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El Sueño Igualitario
 
 
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Tlfs.  978 849970  -  686 110069
 
346 páginas
 
 

La simple visión de los picos de Sierra Nevada hizo aflorar un llanto que Matilde Santos había reprimido durante sus largos años en el exilio. Aunque cargada con la esperanza de recuperar un pasado que se le hurtó desde su salida de España en 1939, ella no dudará en convertirse en activa protagonista en la presente lucha por la democracia de esos últimos años del franquismo. Sin rencores pero sin olvidos, la protagonista nos concede la oportunidad de asomarnos a un pasado que debe servir, desde la concordia y la conciliación, para construir el ilusionante futuro que las primeras elecciones brindaba. Pero la vuelta del exilio es también la vuelta al amor que se truncó por la guerra, que marcó profundamente su vida en la lejanía y que, aunque ya fuera como mero testimonio de otro tiempo, trata de que no se olvide.

 

Esta novela representa la culminación de una idea que me rondó en la mente durante casi dos décadas. Desde que el personaje femenino que la protagoniza paseaba frecuentemente su cuerpo envejecido con ‘andares de pato’, como solía decir, y una sonrisa regalada en su rostro limpio a sus vecinos por el entramado de calles de la Granada vieja. Llegó a su tierra cargada de años, vivencias y recuerdos que tuve la suerte de compartir con ella de primera mano.


No podía dejar que su recuerdo volara por los aires de la nevada sierra y, amparado en la ficción, Matilde Santos viene a rememorar aquel tiempo. El tiempo donde las ilusiones truncadas a fuerza de represión empezaron a atravesar las conciencias de unas gentes que ya no se resignaban.
 

Matilde regresa tras un largo exilio para recobrar las sensaciones que dejó cuarenta años antes, pero no sólo se posiciona en la nostalgia, se incorpora a la lucha que mueve al compromiso con la democracia. El presente interesa mucho a la protagonista como también el futuro democrático que en su tiempo se cercenó.
 

Pero la vuelta del exilio es también la vuelta al amor. Al amor que se truncó por la guerra, que marcó profundamente su vida de exiliada y que, aunque ya fuera como mero testimonio de otro tiempo, trata de que no se olvide.

 

 

Antonio Lara Ramos (1957) es doctor en Historia Contemporánea y licenciado en Ciencias de la Educación. Junto a la docencia, como profesor de Historia, ha desarrollado una fructífera labor en el campo de la investigación histórica, con la publicación de varios libros sobre esta disciplina y más de una veintena de artículos en distintas revistas especializadas. Colaborador habitual con artículos de opinión en el periódico Ideal y en otras publicaciones locales.

 

 

 

"Si un pueblo no recupera la memoria histórica pierde sus señas de identidad"

Lara recuerda que la España de 'La renta del dolor' no tiene nada que ver con la que hay ahora y aconseja mirar atrás siendo conscientes de que este periodo es el de mayor prosperidad de los últimos siglos

 

Antonio Lara sabe zanjar con una frase folios llenos de polémicas. "Todos los pueblos construyen el presente y el futuro basado en su memoria histórica y habría que facilitar las cosas sin hacer dramas". Hoy presenta en la Fundación Euroárabe La renta del dolor, la historia de una granadina llamada Matilde Santos que vuelve tras el exilio, siendo ya una anciana, sin rencores pero sin olvidar.

-¿Quién es Matilde Santos?

-El personaje real es Matilde Cantos Fernández. Hay algunos trazos de su biografía en la novela pero estamos ante una novela de ficción.

-Sin embargo, son inevitables las referencias históricas.

-Sí. En el libro escribo de momentos dentro de la historia de España. La protagonista es un personaje que vuelve a Granada tras treinta años de exilio a su ciudad, a la que había anhelado desde el exilio. Cuando vuelve, aparece su mirada hacia esa Granada que quiere recuperar, la Granada de su niñez y su adolescencia, tiene recuerdos sobre momentos, situaciones y la propia fisonomía de la ciudad. Pero al mismo tiempo, la novela tiene un recorrido en el ámbito de la II República y la Guerra Civil.

-¿Por qué se ve obligada al exilio?

-Ella rompe con muchos de los esquemas tradicionales que la mujer tenía establecidos en las primeras décadas del siglo XX. Granada estaba muy anclada en la tradición. El desarrollo económico que se produce con la industria azucarera no promueve un cambio de mentalidad en la sociedad. Ese cambio que no se produce es lo que a Matilde la asfixia porque sus pretensiones son otras.

-Era una mujer adelantada a su tiempo, como se suele decir...

