
La simple visión de los picos de Sierra Nevada hizo aflorar un llanto que Matilde Santos había reprimido durante sus largos años en el exilio. Aunque cargada con la esperanza de recuperar un pasado que se le hurtó desde su salida de España en 1939, ella no dudará en convertirse en activa protagonista en la presente lucha por la democracia de esos últimos años del franquismo. Sin rencores pero sin olvidos, la protagonista nos concede la oportunidad de asomarnos a un pasado que debe servir, desde la concordia y la conciliación, para construir el ilusionante futuro que las primeras elecciones brindaba. Pero la vuelta del exilio es también la vuelta al amor que se truncó por la guerra, que marcó profundamente su vida en la lejanía y que, aunque ya fuera como mero testimonio de otro tiempo, trata de que no se olvide.
Esta novela representa la culminación de una idea que me rondó en la mente durante casi dos décadas. Desde que el personaje femenino que la protagoniza paseaba frecuentemente su cuerpo envejecido con ‘andares de pato’, como solía decir, y una sonrisa regalada en su rostro limpio a sus vecinos por el entramado de calles de la Granada vieja. Llegó a su tierra cargada de años, vivencias y recuerdos que tuve la suerte de compartir con ella de primera mano.
No podía dejar que su recuerdo volara por los aires de la nevada sierra
y, amparado en la ficción, Matilde Santos viene a rememorar aquel
tiempo. El tiempo donde las ilusiones truncadas a fuerza de represión
empezaron a atravesar las conciencias de unas gentes que ya no se
resignaban.
Matilde regresa tras un largo exilio para recobrar las sensaciones
que dejó cuarenta años antes, pero no sólo se posiciona en la nostalgia,
se incorpora a la lucha que mueve al compromiso con la democracia. El
presente interesa mucho a la protagonista como también el futuro
democrático que en su tiempo se cercenó.
Pero la vuelta del exilio es también la vuelta al amor. Al amor
que se truncó por la guerra, que marcó profundamente su vida de exiliada
y que, aunque ya fuera como mero testimonio de otro tiempo, trata de que
no se olvide.
Antonio Lara Ramos (1957) es doctor en Historia Contemporánea y licenciado en Ciencias de la Educación. Junto a la docencia, como profesor de Historia, ha desarrollado una fructífera labor en el campo de la investigación histórica, con la publicación de varios libros sobre esta disciplina y más de una veintena de artículos en distintas revistas especializadas. Colaborador habitual con artículos de opinión en el periódico Ideal y en otras publicaciones locales.
"Si un pueblo no recupera la memoria histórica pierde sus señas de identidad"
Lara recuerda que la España de 'La renta del dolor' no tiene nada que ver con la que hay ahora y aconseja mirar atrás siendo conscientes de que este periodo es el de mayor prosperidad de los últimos siglos
Antonio Lara sabe zanjar con una frase folios
llenos de polémicas. "Todos los pueblos construyen el presente y el
futuro basado en su memoria histórica y habría que facilitar las cosas
sin hacer dramas". Hoy presenta en la Fundación Euroárabe La renta
del dolor, la historia de una granadina llamada Matilde Santos que
vuelve tras el exilio, siendo ya una anciana, sin rencores pero sin
olvidar.
-¿Quién es Matilde Santos?
-El personaje real es Matilde Cantos Fernández. Hay algunos trazos de su
biografía en la novela pero estamos ante una novela de ficción.
-Sin embargo, son inevitables las referencias históricas.
-Sí. En el libro escribo de momentos dentro de la historia de España. La
protagonista es un personaje que vuelve a Granada tras treinta años de
exilio a su ciudad, a la que había anhelado desde el exilio. Cuando
vuelve, aparece su mirada hacia esa Granada que quiere recuperar, la
Granada de su niñez y su adolescencia, tiene recuerdos sobre momentos,
situaciones y la propia fisonomía de la ciudad. Pero al mismo tiempo, la
novela tiene un recorrido en el ámbito de la II República y la Guerra
Civil.
-¿Por qué se ve obligada al exilio?
-Ella rompe con muchos de los esquemas tradicionales que la mujer tenía
establecidos en las primeras décadas del siglo XX. Granada estaba muy
anclada en la tradición. El desarrollo económico que se produce con la
industria azucarera no promueve un cambio de mentalidad en la sociedad.
Ese cambio que no se produce es lo que a Matilde la asfixia porque sus
pretensiones son otras.
-Era una mujer adelantada a su tiempo, como se suele decir...
-No encaja en una sociedad tradicional que le reserva a la mujer un
determinado papel. Mujer casada con hijos, ocupada del hogar y la
educación de sus hijos. Posee una capacidad que quiere desarrollar.
