Cazarabet conversa con... Ángel Vergara Miravete,
autor de “El camino del juglar” (Doce Robles)
Ángel Vergara
Miravete viene a engrosar la colección “La historia de Aragón en novela”
narrando la huida del Papa Luna de Aviñón (1403).
Un libro que va a
indagar sobre la figura de uno de los papas más controvertidos de la historia.
Una historia
vivida, como de forma paralela, así como contada por un juglar.
Una historia, la
contada en esta novela histórica que narra y describe toda la aventura del Papa
Benedicto XIII más conocido como el Papa Luna huyendo del asedio francés y
escapando gracias a los aliados aragoneses
Ángel Vergara
narra no solo la huida del Papa Luna sino también sus andanzas por tierras
aragonesas con la compañía del joven juglar y trovador… quedando estas tierras
y gentes retratadas, así como los cantos y “cuentos” que el trovador canta y
que nos hará tomar el pulso a la época medieval del siglo XV
El autor coge,
perfectamente, con ambas manos una coctelera y agita realidad—hechos históricos
reales—y ficción—hechos plenamente inventados sobre un marco histórico real--
Un Papa que se
enfrentó a “otro Papa” en una auténtica batalla por la silla de San Pedro, por
el papado.
Los dos
personajes Pedro Martínez de Luna, el Papa Benedicto XIII –Papa Luna—y el joven
juglar.
La sinopsis del libro: Ramón de Atrosillo,
pastor del Pirineo aragonés y juglar del reino de Aragón, va a vivir en marzo
de 1403 una arriesgada aventura: ayudar al papa Benedicto XIII en su huida de
la fortaleza de Aviñón, sometida a un largo asedio por las tropas francesas con
el fin de que el llamado Papa Luna, aragonés de Illueca, renuncie a su cargo
pontificio. Estamos en pleno Cisma de Occidente, la grave crisis que sufrió la
Iglesia católica entre 1378 y 1417.
El camino del juglar es la primera novela del músico y
escritor zaragozano Ángel Vergara, que ha conjugado sus tres pasiones (Aragón,
la música tradicional y la Historia) para contarnos un magnífico relato sobre
la vida cotidiana de un músico que, por azares del destino, se verá inmerso en
una operación tan emocionante como peligrosa. Ángel nos muestra cómo era la
Baja Edad Media: el riquísimo choque de culturas, la vida cotidiana bajo los
reinados de Pedro IV, Juan I y Martín I en la Corona aragonesa, el papado de
Benedicto XIII y la división de la Iglesia componen el contexto histórico de
esta hermosa y entretenida ficción medieval.
El autor, Ángel
Vergara Miravete:
Nacido en Zaragoza en 1960, Ángel Vergara se
dedica a la música de tradición popular desde hace varias décadas. Su formación
en Educación, Historia del Arte y Filología Aragonesa se combina con su pasión
por los viajes, el medio natural y las culturas. La música y el teatro le han
permitido viajar y aprender por muchos lugares con diferentes grupos y
compañías, con los que ha participado en la grabación de una veintena de
discos.
Ha publicado numerosos trabajos sobre temas
musicales, tanto en formato escrito como Instrumentos y Tañedores, así
como en combinación con grabaciones, como Falordias de Juglares. Ha
diseñado y coproducido exposiciones itinerantes, entre ellas Esto me suena:
música y ciencia, Los sonidos de la imagen o Bella música, bellas
artes.
Es autor del libro de relatos Con la música
a otra parte y del proyecto y textos del libro ilustrado Qué buen
sentir!, bilingüe en aragonés y castellano.
Es cofundador del proyecto Casa Chuglar, en la villa altoaragonesa de Berdún, lugar de
encuentro en torno a las músicas populares.
Para documentarse mejor:
https://es.wikipedia.org/wiki/Cisma_de_Occidente
https://es.wikipedia.org/wiki/Benedicto_XIII_(antipapa)
Cazarabet
conversa con Ángel Vergara Miravete:
-Ángel, ¿por qué te
fijas en la figura de Benedicto XIII para escribir, a través de su aventura y
huida historia, una parte importante de la historia medieval de Aragón?
-Lo cierto es que Benedicto XIII “pasaba por
allí”. En realidad el protagonista de la historia es Ramón de Atrosillo, un
humilde pastor montañés que, a través de la música amplía sus horizontes hasta
el punto de llegar a relacionarse con el Papa. Pero aunque se reivindica la
importancia histórica de la gente de a pie, se trata de historias cruzadas que
al final se encuentran.