-No encaja en una sociedad tradicional que le reserva a la mujer un determinado papel. Mujer casada con hijos, ocupada del hogar y la educación de sus hijos. Posee una capacidad que quiere desarrollar. Necesitaba abrirse camino y salir de la atmósfera de Granada y se va a Madrid donde aprueba unas oposiciones en la dirección general de Prisiones donde desarrolla su faceta profesional, junto a sectores desfavorecidos. Ahí es donde le pilla la Guerra Civil y termina por estar colaborando hasta que al final de la guerra tiene que ir primero a Francia y después a México.

-¿Qué precio hay que pagar para borrar el dolor?

-El precio que tuvo que pagar ella es el mismo que pagaron muchísimos exiliados. Tuvieron que sufrir exilio, abandonar su tierra, sus ciudades, sus amigos... desarraigarse de su entorno más próximo y eso hace mucho daño. Hace que se vean obligados a irse y que esta renta del dolor, como dice Javier Egea, no pueda saldarse ni siquiera con la muerte, ni el amor. Cuando vuelven, vuelven sin rencor, con un espíritu de conciliación, y buscando la armonía con la sociedad. Es un valor muy importante y ése es el valor de Matilde. Pero vuelve sin olvidar.

-¿Es la memoria histórica una vuelta al dolor?

-A pesar de las situaciones que ha vivido la gente, bien por vivir el exilio o la desgracia de que algunos de sus familiares fuera represaliados o fusilados, esa vuelta al pasado no hay que verla desde el punto de vista del dolor en el que nos sumió una circunstancia histórica sino que hay que verla como la recuperación de la dignidad de muchas de las personas que no tuvieron la oportunidad de que hubiera un reconocimiento por parte de la sociedad.

-Es un acontecimiento histórico plagado de muchas historias personales...

-La memoria histórica significa recordar lo bueno y malo que le ha acontecido a un pueblo pero sobre todo para que lo sucedido sirva de experiencia y ayude a aprender. Todos los pueblos construyen el presente y el futuro basado en su memoria histórica. En este caso estamos echando una mirada hacia un momento dramático de nuestra historia pero es evidente que tenemos que hacerlo porque sin esa recuperación de la memoria histórica un pueblo pierde su seña de identidad y se arriesga a errar en el futuro.

-¿Será posible?

-Es posible recordar sin rencores. Yo tengo la esperanza de que sí porque si basamos nuestra etapa democrática precisamente en esa conciliación tenemos que seguir promoviendo ese espíritu. Si en un momento determinado, como en el 77, pensamos en cómo ponernos de acuerdo para construir la España democrática ahora hiciéramos lo mismo... Vamos a facilitarlo sin hacer dramas.

-Usted como historiador debe hacerse una idea. ¿Qué dirán los futuros libros de historia de esta etapa?

-Seguramente hablará de que este periodo ha significado el periodo de mayor prosperidad en lo económico, en lo social y lo político de los últimos dos o tres siglos. Y eso a pesar de la crisis. La crisis es algo cíclico. El sistema va encontrando mecanismos de respuesta, realizando ajustes, novedades y cambios y el sistema termina por encontrar una solución. Es una época difícil pero hace cincuenta, sesenta o cien los coetáneos decían lo mismo. Cada momento es un momento de complejidad y se puede decir que todos los momentos son difíciles. Hay que mirar atrás.

 

Granada Hoy

 

 

Las cartas ficticias de Doña Nadie
Eva Díaz Pérez

En 1998, aparecía un libro póstumo, ‘Cartas de Doña Nadie a Don Nadie’, la autobiografía de una granadina que había sufrido el exilio y que murió en una residencia de ancianos en Fuentevaqueros. Esta mujer –aparentemente una Doña Nadie, como ella se definió–, fue colaboradora de Victoria Kent, ocupó diversos cargos en el PSOE durante la Segunda República y luchó por los derechos de la mujer. Esta supuesta Doña Nadie había regresado a España en 1969 después de un largo destierro en México, donde creó el Centro Andaluz, el lugar en el que los exiliados se refugiaban de tanta nostalgia. A su vuelta participó en las luchas clandestinas contra la dictadura. En sus singulares memorias, Matilde Cantos, desvela pasajes de su intensa vida antes de enfrentarse a la muerte y al olvido: «Como nunca me dio miedo la vida, no le temo a la muerte, el día que llegue será bien recibida. Después ¿quién sabe?». Lo que llegó después fue el olvido. Pero eso, Matilde Cantos no lo sabía, aunque lo intuía desde hacía tiempo. Era el mes de diciembre de 1987 y su vida se volvía borrosa, como cuando se quitaba las gafas y sólo adivinaba ante ella sombras fugaces, perfiles de bruma. ¿Eran de verdad o eran recuerdos?