Necesitaba abrirse camino y salir de la atmósfera de Granada y se va a
Madrid donde aprueba unas oposiciones en la dirección general de
Prisiones donde desarrolla su faceta profesional, junto a sectores
desfavorecidos. Ahí es donde le pilla la Guerra Civil y termina por
estar colaborando hasta que al final de la guerra tiene que ir primero a
Francia y después a México.
-¿Qué precio hay que pagar para borrar el dolor?
-El precio que tuvo que pagar ella es el mismo que pagaron muchísimos
exiliados. Tuvieron que sufrir exilio, abandonar su tierra, sus
ciudades, sus amigos... desarraigarse de su entorno más próximo y eso
hace mucho daño. Hace que se vean obligados a irse y que esta renta del
dolor, como dice Javier Egea, no pueda saldarse ni siquiera con la
muerte, ni el amor. Cuando vuelven, vuelven sin rencor, con un espíritu
de conciliación, y buscando la armonía con la sociedad. Es un valor muy
importante y ése es el valor de Matilde. Pero vuelve sin olvidar.
-¿Es la memoria histórica una vuelta al dolor?
-A pesar de las situaciones que ha vivido la gente, bien por vivir el
exilio o la desgracia de que algunos de sus familiares fuera
represaliados o fusilados, esa vuelta al pasado no hay que verla desde
el punto de vista del dolor en el que nos sumió una circunstancia
histórica sino que hay que verla como la recuperación de la dignidad de
muchas de las personas que no tuvieron la oportunidad de que hubiera un
reconocimiento por parte de la sociedad.
-Es un acontecimiento histórico plagado de muchas historias
personales...
-La memoria histórica significa recordar lo bueno y malo que le ha
acontecido a un pueblo pero sobre todo para que lo sucedido sirva de
experiencia y ayude a aprender. Todos los pueblos construyen el presente
y el futuro basado en su memoria histórica. En este caso estamos echando
una mirada hacia un momento dramático de nuestra historia pero es
evidente que tenemos que hacerlo porque sin esa recuperación de la
memoria histórica un pueblo pierde su seña de identidad y se arriesga a
errar en el futuro.
-¿Será posible?
-Es posible recordar sin rencores. Yo tengo la esperanza de que sí
porque si basamos nuestra etapa democrática precisamente en esa
conciliación tenemos que seguir promoviendo ese espíritu. Si en un
momento determinado, como en el 77, pensamos en cómo ponernos de acuerdo
para construir la España democrática ahora hiciéramos lo mismo... Vamos
a facilitarlo sin hacer dramas.
-Usted como historiador debe hacerse una idea. ¿Qué dirán los futuros
libros de historia de esta etapa?
-Seguramente hablará de que este periodo ha significado el periodo de
mayor prosperidad en lo económico, en lo social y lo político de los
últimos dos o tres siglos. Y eso a pesar de la crisis. La crisis es algo
cíclico. El sistema va encontrando mecanismos de respuesta, realizando
ajustes, novedades y cambios y el sistema termina por encontrar una
solución. Es una época difícil pero hace cincuenta, sesenta o cien los
coetáneos decían lo mismo. Cada momento es un momento de complejidad y
se puede decir que todos los momentos son difíciles. Hay que mirar
atrás.
Granada Hoy
Las
cartas ficticias de Doña Nadie
Eva Díaz Pérez
En
1998, aparecía un libro póstumo, ‘Cartas de Doña Nadie a Don Nadie’, la
autobiografía de una granadina que había sufrido el exilio y que murió
en una residencia de ancianos en Fuentevaqueros. Esta mujer
–aparentemente una Doña Nadie, como ella se definió–, fue colaboradora
de Victoria Kent, ocupó diversos cargos en el PSOE durante la Segunda
República y luchó por los derechos de la mujer. Esta supuesta Doña Nadie
había regresado a España en 1969 después de un largo destierro en
México, donde creó el Centro Andaluz, el lugar en el que los exiliados
se refugiaban de tanta nostalgia. A su vuelta participó en las luchas
clandestinas contra la dictadura. En sus singulares memorias, Matilde
Cantos, desvela pasajes de su intensa vida antes de enfrentarse a la
muerte y al olvido: «Como nunca me dio miedo la vida, no le temo a la
muerte, el día que llegue será bien recibida. Después ¿quién sabe?». Lo
que llegó después fue el olvido. Pero eso, Matilde Cantos no lo sabía,
aunque lo intuía desde hacía tiempo. Era el mes de diciembre de 1987 y
su vida se volvía borrosa, como cuando se quitaba las gafas y sólo
adivinaba ante ella sombras fugaces, perfiles de bruma. ¿Eran de verdad
o eran recuerdos?
