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Incorpora gran número de escritos inéditos
En discursos y artículos, en novelas y ensayos, en biografías y diarios,
en entrevistas y cartas, Manuel Azaña dejó una obra variada e inmensa
que ha sufrido, como su misma figura, largos años de desprecio y
destierro hasta su lenta e intermitente recuperación. Primero desde el
exilio, con las Obras Completas editadas en México por Juan Marichal, y
luego con la publicación en España de artículos, folletos, diarios,
discursos y cartas, quedaba aún por realizar la recopilación de toda su
obra escrita y hablada como un flujo continuo que arranca con sus
artículos juveniles y culmina en sus cartas del exilio. Es lo que ofrece
esta nueva edición, que recoge cientos de páginas de discursos
desconocidos, completa las series de artículos publicados en diversos
periódicos y revistas, reproduce la totalidad de sus diarios y da a
conocer la obra inédita de quien mejor representó la ambición
reformadora de la República y nos legó el testimonio más desolado de su
cruel e inmerecido destino.
![]() Volumen I (1897-1920)
896 páginas 17 x 24,3 cm 28 €
Manuel Azaña comenzó a publicar desde muy joven, con apenas 17 años, en Brisas del Henares, revistilla de ámbito local. Su primera ruptura con el localismo no se hizo esperar: los discursos en la Academia de Jurisprudencia muestran a un joven intelectual preocupado por los grandes problemas de su tiempo. De maduración lenta, todavía necesitará hacia 1910 una segunda ruptura con su ciudad de nacimiento, esta vez para opositar a funcionario y para saltar de inmediato a París, donde se empapa de cultura francesa mientras se dedica a repensar el problema español. Su incorporación al Partido Reformista y su elección como secretario del Ateneo de Madrid marcan el nuevo rumbo de sus inquietudes: reforma democrática para España, y defensa de los aliados, crítica de la germanofilia y análisis de la política francesa en el marco de la Gran Guerra. |
![]() Volumen II (junio de 1920-abril de 1931)
1208 páginas 17 x 24,3 cm 30 € De regreso a Madrid, tras una estancia de seis meses en Francia, Manuel Azaña funda con Cipriano de Rivas Cherif una revista literaria, La Pluma, en la que, por fin, se compromete con la escritura de manera sistemática. En España, semanario fundado en 1915 por Ortega, será director y colaborador habitual –y muchas veces anónimo– desde enero de 1923 hasta su cierre por la Dictadura. Rompe entonces con el Partido Reformista y escribe un texto fundamental en su biografía política, Apelación a la República. El aire de los tiempos le empuja, sin embargo, a volver a su obra literaria y a sus intereses biográficos: terminar El jardín de los frailes, pulir su Vida de Don Juan Valera, publicar La Corona, hasta que la caída de la Dictadura vuelve a situar la política en primer plano. Se reúnen así, en una sola década, todas las facetas posibles del personaje: novelista, traductor, autor teatral, ensayista, biógrafo e historiador, crítico y agitador político. |
![]() Volumen III (abril de 1931-septiembre de 1932)
1120 páginas 17 x 24,3 cm 30 € Llevado, como él mismo decía, en brazos de la revolución popular, Manuel Azaña se hizo cargo del Ministerio de la Guerra desde la tarde misma de la proclamación de la República. A partir de ese momento, su obra serán sus decretos, sus discursos y sus diarios. Su palabra suena, desde los primeros compases, como una revelación: por un discurso le hacen presidente del Gobierno. Desde el banco azul, nada quedará sin tocar: la cuestión religiosa, la reforma militar, el proyecto republicano, la autonomía de Cataluña. Fueron dieciocho meses en los que sus discursos, como actos de Gobierno y convocatoria emocionada a mantener y consolidar la tarea de renovación de la vida española, marcaron el rumbo de la República. Un caudal de palabra, sin parangón posible en nuestra oratoria parlamentaria, que viene acompañada por la escritura diaria del principal testigo y protagonista de aquella gigantesca ambición. |
![]() Volumen IV (septiembre de 1932-octubre de 1933)
848 páginas 17 x 24,3 cm 28 €