-Por
favor, preséntanos tú que habrás indagado por su biografía a Benedicto XIII;
¿por qué se le conocía como el papa Luna?;¿cómo nos lo presentarías desde lo
que tú has aprendido de él?;¿qué rasgos nos destacarías del mismo?
-Como
es sabido, Luna es uno de los linajes más importantes en el Aragón medieval,
con numerosas ramificaciones. El nombre les vendría de un antepasado común que
participó en la conquista de la poblacion cincovillesa de ese nombre. Don Pedro Martínez de Luna,
nacido en Illueca, era un segundón para quien no estaban previstas grandes
gestas políticas, sin embargo a través de la docencia y de la diplomacia llega
a integrarse en la curia papal, hasta alcanzar la más alta responsabilidad,
aunque su etapa anterior como legado papal es también apasionante y lo lleva a
viajar por media Europa. Es una persona muy inteligente, astuto y concienzudo.
Gran conversador y argumentador, convencido siempre de la legalidad de sus
posturas acaba dando una imagen de tozudez (aquello de “seguir en sus trece”)
que quizá no es muy justa.
-¿Qué
trazos de la historia de Aragón quedan reflejados en esta aventura histórica? Porque
la podríamos presentar como “aventura histórica”, ¿no?
-Son
los últimos años del reinado de Pedro el Ceremonioso, el país ha salido de
grandes desastres como la Guerra de los dos Pedros y la Peste Negra. No sé si
se había inventado la palabra “resiliencia”, pero ahí están nuestros paisanos
“tirando para adelante”. Se inicia una época de esplendor en las artes: la
arquitectura que hoy llamamos mudéjar está en plena efervescencia y se inicia,
lentamente, el proceso que en pintura va a llevar de lo medieval a las puertas
del Renacimiento. El nuevo monarca, Juan I, es un gran amante de las artes pero
un desastre para gobernar. Es su esposa, Yolanda o Violante la que se hace
cargo, mientras las rentas de la Corona se dilapidan hasta imposibilitar la
ceremonia de coronación. A nuestro protagonista, Ramón, le va a venir bien caer
en gracia en esos estamentos para perfeccionar sus conocimientos musicales. La
novela quiere mostrar el ambiente musical y cultural de la época, pero “desde
abajo”, desde el punto de vista no de los grandes nombres sino de lo que ahora
llamaríamos “un ciudadano de a pie” que, no obstante, llega a conocer a grandes
figuras culturales como Johan Ferrandez de Heredia o el alarife Mahoma Rami.
-En
ti, la música como juglar juega un papel importantísimo y se abrirá camino
también en esta historia novelada porque, en realidad tenía su protagonismo,
coméntanos…
-Mi
vida profesional ha estado esencialmente ligada a la música de tradición
popular, pero me ha gustado mucho bucear en músicas históricas. Cuando toco la flauta
con el tamborino, la gaita o cornamusa o la chirimía, siento toda la presencia
de aquellos músicos, tanto populares como cortesanos, que nos precedieron. Los
gaiteros de nuestra tradición reciente fueron herederos de aquellos juglares
como músicos, que además eran animadores con las historias que sabían contar y
otras habilidades que encandilaban a las gentes. Más modernamente, los
cantautores estarían a caballo entre trovadores y juglares. Y también la gente
que hoy hace, por ejemplo, teatro de calle. Los juglares medievales eran gentes
importantes para hacer la vida más llevadera a una sociedad que, si bien no era
tan negra como a menudo nos la pintan, estaba llena de dificultades vitales.
-Y ya no digamos el
papel del juglar que acompaña al Papa Luna y que vive, a la vez, sus andanzas
con él… ¿verdad?
-Bueno,
en realidad no se cuenta aquí la historia de un juglar que acompaña
habitualmente al pontífice. Su encuentro se produce por circunstancias
particulares. Digamos que son dos vidas que se van cruzando y acaban
encontrándose. Y, desde luego, es importante la participación de Ramón de
Atrosillo en un evento trascendente, quizás no demasiado difundido, como es la
evasión del papa de su castillo de Aviñón tras cinco años de asedio. No desvelo
nada diciendo esto porque es así como comienza la novela :-)
-¿Cómo
se te ocurrió retratar como retratas a este juglar?
