Novedad editorial sobre patrimonio minero desde Navarra

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La de Magnesitas ha sido una historia "de ida y vuelta", como señala el autor del libro, Juan Gracia Armendáriz. En sus 62 años de existencia ha vivido, probablemente, más dificultades que cualquier otra empresa, pero a día de hoy sigue siendo la única mina abierta que existe en Navarra. El libro que edita ahora Magna pretende ser "un homenaje a todas las personas que trabajaron, sufrieron y disfrutaron (...) y un puente tendido entre las generaciones pioneras y la actual", señala en el prólogo el director general y consejero delegado, Nicolás Gangutia.
La mina y la industria que transforma el mineral se asientan en Eugi y Zubiri, en el Valle de Esteribar, una zona minera y fabril desde la Edad Media. La primera piedra de magnesita se encontró en 1945 y concitó un gran interés por la escasez de este mineral. El hallazgo del yacimiento se debe a dos personas muy singulares: Eliseo Belzunce y Francisco Lizarraga. Belzunce, natural de Bearin, era ingeniero de minas y se dedicaba a la prospección a través de la empresa de San Sebastián Promisa. Lizarraga, oriundo de Elbete, era albañil y su gran conocimiento del monte le permitía acompañar a los geólogos en la búsqueda de minerales. En una de sus excursiones, dieron con el filón, que afloraba brillante a cielo abierto. Inmediatamente formaron una especie de sociedad de palabra, sin ningún papel escrito, y denunciaron la demarcación, que llamaron El Quinto, acordando repartirse entre ellos lo que se encontrara. De hecho, los descendientes de ambos siguen cobrando parte del canon de explotación de la mina.
los primeros años
Guipuzcoanos y alemanes
Belzunce estaba bien relacionado con los grandes industriales guipuzcoanos, que necesitaban la magnesita para la producción siderúrgica. Así, el 16 de agosto de 1945 se documenta la empresa Magnesitas Navarras SA en el registro Mercantil de Pamplona con un capital de 5 millones de pesetas y domicilio en el número 17 de la avenida Carlos III de Pamplona, a nombre de Antonio Iturriagagoitia, Joaquín Elósegui y Francisco Montero, los tres ligados a la gran industria siderometalúrgica y minera. La administración y gerencia estaba en el Boulevar donostiarra.
En los primeros años, el mineral de Eugi se trasladaba a la planta de procesamiento de Andoáin, pero con el tiempo se hizo necesario acercar la industria de transformación a la mina. Para ello, la empresa compró los terrenos de una serrería en Zubiri y construyó el primer horno, que empezó a procesar mineral en 1953. Ese mismo año se crea la firma Magnesitas Sinterizadas en Andoáin, con socios de Magnesitas Navarras y otros nuevos. En ese consejo de administración había ya tres vocales alemanes. El capital germano se haría con el control de Magnesitas en 1966 mediante las empresas Didier AG Wiesbaden y su filial Didier AG Zurich, con una participación inicial de 200 millones de pesetas, el 49% del capital. Los alemanes trajeron nuevas tecnologías y métodos de trabajo, pero algunos empleados de aquellos años refieren en el libro episodios con cierto tinte racista. Por ejemplo, pagaban diez veces más a los trabajadores que traían de Alemania. Otros creen que, con la pasividad de los empresarios guipuzcoanos, esquilmaron la materia prima, sin pensar en el futuro.
La actividad industrial continúa con nuevas ampliaciones de capital e inversiones durante las décadas de los sesenta y setenta. La empresa cambió por completo la economía del valle, hasta entonces agrícola y ganadero. Gran parte de los habitantes de Esteribar se emplearon en Magnesitas, pero también llegaron obreros desde Salamanca y Andalucía. Las condiciones de trabajo eran extremas en los primeros años: trabajaban de sol a sol, se lavaban en el río y muchos vivían en barracones, de los que apenas salían los domingos, su único día festivo, para ir a misa. Sin embargo, los entrevistados en el libro coinciden en destacar el compañerismo que se llegó a alcanzar entre los obreros, sin duda motivado por la dureza del trabajo.
dos problemas
Accidentes y contaminación
Con todo, las dos grandes manchas que tuvo que soportar la empresa durante años fueron los accidentes laborales y la contaminación. El libro cita algunos de los siniestros, con muertos y heridos muy graves, que fueron tejiendo una especie de leyenda negra sobre la empresa. La otra era la contaminación, un polvo ocre que expulsaban las chimeneas y que lo cubría todo, los campos, los árboles y el río Arga. Hubo graves episodios de mortandad de peces y las protestas de los vecinos y de las autoridades locales fueron constantes, al punto de que en 1980 se negaron a pagar las contribuciones y las cuotas a la Seguridad Social Agraria hasta que no se solucionase el problema.
