecúa a ningún fin, o sea,
aquello que no debería ser. El esfuerzo de la razón teorética en este
sentido fue dirigido a restar entidad ontológica al mal, de tal suerte que este
consistía en cierta negatividad. Durante la modernidad, el esfuerzo fue
diametralmente opuesto: racionalizar el mal para dotarlo de un valor
instrumental. El mal pasaba a tener una función, deviniendo un medio para un
fin: el perfeccionamiento moral de la especie humana. El pesimismo filosófico,
en cambio, recuperó la concepción clásica del mal pero
estableciendo una identidad demoledora: el mal es lo que no debería ser, pero
este ya no tenía un estatuto eventual ni histórico, sino que es concomitante al
ser en sí mismo. Por ende, lo que no debería ser no era simplemente el mal,
sino la raíz de que emana, a saber, la existencia en general.
Por lo tanto, este libro
propiamente trata sobre el mal, no en confrontación o convivencia, sino en connivencia
con el hombre, puesto que existir y sufrir el mal son una y la misma cosa.
-Está el mal,
pero también está y creo que es tanto o más interesante en cómo nosotras /os
interpretamos el mal, ¿qué piensas?
- Sin duda el mal es como el
ser aristotélico: se dice de muchas maneras. Ya la tradición filosófica ha
distinguido entre el mal en términos físicos, metafísicos y morales. Por
supuesto, el género de mal a que refiramos determinará profundamente, primero,
el agente de dicho mal y, segundo, el ulterior valor de la vida en general. Por
ejemplo, si el único genero de mal existente es moral entonces somos los seres
humanos quienes tenemos la responsabilidad en lo que respecta a causarlo y
paliarlo. Si consideramos que tiene un estatuto metafísico, entonces estamos
reconociendo que el mal trasciende el orden de la agencia humana y, por lo
tanto, en efecto, este es el peor de los mundos posibles.
Esta categorización imbrica
directamente con lo que comentas, la interpretación privada del mal. Un mal
particular tiene siempre dos facetas, una objetiva y otra subjetiva. La faceta
objetiva obedece al grado de sufrimiento que los males tienen intuitivamente a
nivel intersubjetivo. Por ejemplo, la muerte de un familiar es un mal
objetivamente mayor que una decepción amorosa. No obstante, un mal
objetivamente menor puede causar un sufrimiento mayor subjetivamente hablando.
Alguien que tiene en poca estima a su familia puede restar indiferente ante la
muerte de, por ejemplo, su padre; pero una decepción amorosa puede hundirle en
una profunda desesperación. Quienes hayan armonizado el mal objetivo con el mal
subjetivo seguramente juzguen frívolo sufrir por tal o cual mal que les parezca
prosaico desde una perspectiva objetiva. Por supuesto, una hipersensibilidad
mórbida y vigilante ante cualquier tipo de molestia o traspiés puede inflamar
la experiencia privada de un mal hasta cotas insospechadas. No obstante, hay
que tener en cuenta que la predisposición a sufrir más por tal o cual mal es
algo en cierto modo innato, y aprender a relativizar ese sufrimiento es a lo
que se reduce todo el arte de vivir; un aprendizaje que, por consistir en
cierto tipo de autodominio, no pocas veces termina por ser una impostura.
El nudo gordiano aquí reside en
que, si bien podemos llegar a educar nuestra disposición particular a sufrir
subjetivamente ante ciertos males, esos males empero nunca desaparecen, de tal
suerte que incluso la sensibilidad educada a estos efectos se encontrará
siempre sobre la cuerda floja de su propia naturaleza, y cuando llegue un
momento de flaqueza caerá de nuevo al foso de su propia naturaleza. Tal vez
esta caída suponga un mayor desconsuelo y termine por destruirle.
-Cuando
hablamos del mal es casi imposible no hacerlo, también de la redención, pero a
qué redención nos referimos a la que nos viene fruto del mal y de su acción o a
la redención que se nos mete a nosotros por enseñanza, cultura, porque lo ves,
hasta porque lo sientes… o porqué nos viene dado o dada por la religión. ¿Qué
nos puedes decir?