Fueron, los del otoño de 1932, los mejores meses de su presidencia. Superado el escollo de la sedición militar, y aprobados el Estatuto de Autonomía de Cataluña y la Ley de Reforma Agraria, la República parecía definitivamente consolidada, hasta el punto de que Azaña la identifica con el ser nacional de España. No podía prever los obstáculos con los que, desde el inicio mismo del nuevo año, habría de tropezar su acción de gobierno. La insurrección anarquista, la obstrucción del Partido Radical y la movilización católica le obligaron a emplearse a fondo en su política de orden público y de defensa republicana hasta que el presidente Alcalá Zamora le retiró por dos veces la confianza y puso fin a la vida de las Cortes Constituyentes. Azaña defenderá, sin éxito, su fórmula de coalición republicano-socialista para hacer frente a los nubarrones que se ciernen sobre el horizonte. |
![]() Volumen V (noviembre de 1933-julio de 1936)
736 páginas 17 x 24,3 cm 30 €
Diputado por Bilbao en las segundas Cortes de la República, Manuel Azaña cambió el discurso parlamentario por los mítines al aire libre en los que defendió su obra de gobierno y la táctica que la hizo posible, y denunció la errática deriva tomada por el Partido Radical como resultado de su pacto con la CEDA. Apresado en Barcelona pocos días después de la rebelión de la Generalitat, Azaña escribió un alegato en su defensa, Mi rebelión en Barcelona, como prólogo a la campaña por el rescate de la República emprendida en sus Discursos en campo abierto. Las elecciones de febrero de 1936 le llevan de nuevo a la presidencia del Gobierno, desde donde vuelve a defender su idea de República como un «régimen para todos los españoles». Elegido para la presidencia el 10 de mayo, lamentará ante el embajador de Francia la negativa de los socialistas a incorporarse a un gobierno de coalición capaz de hacer frente a los peligros que acechan a la República.
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![]() Volumen VI (julio de 1936-agosto de 1940)
776 páginas 17 x 24,3 cm 28 €
El golpe de Estado contra la República sorprendió a su presidente en la Quinta del Pardo, desde donde se trasladó al Palacio Nacional. Fracasado su intento de formar un gobierno de salvación nacional, tras la nueva crisis de septiembre sufrió Azaña un desfallecimiento que le mantuvo alejado del Gobierno. Sólo a partir de enero de 1937 volvió a tomar la palabra en el primero de sus cuatro discursos de guerra, pronunciado en Valencia. En él y en La velada de Benicarló, escrita poco después, está resumida toda su visión de la guerra como hecho español que, por la intervención extranjera, ha adquirido dimensión internacional. Los estragos padecidos y las atrocidades cometidas le empujan a defender un plan de paz que nadie está dispuesto a secundar. Exiliado, dimite la presidencia en febrero de 1939, se mantiene alejado de las disputas del exilio y escribe sus últimas reflexiones sobre la guerra civil. |
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Volumen VII. Escritos póstumos. Apuntes.
792 páginas 17 x 24,3 cm 28 €
«Hallaréis un buen montón de papeles escritos de mi mano; todos están condenados al fuego. Yo he tenido la debilidad de conservarlos hasta hoy porque en ellos he ido dejando, casi día por día, las flores más espontáneas de mi espíritu y al intentar romperlos o quemarlos me detenía como si fuese a cometer una violación». Estas son palabras premonitorias, puestas por Manuel Azaña en boca de un maestro que llevaba a un grupo de adolescentes a disfrutar de un paseo a orillas del río Henares, y que hablan, como siempre, de él mismo. Un buen montón de papeles había almacenado ya en 1915, cuando evocaba al maestro alcalaíno, y otro más añadió hasta poco antes de su muerte. En esos montones se mezclan notas y apuntes, entremeses y breves piezas teatrales, algunas novelas, artículos no publicados, minutas y copias de su correspondencia, recogidos ahora por vez primera en este último volumen de sus Obras Completas. |
ESTA NUEVA EDICIÓN
Manuel Azaña ya no es un desconocido, como le parecía a su cuñado y confidente más íntimo, Cipriano de Rivas Cherif, allá por los años sesenta del siglo pasado. No lo es porque las monografías, artículos, exposiciones, representaciones de sus obras y coloquios sobre su persona y significación política han sido abundantes desde los años de transición a la democracia; pero también porque a la primera edición de sus Obras completas (México, Oasis, 1966-1968) por el profesor Juan Marichal —en la que tantos españoles aprendimos a conocer a Azaña— ha seguido la intermitente aparición de discursos, opúsculos y artículos publicados en revistas y periódicos de la época, que dormían en bibliotecas y hemerotecas y que su primer editor no tuvo ocasión de ver ni de incluir en lo que, andando el tiempo, adquirió por necesidad el carácter de unas obras no del todo completas.