Matilde
Cantos, aquella anciana de la que nadie podía imaginar una biografía de
epopeya, intentaba sentarse al sol de aquel frío mes de diciembre de
1987. Era como si un río de aguas heladas corriera dentro de sus huesos.
Cerró los ojos para refugiarse en lo único que le quedaba:su memoria. Su
vida le parecía ya tan lejana que era como si la hubiese vivido otra
persona. ¿Es que yo paseé por aquella Granada? ¿Fui inspectora de
Prisiones? ¿Eso tan amargo es la guerra? ¿Por qué mis recuerdos me
retratan en México? ¿Es que yo sufrí el exilio?
Lo de ahora parece un amargo epílogo, pero Matilde Cantos nunca dejará
de recordar. Ni siquiera en sus últimos días en la residencia Los
Pastoreros de Fuentevaqueros, el pueblo donde nació su buen amigo
Federico García Lorca. Ambos nacieron el mismo año de 1898. Ella está a
punto de entrar en el exilio del más allá, ese que padeció su amigo
antes de tiempo.
Diez años más tarde de la muerte de Matilde Cantos –en el año de su
centenario en 1998, discretamente entre el jolgorio de los fastos
dedicados a su amigo Lorca– se publica un curiosísimo libro: Cartas
de Doña Nadie a Don Nadie, una autobiografía que Matilde Cantos
había escrito en sus últimos años, consciente de que el olvido amenazaba
a los que no fueron incorporados a la memoria oficial, como ella y todos
los desterrados.
Pero, al menos, Matilde Cantos pudo volver a España, después de su largo
exilio en México. Durante muchos años, intentó sin éxito conseguir un
visado para el regreso. Finalmente, lo obtuvo en 1968, pero al llegar al
aeropuerto de Barajas es detenida. Conocerá así la negrura de los
calabozos de la Dirección General de Seguridad, la infame cueva en la
que agonizaba la España clandestina. Ella, la España desterrada, frente
a la España en-terrada.
Después de unos días, Matilde Cantos es liberada y logra viajar a
Granada. El reencuentro con su ciudad natal es mágico y desolador. ¿Por
qué tuvo que renunciar a una vida en la hermosa Granada? ¿Por qué la
lanzó tan lejos el viento despiadado de la Historia? Granada le traerá
también los recuerdos de una de sus tragedias antiguas:la muerte de sus
dos hijos y la separación de su marido con quien se había casado en
1922.
Pero Matilde Cantos no se rindió a la crueldad de la nostalgia. Pasó
varios meses contactando con la oposición al franquismo en la
clandestinidad. Con esa radiografía de la España que está a punto de
renacer, regresa a México para explicar los detalles a sus compañeros
del exilio. Al año siguiente, vuelve definitivamente a Granada.
Aquella mujer que había sido inspectora de prisiones en la época en que
la malagueña Victoria Kent promueve la reforma del sistema penitenciario
español, que había ocupado importantes cargos en el PSOE y que se había
caracterizado por sus luchas feministas, se incorpora con naturalidad a
la lucha del tardofranquismo. Aún recordaba sus años en la Agrupación de
Mujeres Antifascistas.
Todo ese bagaje lo transmite a las nuevas generaciones. Matilde Cantos
se convierte en un personaje más de aquella galería de resistentes en la
España de un Franco moribundo. Participa activamente en asambleas
universitarias con las valiosas lecciones de la experiencia y en
homenajes clandestinos como los que se dedican a Lorca. Se convierte en
un personaje popular en Granada.
Con la llegada de la democracia, se integra en el PSOE, pero se
mantendrá siempre independiente y con profundo sentido crítico, lo que
le impide alcanzar abierto reconocimiento público, según relata Amelina
Correa en la entrada que dedica a Matilde Cantos en su libro Plumas
femeninas en la literatura de Granada.
Poco a poco, Cantos irá desapareciendo, arrinconada en una época donde
se trabaja la máscara y la impostura para medrar en la política y
acceder al poder. Personajes como Matilde Cantos no tenían nada que
hacer. Ella había elegido el exilio, para poder contar su vida con
dignidad.
Lo confesará en su obra Cartas de Doña Nadie a Don Nadie, libro
de ficciones epistolares en el que narra su vida a modo de curiosas
memorias: «No me gusta mandar, ni menos mangonear, aspiro a convencer.
(...) No conozo el aburrimiento, pues escuchando discursos imbéciles me
divierto».
En esta singular obra, con prólogo de Antonina Rodrigo y estudio
preliminar, edición y redacción de Antonio Lara Ramos, sobrino de la
autora, Matilde Cantos divaga entre sus recuerdos manteniendo un diálogo
con un fantasma, otro hijo del nadismo, otro ninguneado por la
Historia: «Desconocido pero existente don Nadie: A mí, integral doña
Nadie, me hace feliz la idea de establecer correspondencia contigo. No
espero respuesta, pues no sé quién eres ni dónde estás, pero tengo ganas
de escribirle a alguien que no sea VIP, ni me caiga gordo, ni eructe
triunfalismo. Sencillamente te escribo a ti, con un rescoldo de
esperanza de que nuestros nadismos se conecten».