-Siguiendo a Schopenhauer, soy
del parecer conforme al cual existen dos formas de metafísica: la religión y la
filosofía. En este sentido, la filosofía es a la religión lo que los evangelios
a los ritos iniciativos del cristianismo hermético; quiero decir, filosofía y
religión comparten un mismo objeto de estudio, el ser en sí mismo, con todo lo
que ello implica. La filosofía trabaja con un discurso esotérico, o sea,
racional, mientras que la religión opera con uno exotérico, o sea, intuitivo.
De ahí que filosofía y religión compartan vocabulario, pero no gramática.
La redención a que apela el
pesimismo filosófico es la misma a que apela la religión. Pero la religión, por
su voluntad ecuménica, endulza sus conceptos, justamente para hacerlos
asequibles al público en general.
Como explico en el libro, los
términos ilustrativos son dos conceptos griegos bíblicos que han sido
traducidos por redimere. Estos conceptos son lytron y
exagorazo. Sin entrar en la diferencia
semántica de cada uno de ellos, podemos decir que ambos remiten a una misma
idea: clausurar el mal. Como decíamos antes, el mal no es un accidente, sino
consustancial a la existencia, por ende, la única clausura posible del dolor
pasa por la aniquilación real y efectiva del Ser. Por lo tanto, la única
redención posible es el nihil negativum, la
nada absoluta.
-La redención
es o va y viaja paralela al perdón—quiero pararme aquí y hacer un pequeño
inciso para separar bien los dos términos y definiciones--, porque no es
exactamente lo mismo ¿no? quizás el perdón vaya más vinculado a la religión y a
lo que desde allí se nos ha inculcado, casi como tatuado, ¿lo ves así?
-No considero que redención y
perdón se impliquen mutuamente. En el cristianismo, por ejemplo, la humanidad
ya está ontológicamente redimida del pecado original –a tenor del sacrificio de
Jesús Cristo en la cruz–. El perdón en cambio es la absolución concedida por un
párroco tras cometer una falta o pecado.
Filosóficamente hablando, la
redención tiene un cariz metafísico, mientras que el perdón es de índole ética.
El denominador común a la redención y el perdón es, en efecto, el pecado, pero
a nivel coloquial tenemos demasiado asociado este término a la agencia
individual, cuando el pecado también pode obedecer a un registro más profundo
del ser de las cosas. Para el pesimismo, la vida es pecaminosa, pero no porque
nos hayamos desviado de un modo de existir genuino y auténtico, sino porque la
existencia en sí misma es fuente de sufrimiento. Aquí deberíamos distinguir
entre el pecado práctico y pecado ontológico. El primero es producto de la
vulneración de un orden moral establecido ya cultural, ya religiosamente. El
segundo se deduce de la propia estructura del Ser. Del primero podemos esperar
un cierto perdón, principalmente arrepintiéndonos y prometiendo no volver a
incurrir en esa falta; del segundo no hay perdón posible, sino redención, pero
esta, como decíamos antes, no consiste en otra cosa que en inhibir la condición
de posibilidad de todo sufrimiento: el Ser. Como nosotros no somos responsables
stricto sensu del acto de la existencia, cabe interpretarla como un
error fatal, un faux pas.
-¿El pesimismo “domina” en cierto modo a una sociedad
que no quiere o no puede escabullirse de sus propias frustraciones y hasta,
quizás, de estar demasiado acomodados? ¿Tiende el ser humano a ser “pesimista”
o es una visión un tanto nihilista?
-Debemos tener muy en cuenta
que lo coloquialmente denominado pesimismo tiene muy poco que ver con el
pesimismo filosóficamente tomado. Vulgarmente llamamos “pesimista” a una
persona insatisfecha que siempre encuentra en derredor motivos de queja. En
este sentido, sí, nuestras sociedades contemporáneas son pesimistas, pero a
esta forma, digamos, imperfecta de pesimismo subyace, en realidad, un vigoroso
optimismo, pero inhibido.
Filosóficamente hablando, pesimismo
significa: no atribuir a los bienes morales y concupiscentes valor sustantivo.