La recuperación de varios folletos fundamentales, como El problema español, de 1911, o Apelación a la República, de 1924, sumada a la de numerosos discursos y artículos, merecía por sí sola una nueva edición de las obras de Azaña que incorporara todo lo que desde la década de 1970 ha visto la luz de forma dispersa en múltiples publicaciones. Pero es que a todos estos materiales, publicados en vida de Azaña aunque ausentes de sus Obras, se añadieron dos importantes hallazgos de documentos inéditos. El primero, en 1984, estaba formado por una cuantiosa masa de papeles de su archivo personal que habían sido incautados en Francia y entregados a la policía española por la Gestapo en 1940; años después, en 1996, la devolución por la hija del general Franco de tres cuadernos robados por el vicecónsul de España en Ginebra en el otoño de 1936, permitía completar la colección de los diarios escritos por Azaña en su etapa de presidente del Consejo de Ministros. Si estos cuadernos robados encontraron rápidamente su camino hacia el público gracias a la iniciativa y gestión de la editorial Crítica, de Barcelona, los documentos del archivo personal de Azaña, mucho más numerosos, fueron entregados por las autoridades españolas a doña Dolores de Rivas Cherif, viuda de Azaña y exiliada en México, y han permanecido desde su hallazgo inaccesibles al público y a los investigadores.
En una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en 1915, ponía Azaña en boca de un maestro que llevaba a un grupo de adolescentes de Alcalá a disfrutar de un paseo a orillas del río Henares unas palabras premonitorias: «Hallaréis un buen montón de papeles escritos de mi mano; todos están condenados al fuego. Yo he tenido la debilidad de conservarlos hasta hoy porque en ellos he ido dejando, casi día por día, las flores más espontáneas de mi espíritu y al intentar romperlos o quemarlos me detenía como si fuese a cometer una violación». Un buen montón de papeles condenados al fuego que Azaña no se atrevió nunca a romper; un buen montón del que no había pública ni cabal noticia y en el que se mezclan notas y apuntes de una o dos cuartillas, entremeses y breves piezas teatrales, algunas novelas inacabadas, varios artículos terminados pero no publicados, minutas y copias de su correspondencia y varios discursos y conferencias de los que en su día no dio noticia la prensa ni fueron publicados por su autor: eso era precisamente lo que esperaba ver algún día la luz en los microfilms que el Servicio de Reproducción de Documentos tuvo la precaución de conservar y catalogar y de los que procede un buen número de papeles —discursos, artículos inéditos, borradores— que ahora se publican por vez primera.
De manera que si se añadía este montón de papeles al considerable número de piezas sólo publicadas en libros, folletos, periódicos y revistas de la época, el resultado tenía que ser por fuerza una nueva edición sustancialmente incrementada de las obras de Manuel Azaña. Y esto es exactamente lo que el lector tiene ahora ante la vista: una nueva edición en la que podrá acceder a la mayor parte de los papeles aparecidos en 1984 y desconocidos hasta la fecha; a folletos y discursos publicados en vida de su autor pero hasta hoy no compilados en una única edición; a artículos de periódicos y revistas no incorporados a la anterior edición de sus Obras completas y, en fin, a algunos documentos que proyectan nueva luz sobre aspectos de su política o sobre acontecimientos dramáticos de su vida como, entre otros, algunas declaraciones ante jueces instructores en los procesos abiertos contra él en 1934 y 1935, la conversación telegráfica sostenida con Indalecio Prieto y Diego Martínez Barrio durante los días de mayo de 1937 en Barcelona o muchas de las entrevistas que concedió a periodistas y reporteros y que mantuvo con embajadores a lo largo de los años treinta.