Matilde Cantos, aquella anciana de la que nadie podía imaginar una biografía de epopeya, intentaba sentarse al sol de aquel frío mes de diciembre de 1987. Era como si un río de aguas heladas corriera dentro de sus huesos. Cerró los ojos para refugiarse en lo único que le quedaba:su memoria. Su vida le parecía ya tan lejana que era como si la hubiese vivido otra persona. ¿Es que yo paseé por aquella Granada? ¿Fui inspectora de Prisiones? ¿Eso tan amargo es la guerra? ¿Por qué mis recuerdos me retratan en México? ¿Es que yo sufrí el exilio?

Lo de ahora parece un amargo epílogo, pero Matilde Cantos nunca dejará de recordar. Ni siquiera en sus últimos días en la residencia Los Pastoreros de Fuentevaqueros, el pueblo donde nació su buen amigo Federico García Lorca. Ambos nacieron el mismo año de 1898. Ella está a punto de entrar en el exilio del más allá, ese que padeció su amigo antes de tiempo.

Diez años más tarde de la muerte de Matilde Cantos –en el año de su centenario en 1998, discretamente entre el jolgorio de los fastos dedicados a su amigo Lorca– se publica un curiosísimo libro: Cartas de Doña Nadie a Don Nadie, una autobiografía que Matilde Cantos había escrito en sus últimos años, consciente de que el olvido amenazaba a los que no fueron incorporados a la memoria oficial, como ella y todos los desterrados.

Pero, al menos, Matilde Cantos pudo volver a España, después de su largo exilio en México. Durante muchos años, intentó sin éxito conseguir un visado para el regreso. Finalmente, lo obtuvo en 1968, pero al llegar al aeropuerto de Barajas es detenida. Conocerá así la negrura de los calabozos de la Dirección General de Seguridad, la infame cueva en la que agonizaba la España clandestina. Ella, la España desterrada, frente a la España en-terrada.

Después de unos días, Matilde Cantos es liberada y logra viajar a Granada. El reencuentro con su ciudad natal es mágico y desolador. ¿Por qué tuvo que renunciar a una vida en la hermosa Granada? ¿Por qué la lanzó tan lejos el viento despiadado de la Historia? Granada le traerá también los recuerdos de una de sus tragedias antiguas:la muerte de sus dos hijos y la separación de su marido con quien se había casado en 1922.

Pero Matilde Cantos no se rindió a la crueldad de la nostalgia. Pasó varios meses contactando con la oposición al franquismo en la clandestinidad. Con esa radiografía de la España que está a punto de renacer, regresa a México para explicar los detalles a sus compañeros del exilio. Al año siguiente, vuelve definitivamente a Granada.

Aquella mujer que había sido inspectora de prisiones en la época en que la malagueña Victoria Kent promueve la reforma del sistema penitenciario español, que había ocupado importantes cargos en el PSOE y que se había caracterizado por sus luchas feministas, se incorpora con naturalidad a la lucha del tardofranquismo. Aún recordaba sus años en la Agrupación de Mujeres Antifascistas.

Todo ese bagaje lo transmite a las nuevas generaciones. Matilde Cantos se convierte en un personaje más de aquella galería de resistentes en la España de un Franco moribundo. Participa activamente en asambleas universitarias con las valiosas lecciones de la experiencia y en homenajes clandestinos como los que se dedican a Lorca. Se convierte en un personaje popular en Granada.

Con la llegada de la democracia, se integra en el PSOE, pero se mantendrá siempre independiente y con profundo sentido crítico, lo que le impide alcanzar abierto reconocimiento público, según relata Amelina Correa en la entrada que dedica a Matilde Cantos en su libro Plumas femeninas en la literatura de Granada.

Poco a poco, Cantos irá desapareciendo, arrinconada en una época donde se trabaja la máscara y la impostura para medrar en la política y acceder al poder. Personajes como Matilde Cantos no tenían nada que hacer. Ella había elegido el exilio, para poder contar su vida con dignidad.

Lo confesará en su obra Cartas de Doña Nadie a Don Nadie, libro de ficciones epistolares en el que narra su vida a modo de curiosas memorias: «No me gusta mandar, ni menos mangonear, aspiro a convencer. (...) No conozo el aburrimiento, pues escuchando discursos imbéciles me divierto».