Por ejemplo, para un pesimismo genuino, el mero acto de existir implica sufrir,
por la sencilla razón de que a todo acto de deseo subyace una carencia. Como la
condición de posibilidad del deseo es la carencia, la satisfacción del deseo
implica insatisfacción necesariamente, pues alcanzado el objeto de deseo
desaparece la vis que nos hacía apetecerlo. Por eso Schopenhauer decía
que satisfacer nuestros deseos –entiéndase por el término también nuestras
aspiraciones más elevadas– es como beber agua de mar: cuanto más la bebemos más
sed tenemos. El pesimismo filosófico, pues, concluye que es vano pretender
alcanzar algún género de beatitud en la vida, por ello el no ser es preferible
al Ser.
Si descendemos ahora a un
registro coloquial, vemos que la actitud pesimista generalizada a nivel social
es más aparente que real. No negamos valor sustantivo a los bienes (sociales,
morales, materiales, existenciales, etc.), de hecho
les imputamos un valor mayúsculo; tanto es así que los exigimos
perentoriamente, como si fuesen, diría Ortega, derechos nativos. El problema
reside en que, en efecto, esos bienes no están garantizados y es entonces
cuando adviene esa frustración que de forma acomodaticia denominamos
“pesimismo”. No obstante, esta actitud es, simplemente, un optimismo frustrado,
el cual la tradición pesimista ya identificó. Olga Plümacher –una filósofa que
todo interesado en el pesimismo filosófico debe leer– lo denominaba Entrungstungspessimismus, o sea, pesimismo
indignado. Yo suelo denominarlo pesadumbre. Lo irónico para esta clase
de individuos es que, si per impossible lograsen
satisfacer esos anhelos que con tanto denuedo exigen, y ante cuya falta tanto
se conmiseran, les acontecería un demoledor sentimiento de vacío, por lo que
acabamos de decir en relación a la lógica del deseo. La vida humana tiene más
que ver con la persecución de espejismos que con navegar con gallardía hacia
territorios lisonjeros.
-¿Hay diferencia entre el pensamiento, en cuanto al
pesimismo, de izquierdas y el de derechas?
- La distinción que hago en mi
libro entre pesimismo de izquierdas y de derechas es de naturaleza teorética,
no política. Tanto es así que Philipp Mainländer, si bien pertenece a la
derecha pesimista en términos metafísicos y soteriológicos, a nivel político
era comunista (un comunista muy sui generis cabe decir).
La espina dorsal de todo mi
libro es la siguiente: el pesimismo filosófico es la última figura en la edad
moderna de lo que denomino blabodicea, es
decir, el esfuerzo por dar respuesta al problema del mal. La piedra angular de
la blabodicea es instrumentalizar el mal
(justificarlo) en vistas de una clausura del mismo. En la Ilustración, por
ejemplo, aunque también en Hegel y en Marx, el mal es un medio para un fin,
siendo este fin la constitución de una sociedad civil perfectamente justa o la
consagración del Espíritu Absoluto. Lo llamativo aquí es que el pesimismo, en
contra del parecer usual, no representa una anomalía ni una antítesis de ese
mismo esfuerzo inherente a la blabodicea, sino su
hipóstasis. El pesimismo entendió que el mal no es eventual ni histórico, sino
concomitante al Ser, por ende la única sociedad civil
perfectamente justa (feliz) es la provincia de la nada absoluta.
El quid de la cuestión
reside en la pulsión soteriológica que subyace tanto a la blabodicea
como al pesimismo. La redención pesimista es formalmente idéntica a la
soteriología optimista, de ahí que a mi juicio los sistemas pesimistas que
asumen una redención universal se hallen menos escorados de la lógica optimista
respecto a aquellos, digamos, más radicales, que niegan la posibilidad de la
redención. Estos últimos serían menos conservadores que los primeros, de ahí el
organizarlos conforme al arco parlamentario francés.
-¿Podemos trabajar hacia un pesimismo optimista?; y, por
favor, ¿cómo hacerlo?