Vida en pensiones
Matilde Cantos vive sus últimos años en pensiones de tercera clase antes
de morir en una residencia de ancianos. Ella misma lo narra con ese
sentido del humor que desprenden quienes han vivido las mayores
tragedias. «Actualmente milito en la cuarta edad, donde creo que estoy
muy bien situada; salvo la artrosis y andares de pato, lo demás funciona
bien».
Matilde Cantos proclama su gusto por la soledad y la pobreza.
«Económicamente estoy perfectamente adaptada a mi pobreza limpia, que
considero más valiosa que tanta riqueza sucia como existe. No figura mi
nombre en ningún registro de la propiedad, sólo poseo libros, un
transistor y mi archivo: publicaciones, artículos y trabajos salidos de
mi cabeza. No tengo más tierra que las de mis macetas, ni piso propio,
pues mis ingresos sólo me permiten comprar a plazos una tienda de
campaña y esto en una sociedad de consumo como la que padecemos, es
sumamente gratificante a mi nadismo».
A solas con su recuerdo, Matilde Cantos se sienta buscando el sol en un
lugar de la residencia Los Pastoreros. Cierra los ojos y se ve
examinando informes de peligrosidad y estudios sociales de los reos, en
las duras jornadas como responsable en la cárcel de Toreno durante la
guerra, su huida a París, el viaje en el barco Quanza hacia
México, sus labores como trabajadora social, ayudando a la población
indígena mexicana, su participación en la fundación en México del Centro
Andaluz o sus colaboraciones en diversas revistas como su sección
dedicada a heroínas de la literatura universal. Pero ahora sólo quiere
descansar...
A GRANADA LE NACIÓ OTRA HEROÍNA
Cuando era pequeña, Matilde Cantos jugaba en el granadino barrio de la
Magdalena. Iba desapareciendo Granada, la bella, la que cantara Ángel
Ganivet. Matilde confesaba que de niña tenía como referente a Mariana
Pineda. Tanto era así que formó con otras jóvenes de su barrio una
especie de grupo de Mariana Pineda frente a otras que adoraban a Eugenia
de Montijo. Esa huella de la heroína granadina defensora de la libertad
le quedó para siempre. En el exilio creó el Club Mariana Pineda.
En su libro autobiográfico, Matilde Cantos habría de evocar la Granada
de su infancia una y otra vez. Hay un lugar especial: la calle
Alhóndiga. «He tenido la suerte de ser hija de un artesano granadino. En
la calle Alhóndiga tenía mi padre su tienda, era metalúrgico. En la
tienda de mi padre se hacían velones, candiles, almireces, toda clase de
utensilios y objetos artísticos; había candelabros, Cristos fundidos,
cruces muy historiadas, etc».
Las largas tardes en aquel zaquizamí conformarían algunos rasgos de
Matilde. A la tiendecita acuden clientes de todo tipo, un retablo de
personajes que sirven para que la niña se haga una idea del mundo. «Esto
hacía que lo mismo fuese a comprar un almirez una campesina de la Vega,
que le hacía falta para majar, que se presentara una superiora de un
convento a llevarse un juego de candelabros y un Cristo fundido; lo
mismo iba una gitana a comprar un perol, que un canónigo».
Matilde Cantos-Doña Nadie confesará que ésa fue su primera escuela, un
lugar que le marcó profundamente. «Era una tienda y un taller donde
había una mezcla tal de gentes de toda condición que era algo más que un
parlamento, más que una agrupación y mucho más que una academia. Yo he
vivido en ese ambiente desde que pude pensar y sostenerme de pie, y creo
que ha contribuido ese juego, ese hablar con la gente, conocerla,
escucharla –éste es el gran secreto– a que yo pudiera hacer algo en
política; y, quizás, esas dotes políticas que me han reconocido
procedieran de esa raíz popular».
Matilde Cantos, mientras pasea con su memoria por una Granada
desaparecida, desvela el secreto de su soledad. «Es hermoso recordar
amores idos, amistades buenas, maestros de bien enseñar y gentes humanas
y solidarias. Revivo paisajes y hechos, siento el regusto salino de
algunas islas del Pacífico, se ensanchan mis pulmones respirando en los
bosques de Canadá, ¡grandiosa naturaleza!».
Publicado en El Mundo el 29 de Enero de 2007
La Librería de Cazarabet
c/ Plana Sancho, 17
44564 - Mas de las Matas (Teruel)
Tlfs. 978 849970 - 686 110069