En los años setenta, según relata Juan Gracia, la empresa se esfuerza por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, construye viviendas, economatos y patrocina los estudios primarios de los niños. En 1972 se firma el primer convenio colectivo con una notable mejora económica que supone un aumento de sueldo de 16.000 a 19.000 pesetas anuales y una gratificación de 2.500 pesetas. A partir de entonces, la negociación anual del convenio origina tensiones, paros y sanciones, acrecentadas por la efervescencia sindical y política de los últimos años del franquismo.
los ochenta
Los años difíciles
Sin embargo, los tiempos más difíciles aún estaban por llegar. Los empresarios alemanes se limitaban a conseguir el producto a un precio irrisorio, sin ningún interés por mejorarlo. Pronto llegó la crisis de la siderurgia y la empresa dejó de ser competitiva, sucediéndose las reducciones de plantilla y generándose las primeras deudas a la Seguridad Social y retrasos en los pagos de las nóminas respondidos con huelgas y bloqueos de camiones.
El nuevo convenio recoge un aumento salarial del 11,5%, dos nuevas pagas y jornada de 40 horas semanales, pero la empresa se encontraba ya a la deriva. En 1985 se acomete un plan de viabilidad con el Gobierno de Navarra. Prevé una financiación de 1.500 millones aportados a partes iguales por la Administración foral y los accionistas alemanes, y pareció llegar una etapa de bonanza, pero seguían sin resolverse problemas endémicos. En 1986 se produce otra muerte en accidente laboral, continúan los problemas de contaminación y la deuda a la Seguridad Social supera ya los 1.000 millones de pesetas. En 1988 UGT acusa a la dirección de desfalco por cobrar sobresueldos de partidas destinadas al pago de suministros y ese mismo año se realiza una auditoría y el segundo plan de viabilidad, en el que el Gobierno tiene ya más peso en el accionariado (80%) y se reduce el poder de Didier.
Bajo la tutela pública, Magnesitas empieza a remontar el vuelo, y entra como socio capitalista la multinacional austriaca Radex. Sin embargo, un hecho en principio muy lejano pone de nuevo a la empresa contra las cuerdas. A comienzos de los noventa, China hunde el mercado del mineral, lo que hace que Didier arroje definitivamente la toalla. En 1992 se aplica el tercer plan de viabilidad, con reducción de 50 empleos y un acuerdo para pagar la deuda con la Seguridad Social, que ya sumaba 1.461 millones de pesetas. En Sanfermines la empresa se declara en suspensión de pagos (dadas las fechas prácticamente no se enteró nadie), que se levanta a primeros de septiembre. En ese momento, Magnesitas queda limpia, con una plantilla de 200 trabajadores y una situación patrimonial saneada. Al año siguiente, en 1993, Radex abandona la empresa.
Sólo queda descontaminar el valle (los austriacos ya lo habían intentado sin éxito) y a ello se aplica la empresa limpiando el polvo e instalando filtros anticontaminantes. En 1996 Magnesitas es la empresa pública con mayor volumen de negocio: 3.267 millones de pesetas. Tres años después, en 1999, cuenta con 179 trabajadores y cumple el quinto año consecutivo de beneficios. Es en ese momento cuando el Gobierno llega a un acuerdo de venta con la firma francesa Roullier, que se firma en enero de 2000.
el presente
Un periodo próspero
Desde entonces hasta 2007, según los datos facilitados por la empresa, se han invertido 22 millones de euros y está previsto dedicar cinco millones más este año. La producción en estos siete años ha pasado de 120.000 a 145.000 toneladas de óxido de magnesio, un incremento superior al 20%. Las ventas han crecido un 65%, lo que supone un incremento medio anual superior al 7%, y la exportación ha pasado de ser el 55% de la producción en el año 2000 al 65% actual. Finalmente, la plantilla ha crecido en el mismo periodo de 147 a 157 trabajadores, teniendo en cuenta que 98 han entrado a trabajar en estos siete años, lo que supone un rejuvenecimiento del 60%.
Diario de Noticias
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