-Desde mi punto de vista, y
haciendo uso de cierta retórica, el pesimismo ya es optimista. O, mutatis
mutandis, el optimismo también es pesimista; porque, repito, ni el
pesimismo consiste en una concepción derrotista ni el optimismo en una,
digamos, jovial. El pesimismo tiene un cariz optimista en la medida en que
defiende la posibilidad de clausurar el mal en el mundo. Por su parte, lo que
llamaríamos optimismo tiene cierto matiz pesimista en la medida en que
no niega el mal en el mundo, pero defiende que el progreso y, en definitiva, la
mejora de las condiciones existenciales de la vida, son mejorables. A mi
juicio, la diferencia entre ambos es material, no formal. Por supuesto, cabe
destacar que no existe una escuela filosófica optimista, sino filosofías
optimistas, pero sí existe una escuela pesimista. Es relevante señalar esto,
puesto que el hecho de que podamos fijar historiográficamente una escuela
pesimista supone una variedad epistémica dentro del pesimismo en virtud de la
cual podemos encontrar un pesimismo más alineado con el meliorismo
y otro que niegue toda posibilidad de redención y mejora en el mundo. Esta
última es mi postura, el pesimismo absoluto.
No obstante, hay una diferencia
–que, como digo, es a mi juicio netamente material– que hacía necesario
discriminar entre pesimismo y optimismo: el juicio axiológico, o sea, la
valoración de la existencia en general. Para las filosofías optimistas la vida
tiene un valor sustantivo, y todo el proceso meliorista
está encaminado a consagrar ese bien que, como el zafiro ínsito en la broza de
piedra, debe ser pulido hasta que brille con todo su esplendor. En los sistemas
pesimistas que podríamos denominar “optimistas” existe, en efecto, un progreso
en el orden moral, social, etc., pero el último término de ese proceso siempre
consiste en persuadirse de que el no ser es preferible al Ser.
Esta clase de sistemas
pesimistas, como los de Eduard von Hartmann y Philipp
Mainländer, vienen a argumentar lo siguiente: si nos colocamos en un futuro
distante en que las necesidades morales, intelectuales y materiales de la
especie humana hayan sido satisfechas, advendrá un estado de calma chicha
desesperante, un tedio absoluto, en virtud del cual entenderemos que incluso el
mejor escenario posible es indeseable. Alcanzado este estadio de máximo
desarrollo, la humanidad, persuadida de que su fatigoso peregrinar por el
desierto de la vida no le conduce a otra cosa que al
aburrimiento, se arrojará exhausta, a la nada absoluta, redimiéndose del acto
de vivir; como el zángano muere de satisfacción, tras el vuelo nupcial, citando
a Ortega y Gasset una vez más. En definitiva, para la escuela pesimista es
imposible escapar de la mirada de la Gorgona.
-Hablas de la filosofía de lo inconsciente; qué
papel juega aquí la inconsciencia…
-Lo inconsciente es un concepto
bastante polisémico dentro de la filosofía pesimista. Para algunos filósofos
pesimistas tiene la simple acepción de “no consciente”, con todo lo que
ello implica. Para otros, concretamente para Eduard von
Hartmann, tiene una acepción metafísica, de modo que lo Inconsciente es el Ser
del mundo.
Hay que tener en cuenta que la
piedra angular del pesimismo es el voluntarismo, es decir, que el ser en sí del
hombre y del mundo es la voluntad. Aquí reside a mi juicio la auténtica
aportación y originalidad del pesimismo. Para la tradición filosófica occidental
el ser humano es ante todo un zoon logistikón, o sea, un animal racional. Esto se aprecia
claramente ya en Platón con el mito del carro alado, donde la parte racional
del alma gobierna sobre la irascible y la concupiscente. En base a un
procedimiento analógico, el mundo en su conjunto, así como el hombre, está
regido por un principio racional, el Logos estoico, el Espíritu Absoluto
hegeliano, etc. Es en virtud de este fundamento racional del mundo del que se
deduce en última estancia la vis optimista: la existencia es buena y el
proceso del mundo hace señas amistosas justamente porque está regido por un nous. Tolstói tiene una reflexión muy interesante
en Guerra y Paz que tiene estrecha relación con este tema. Dice algo así
como que la Historia se interpreta como una sucesión de fenómenos racionales y
ordenados porque quienes estudian la historia trabajan con la razón; y les
lisonjea pensar que el mundo funciona de la misma manera que funcionan ellos.