En esta singular obra, con prólogo de Antonina Rodrigo y estudio preliminar, edición y redacción de Antonio Lara Ramos, sobrino de la autora, Matilde Cantos divaga entre sus recuerdos manteniendo un diálogo con un fantasma, otro hijo del nadismo, otro ninguneado por la Historia: «Desconocido pero existente don Nadie: A mí, integral doña Nadie, me hace feliz la idea de establecer correspondencia contigo. No espero respuesta, pues no sé quién eres ni dónde estás, pero tengo ganas de escribirle a alguien que no sea VIP, ni me caiga gordo, ni eructe triunfalismo. Sencillamente te escribo a ti, con un rescoldo de esperanza de que nuestros nadismos se conecten».

Vida en pensiones

Matilde Cantos vive sus últimos años en pensiones de tercera clase antes de morir en una residencia de ancianos. Ella misma lo narra con ese sentido del humor que desprenden quienes han vivido las mayores tragedias. «Actualmente milito en la cuarta edad, donde creo que estoy muy bien situada; salvo la artrosis y andares de pato, lo demás funciona bien».

Matilde Cantos proclama su gusto por la soledad y la pobreza. «Económicamente estoy perfectamente adaptada a mi pobreza limpia, que considero más valiosa que tanta riqueza sucia como existe. No figura mi nombre en ningún registro de la propiedad, sólo poseo libros, un transistor y mi archivo: publicaciones, artículos y trabajos salidos de mi cabeza. No tengo más tierra que las de mis macetas, ni piso propio, pues mis ingresos sólo me permiten comprar a plazos una tienda de campaña y esto en una sociedad de consumo como la que padecemos, es sumamente gratificante a mi nadismo».

A solas con su recuerdo, Matilde Cantos se sienta buscando el sol en un lugar de la residencia Los Pastoreros. Cierra los ojos y se ve examinando informes de peligrosidad y estudios sociales de los reos, en las duras jornadas como responsable en la cárcel de Toreno durante la guerra, su huida a París, el viaje en el barco Quanza hacia México, sus labores como trabajadora social, ayudando a la población indígena mexicana, su participación en la fundación en México del Centro Andaluz o sus colaboraciones en diversas revistas como su sección dedicada a heroínas de la literatura universal. Pero ahora sólo quiere descansar...

A GRANADA LE NACIÓ OTRA HEROÍNA

Cuando era pequeña, Matilde Cantos jugaba en el granadino barrio de la Magdalena. Iba desapareciendo Granada, la bella, la que cantara Ángel Ganivet. Matilde confesaba que de niña tenía como referente a Mariana Pineda. Tanto era así que formó con otras jóvenes de su barrio una especie de grupo de Mariana Pineda frente a otras que adoraban a Eugenia de Montijo. Esa huella de la heroína granadina defensora de la libertad le quedó para siempre. En el exilio creó el Club Mariana Pineda.

En su libro autobiográfico, Matilde Cantos habría de evocar la Granada de su infancia una y otra vez. Hay un lugar especial: la calle Alhóndiga. «He tenido la suerte de ser hija de un artesano granadino. En la calle Alhóndiga tenía mi padre su tienda, era metalúrgico. En la tienda de mi padre se hacían velones, candiles, almireces, toda clase de utensilios y objetos artísticos; había candelabros, Cristos fundidos, cruces muy historiadas, etc».

Las largas tardes en aquel zaquizamí conformarían algunos rasgos de Matilde. A la tiendecita acuden clientes de todo tipo, un retablo de personajes que sirven para que la niña se haga una idea del mundo. «Esto hacía que lo mismo fuese a comprar un almirez una campesina de la Vega, que le hacía falta para majar, que se presentara una superiora de un convento a llevarse un juego de candelabros y un Cristo fundido; lo mismo iba una gitana a comprar un perol, que un canónigo».

Matilde Cantos-Doña Nadie confesará que ésa fue su primera escuela, un lugar que le marcó profundamente. «Era una tienda y un taller donde había una mezcla tal de gentes de toda condición que era algo más que un parlamento, más que una agrupación y mucho más que una academia. Yo he vivido en ese ambiente desde que pude pensar y sostenerme de pie, y creo que ha contribuido ese juego, ese hablar con la gente, conocerla, escucharla –éste es el gran secreto– a que yo pudiera hacer algo en política; y, quizás, esas dotes políticas que me han reconocido procedieran de esa raíz popular».

Matilde Cantos, mientras pasea con su memoria por una Granada desaparecida, desvela el secreto de su soledad. «Es hermoso recordar amores idos, amistades buenas, maestros de bien enseñar y gentes humanas y solidarias. Revivo paisajes y hechos, siento el regusto salino de algunas islas del Pacífico, se ensanchan mis pulmones respirando en los bosques de Canadá, ¡grandiosa naturaleza!».

Publicado en El Mundo el 29 de Enero de 2007

 

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