-Aunque
uno es “urbanita”, he tenido la suerte de conocer desde crío el mundo de la
montaña y sus gentes. Luego, por formación como historiador del arte, te vas
haciendo una idea (siempre subjetiva, por supuesto) de cómo pudo ser aquella
sociedad. Y por otra parte, al haber ejercido como músico muchos años, la
itinerancia y las experiencias que vas acumulando te hacen entender – mutatis mutandi- cómo podía ser la experiencia vital de uno de
aquellos músicos.
-Le
tocó, al Papa Luna, y fue partícipe de una de las crisis más profundas que ha
vivido la Iglesia---el Cisma de Occidente—, marcando un antes y un después.
¿Qué nos puedes decir?
-Fue
una crisis muy importante en la Iglesia, pero ya las hubo con anterioridad,
como el Cisma de Oriente, y las hubo después, como la reforma protestante, a
partir de la cual surgieron tantas variantes que todavía hoy existen. Es algo
que ha ocurrido en muchas religiones y Ramón el juglar reflexiona sobre ello,
descubriendo lo importante que es la tolerancia y la aceptación del otro, en un
momento en que la sociedad del Reino de Aragón es multicultural y multirreligiosa (como ahora mismo, por cierto).
-Es esta una historia
llevada a novela de ficción, ¿no?; ¿qué personajes hay reales y cuáles son
ficción para, digamos, “sazonar” la novela? ¿Y en cuanto a acontecimientos?
-Son
reales los que han pasado a la Historia: reyes, nobles, autoridades
eclesiásticas. Pero también lo son otros, “gente corriente” de la que, sin
conocer tantos detalles, también podemos tener una idea bastante ajustada de lo
que fueron. Por ejemplo, en la novela aparecen juglares cuyos nombres tenemos
documentados, aunque poco más que eso: lo que cobraron en cierta ocasión y el
instrumento que tocaban es lo que sabemos. Lo mismo ocurre con barqueros,
maestros de obras, carpinteros…
Usar en el relato los nombres reales de aquellos es
honrar su memoria. También aparecen figuras
que tuvieron gran relevancia y que para el gran público pasan a veces
desapercibidas (y no es ningún reproche), como Johan Ferrández de Heredia,
Martín de Alpartir, Francisco de Aranda, Mahoma Calahorri… Y aparecen, claro,
muchos hechos documentados históricamente, incluso los itinerarios – con fecha
incluida – de los viajes del legado papal, cardenal y luego papa, así como de
los monarcas. Algo que debemos, lógicamente, al trabajo de generaciones de
historiadores.
-Amigo,
por cierto, ¿crees que desde la historiografía y la literatura y el arte se
rinde el merecido homenaje al arte juglar?
-No
estoy muy seguro. El ámbito académico lo ha estudiado bien; pero quizá falta
que llegue ese tipo de conocimiento al público. A veces no se tiene muy clara
la diferencia entre trovador, juglar y bufón. O no se conocen bien las
diferentes facetas de juglares que, siendo esencialmente músicos, también
podían ser contadores de historias, titiriteros, malabaristas, acróbatas… Hay
figuras tópicas como el joker (cuya etimología es la misma que la de juglar: iocular” en latín) muy difundidas modernamente que podrían
responder a una de aquellas aristas de aquellos personajes, pero en lo
superficial.
-Pues
hagámosles un poco de justicia y pongámoslos en su sitio y lugar en el tiempo,
¿qué importancia tenían y dónde se veía más ésta?…
-Contesto
con tres citas, de diferente signo:
“Todos
los clérigos deben abstenerse de crápula y borrachera (…) no tratarán con
juglares, mimos y otros semejantes... (Domingo de Sola, obispo de Huesca, s.
XIII)”
“En
les cases dels Princeps, segons mostra antiquitat,
juglars degudament poden esser car lur offici
dona alegría, la qual los Princeps
molt deven desitjar… (Pere terç, Rey d’Aragó, 1344)”
“Lo
que tengo por cierto es que la voz joglar no sólo corresponde a truhán, bufón, cantor de coplas por las calles y
comediantes, sino que también comprende a los poetas, a los que cantaban en
iglesias y palacios de los reyes y otros grandes señores, a los compositores de
danzas juegos y de toda especie de diversiones y alegrías, a los organistas,
tamborileros, trompeteros y demás tañedores de instrumentos; en una palabra
a todos los que causaban alegría. (Fray Licinio Sáez, 1805)”
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