Arthur Schopenhauer, que es la
estrella polar del pesimismo, descubrió que el intelecto no es lo originario en
el ser humano, sino que es una facultad de segundo orden, es decir, está
subordinado a algo que nosotros apercibimos de forma inmediata en todo acto de
existencia: la voluntad. Yo soy voluntad, es decir, puro deseo, y la razón, el
intelecto, etc., son facultades al servicio de esa voluntad. A quien esta tesis
suscite reticencias que se represente en la imaginación con qué facilidad
nuestro sano entendimiento queda inhibido cotidianamente por esa miríada de
pulsiones irracionales capaces de convertir al mayor de los sabios en un
voluble necio.
Como la voluntad es anterior y
primera respecto a la razón, y puesto que en base al mismo proceder analógico
concluimos que la voluntad es el ser en sí de la existencia, el pesimismo
colige que el mundo y su devenir no está guiado por la llama olímpica del
intelecto, sino abandonado al acaso de esa voluptuosidad ciega, cuya única
esencia consiste en desear. Es decir, el proceso del mundo, si acaso existe, es
inconsciente. Desde mi perspectiva, la del pesimismo absoluto, esto implica que
no hay posibilidad de redención alguna, por lo que la vida se reduce a un
caminar a tientas sin rumbo, como lo haría un hombre que sujeta un candil en la
noche... pero ese hombre es ciego.
-La filosofía
nos puede ayudar a trabajar, haciendo frente, al mal ¿cómo y de qué manera?,
¿desde cualquier corriente filosófica y cualquier filósofo?
-La filosofía –o la ciencia, el
arte, la ingeniería; en fin, toda práctica humana– puede salvarnos tanto como
el dibujo de la molécula de oxígeno dar aliento a alguien que se ahoga. Podemos
filosofar serenamente tanto cuanto queramos, diciéndonos “por favor” y
“gracias”, como caballeros de buena cuna a la hora del té; pero solo hace falta
un traspiés, un momento de disensión, para que nuestra civilizada impostura
salte por los aires. Me pregunto cuanto tiempo mantendrían las formas estos
caballeros a que refería ahora cuando les empezase a faltar el azúcar.
Solo hace falta pasar revista a
la historia de la humanidad, con todas sus grandes obras (intelectuales,
estéticas y morales), para concluir, no sin encono reconozco, que la realidad
siempre se impone; y la realidad no es filosófica. A pesar de tantos siglos de
historia que certifican la facilidad con que echamos por tierra las catedrales
de la supuesta dignidad humana, seguimos pensando que nuestros grandes ideales
pueden subvertir la mezquindad de nuestra especie. Esto certifica
suficientemente nuestra ingenuidad.
La filosofía nos ayuda a
entender el mundo, pero debemos guardarnos de encajar la realidad en la cama de
Procusto de nuestros anhelos, falseando el ser del
mundo mediante lo que querríamos que el mundo fuese. Filosofar exige tener el
valor de no guardarse ninguna pregunta en el corazón, como decía Schopenhauer;
pero también exige tener la entereza de no retroceder horrorizados ante
nuestros descubrimientos. En cualquier caso, la filosofía puede conducirnos a
la serenidad propia de aquellos que han alcanzado una mejor comprensión de las
cosas; pero ese mejor punto de vista no implica que la conclusión sea
reconfortante.
En efecto, la filosofía nos
ayuda a comprender, en este caso, el mal, pero tengo serias dudas de que esa
comprensión pueda llegar a ser un contramotivo suficientemente poderoso como
para evitar que lo ejerzamos. Si este fuese el caso, los tratados éticos de
Séneca, Plutarco o Aristóteles tiempo ha que habrían
catapultado a la especie humana a una perfección moral superior. Creo que solo
hace falta observar el estado actual del mundo para persuadirnos de que esto no
ha ocurrido.
Porque somos voluntad pendemos
siempre sobre la cuerda floja de nuestra propia ceguera y a lo sumo podemos
aspirar a entender por qué hemos caído al suelo, con la certeza de que ese
aprendizaje no evitará que volvamos a caer de nuevo.
-Lo mismo te
preguntaría sobre el pesimismo porque como y cuanto más leo, pero sobre todo
cuanto más comparto y hablo lo que leo, veo y me llega más se me “abre la
mente” y más se disipan “esos males que habitan en mí”, así como los
pesimismos. ¿Qué nos puedes decir?
- El pesimismo, como todo
sistema filosófico consecuente, es una interpretación del mundo. Uso el término
interpretación en su acepción fuerte, o sea, hermenéutica: tras observar
los fenómenos en general de la existencia, se establecen relaciones lógicas y
conclusiones a fin de unificarlos coherentemente. En este sentido, un sistema
filosófico es tanto más correcto cuantos más fenómenos puede explicar bajo sus
premisas fundamentales.
Pero el pesimismo tiene una
virtud adicional: su vigorosa pulsión ética. Más aún, la faceta teorética,
aunque es primera en el orden del discurso, no obstante
es segunda en el orden de la intención; quiero decir, las reflexiones
metafísicas, epistemológicas, estéticas, etc., sirven a modo de fundamentación
de aquella voluntad ética que representa la ultima
ratio del pesimismo filosófico. Ya decía Eduard von
Hartmann que una ética sin metafísica flota en el aire. Ocurre que en nuestro imaginario occidental, lo ético está
estrechamente vinculado a lo deontológico y, por extensión, al bien y al mal
jurídica o mosaísticamente entendidos; o sea, en
tanto que corrección e incorrección. En el pesimismo, en cambio, lo ético tiene
un carácter eudemónico, por lo tanto, lo que llamamos
bien y mal guarda relación directa con el sufrimiento, de ahí que esta escuela
filosófica encuentre en el mal (el dolor en el mundo) su natural objeto de
reflexión.
Porque el pesimismo se acerca
al mal desde lo eudemónico, mas no desde lo
deontológico, tiene la capacidad para interpelarnos de un modo más poderoso
que, por ejemplo, la ética kantiana, donde el sentimiento de estar siendo
severamente juzgados nos acompaña todo el rato. Enunciar el dolor tiene una
irónica virtud sanadora. Se parece mucho a rascar una herida que no ha
cicatrizado del todo: aún nos duele, pero alivia un poco el prurito. Ocurre lo
mismo cuando leemos a un autor que expone sin reservas el carácter doloroso de
la vida, sentimos una cierta reconciliación que queda anulada cuando leemos a
otro cuyo objeto podría ser catalogado de “jovial”. El segundo tal vez nos
reconforte, pero solo el primero puede aliviarnos. Pero este alivio no supone
una clausura de ese dolor que queda enunciado, sino un reconocimiento o
constatación del mismo.
A este fenómeno subyace también
la capacidad ecuménica de ciertas religiones, de entre las que yo destacaría
notablemente el Cristianismo. A mi juicio, parte de su
éxito (y acierto) reside en reconocer en el dolor la espina dorsal de la
existencia; a pesar de que esa sabiduría se eche a perder con su optimismo
ultramundano. En la medida en que el pesimismo es un cierto cristianismo sin teísmo,
como decía Friedrick Beiser, participa de esa misma vis lenitiva. Si
bien no puede aspirar a paliar los males que nos abruman, al menos puede ser la
mano dócil que nos acompaña en el sufrimiento.
-Tenemos miedo
a ser nosotros mismos y por eso ponemos la primera piedra del pesimismo que
acabará construyendo una sociedad pesimista que se podría derrumbar como un
castillo de naipes y luego, como la sociedad está impregnada de pesimismo, éste
ya nos domina y a partir de ahí, ¿qué?;¿qué debemos de esperar?
-Tenemos miedo de nosotros
mismos, sin duda, y por eso nos empecinamos en el optimismo. El pesimismo, en
cambio, es el correctivo frente a esa capciosa autosuficiencia mediante la cual
procuramos convencernos a nosotros mismos de que estamos llamados a realizar
elevados ideales; realización que, como decía antes, la simple experiencia
histórica y empírica refuta. Se ha llegado a tachar al pesimismo de “mórbida
perversión del carácter espiritual”, por considerarlo una hipóstasis de cierto
temple taciturno. Del optimismo yo diría que es un proceso de sublimación cuyo
fin es sobrecompensar lo que a todas horas y a plena
luz del día constatamos: la mezquindad humana.
Me resulta desconcertante la
contumaz insistencia que tenemos a la hora de valorar, no ya el mundo, sino a
nosotros mismos, en calidad de bondadosas criaturas, piadosas y empáticas.
Estas son virtudes loables, sí, pero porque son escasas; anecdóticas, me
atrevería a decir. Quien más tiene la teoría de las costumbres en la boca suele
ser quien mantiene una vida menos moral. Si trasladamos este razonamiento a la
esfera de una sociedad en general, podemos concluir que las sociedades que más
se afanan en subrayar su pulsión ética son, precisamente, las más perversas; y
lo son porque utilizan la moral para sobrecompensar
su cotidiana perfidia. Dado que instrumentalizamos la actitud moral para
sentirnos mejor con nosotros mismos y no mirar de frente al Minotauro que cada
uno somos, podemos aspirar, en el mejor de los casos, a la hipocresía.
Precisamente es en este
fenómeno donde reside a mi juicio la fragilidad del tejido social en nuestros
Estados occidentales. A nivel político, quiero decir, desde la perspectiva de
la práctica política individual, vemos que solo se necesita una pequeña chispa
para que prenda la llama de la discordia; tanto es así que no parece posible
que seamos capaces de subvertir ese dualismo maniqueo en el que nuestro sesgo
representa el bien moral universal. Como cada uno cree que su sesgo es el
avatar de ese bien moral, aquel que no comulga con su misma postura política
deviene, per principii, agente de un mal moral
universal. Esto solo es posible al amparo de una sociedad mórbidamente
optimista, o sea, al amparo de una sociedad que imputa un valor objetivo a los
bienes morales, materiales, sociales, etc. Por supuesto, una sociedad pesimista
tampoco restaría ajena a esta forma de entender el mundo. Hay que tener muy en
cuenta que la vida real y la filosofía discurren en paralelo, pero sin llegar a
tocarse nunca; por eso una filosofía vital, quiero decir, completamente
asimilada por la vida real, está condenada a ser prosaica, y una vida
filosófica, en fin, al inmovilismo.
Por otra parte, me parece
innegable que en nuestras sociedades contemporáneas existe una mórbida
tendencia al optimismo –coloquialmente entendido– y, mutatis mutandis,
una enfermiza animadversión al pesimismo –coloquialmente entendido también–.
Esto se aprecia en el imperativo deber a ser feliz, así como en la
patologización de la tristeza, el aburrimiento y toda esa clase de afectos de
naturaleza pasiva. En términos biopolíticos, la razón de ello es autoevidente.
Para que una sociedad sea productiva es necesario que juzgue deseables los
bienes a que puede acceder en el mercado y que considere que su modo de vida le
conduce a una beatífica felicidad. Por eso las grandes corporaciones instalan
videoconsolas, mesas de billar y zonas de relax en sus oficinas. No
obstante, cabe destacar que cuanta más fijación por la felicidad expresamos,
tanto más debemos colegir que no somos felices en absoluto. Esto ocurre ya
incluso a nivel privado. Si alguien insiste demasiado en alardear de su buena
fortuna y de lo feliz que se siente, previsiblemente nos encontremos ante un
proceso de sobrecompensación tras el cual trasluce una profunda infelicidad.
En ambos casos, dado que ese
bienestar es impostado, solo hace falta un pequeño contratiempo para que la
sonrisa se torne mueca y la concordia discordia. Ese es el castillo de naipes.
-Es donde
entra la tragedia como elemento central de la trama de pensamientos que, a
menudo, se reafirma aquí, ¿verdad? Porque, además, la tragedia de tragedias,
muy a menudo, nos las creamos y recreamos nosotros mismos, ¿verdad?
- La tragedia es un corolario
de la vida. Se ha escrito mucho sobre lo trágico, pero a mi juicio su esencia
se reduce a la profecía autocumplida, es decir, acometer un conjunto de actos
para evitar un efecto que justamente acaba produciéndose por causa de esos
mismos actos que pretendían evitarlo. Esto se aprecia en las tragedias
clásicas, como en el caso de Edipo. Todo lo que hace Edipo para evitar el
cumplimiento del oráculo termina siendo un medio para la consagración del
propio oráculo. Aquí es donde entra el concepto de fatum,
usualmente traducido por destino, pero que en términos filosóficos
podemos entender como estricta necesidad.
Pues bien, como señalaba antes,
y simplificando mucho, nuestro ser en sí es voluntad, y el intelecto, que es el
conjunto de facultades con que trabajamos filosóficamente, está subordinado a
esa voluntad. Porque el intelecto se encuentra siempre atravesado por algo no
racional, es necesaria una puesta entre paréntesis del barrunto de la vida a
fin de valorarla objetivamente. Es en esta ocasión cuando la razón, digamos, se
sumerge en las profundidades de la existencia, pero como las ballenas,
eventualmente necesita emerger para tomar aire. Lo que procuro decir es que por
mucha lucidez que alcancemos en el discurrir de nuestras reflexiones,
eventualmente regresamos al mundo de la vida, donde nuestras conclusiones
filosóficas se parecen a fotografías antiguas que miramos con nostalgia más que
a máximas vitales eficaces.
Cuando enjuiciamos
objetivamente el mundo encontramos que nada tiene valor sustantivo, que la vida
es cosa prosaica; que nada dirige el rumbo de la existencia hacia un desenlace
favorable. En fin, que la vida es ese caminar por caminos difíciles hasta llegar
a un precipicio o un foso, e inevitablemente caer en él; parafraseando a
Leopardi.
Por supuesto, algunos podrían
señalar que esta perspectiva solo recibe justificación a tenor de un pesimismo
recalcitrante. Supongamos hipotéticamente que el orden de nuestras meditaciones
nos conduce a una conclusión más amable. Supongamos, por ejemplo, que colegimos
un orden moral en el mundo, que concluimos la pertinencia de obrar conforme al
deber, trabajando colectivamente en pro de un mundo donde el mal haya quedado
clausurado. ¿Qué le ocurrirá a alguien así cuando, al abandonar su hierática
torre de marfil, regrese al mundo real? Se descubrirá a sí mismo vulnerando sus
propios principios, aborrecerá en algún momento a quienes creía sus prójimos,
etc. A mi juicio, esto es extensivo a todo proceso de pensamiento filosófico.
Es aquí donde entra el fenómeno
de lo trágico: la incapacidad para poder armonizar el orden de nuestros
pensamientos con el barrunto de nuestra voluntad. No importa a qué conclusiones
lleguemos, pues estas son islotes de autoconciencia en el océano, ignoto y
siempre embravecido, de nuestra pulsión vital. La tragedia humana consiste en
la irresoluble contradicción entre razón y voluntad, entre entender y sentir;
en no poder subordinar el deseo al deber. De ahí que las inteligencias más
sensibles sean también las más dadas al sufrimiento, porque son estas las que
alcanzar una mayor comprensión de las cosas y, por ende, constatan más
intensamente esa contradicción.
El fatum
de nuestra tragedia radica en que estamos condenados a nuestra propia
necesidad, y esta necesidad la apercibimos cuando nos encontramos en ocasión de
escoger entre dos alternativas mutuamente excluyentes. Este acto de elección no
es un acto libre, si por este concepto entendemos la posibilidad de hacer una
cosa y su contraria ad libitum. Llamamos libres a las elecciones que
tomamos cuando hemos agotado el orden de motivos y contramotivos que nos abocan
a la realización de nuestra propia necesidad. Pues bien, este fatum opera de igual modo y a pesar de toda
reflexión filosófica. Poco importa comulgar con el pesimismo, el idealismo, el
ocasionalismo, la deontológica, la eudaimonía o lo que se quiera; la realidad
se impone y echa por tierra las eternas horas de lectura y reflexión. Estamos
condenados a nosotros mismos y a la tragedia de comprender que no debemos ser
lo que somos, sin poder evitar serlo.
Quizá alguno tenga la entereza
suficiente como para ensayar una sonrisa socarrona observando este vodevil,
pero todos los ríos desembocan en el mar y toda ingeniosa filosofía se resigna
a alguna hora del día a la vida que la arrastra.
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