En resumen, esta nueva edición de las obras de Manuel Azaña incorpora: 1) Todo lo publicado hasta hoy mismo, de manera que el lector pueda encontrar cualquier pieza de cualquier género —libros, folletos, artículos, discursos, conferencias, entrevistas, diarios, cartas, notas— que haya sido previamente objeto de publicación en la edición del profesor Marichal o por cualquier otro investigador. 2) Las series completas de artículos aparecidos en los periódicos y revistas de los que Azaña fue ocasional o habitual colaborador entre los años 1897 y 1923, entre otros, Brisas del Henares, Gente Vieja, El Imparcial y, sobre todo, La Pluma y España, dos revistas de las que fue director, editorialista y articulista más asiduo de lo que se podía pensar a la vista de las series hasta ahora publicadas. 3) Los discursos y conferencias pronunciados por Azaña que, sin haber sido objeto de publicación, y desconocidos hasta la fecha, se conservan microfilmados en el Servicio de Reproducción de Documentos, especialmente los pronunciados en la Academia de Jurisprudencia y Legislación, en el Ateneo de Madrid y en mítines del Partido Reformista durante el largo periodo de tiempo que va de 1902 hasta 1930. 4) Los discursos pronunciados entre 1931 y 1936 de los que hay texto taquigráfico en el Diario de Sesiones de las Cortes o en la prensa de la época, incluyendo también los que no han sido previamente objeto de publicación en ninguna recopilación de sus obras, entre ellos, los pronunciados en las campañas electorales de 1933 y de 1936, complementados con resúmenes y extractos periodísticos de discursos de los que no existen transcripciones taquigráficas. 5) Declaraciones y entrevistas concedidas a periodistas, enviados especiales y embajadores de Francia y del Reino Unido, publicadas o transmitidas en vida de Azaña, de las que existe una versión en la prensa o en archivos diplomáticos. 6) Los papeles —notas políticas, apuntes de crítica literaria, artículos, breves obras teatrales, novelas— no publicados en vida, pero que Azaña tuvo la debilidad de conservar hasta el fin de sus días en su archivo personal. 7) Por último, un buen número de cartas, entre las que
destacan las dirigidas por Manuel Azaña a su amigo Cipriano de Rivas Cherif, algunas de ellas publicadas en esta edición por vez primera gracias a la generosa autorización de D. Enrique de Rivas Ibáñez.
Dada la variedad y heterogeneidad de estos papeles, la decisión de publicarlo todo debía ir acompañada por algún criterio que ordenara el conjunto de la obra y cada uno de sus volúmenes. Parecía, ante todo, conveniente que una nueva edición de obras completas mostrara en su misma estructura la biografía de su autor: Azaña fue, casi desde el mismo momento en que comenzó a escribir, un político y un literato, repitiendo en cierto modo el modelo de escritor y político vigente en el siglo XIX, cuando alguien como Martínez de la Rosa podía estrenar en el mismo mes una pieza teatral y un estatuto real. Sin llegar a tanto, Manuel Azaña podía, en el mismo año, pronunciar una conferencia sobre Cervantes y lanzar un mitin en una plaza de toros llamando a la revolución popular por la República. Si él vivió así, como repartido entre su vocación literaria y su llamada a la política, no había por qué introducir una separación por géneros: la conferencia sobre Cervantes se codea en esta edición con su llamada a la revolución por la República. Salvo pocas excepciones, determinadas por la continuidad de series de artículos publicados en sucesivos números de La Pluma y España, la estricta cronología y no el género literario impone el orden de presentación.
Es evidente, por otra parte, que para Manuel Azaña no tuvo el mismo valor aquello que dijo en público o que dio a conocer al público por la escritura, que aquello que guardó en el cajón, tal vez porque no acababa de gustarle o quizá porque esperaba darle en el futuro una forma definitiva. Si para su autor no valía igual El jardín de los frailes que Cielo e infierno o La vara, su editor no debería colocarlos juntos. Por eso, las cuartillas de apuntes, las notas y los esbozos, los artículos que no llegaron a publicarse, las breves piezas teatrales que, aun terminadas, nunca fueron editadas o las novelas inacabadas, tendrán su lugar en un último volumen que recogerá papeles de archivo que Azaña nunca presentó en público por la palabra ni por la escritura.
De esta regla general se exceptúan la Vida de don Juan Valera, obra que obtuvo el premio nacional de literatura en 1926 pero que no satisfizo plenamente a su autor, y varias declaraciones ante los jueces instructores de las causas por las que fue procesado, por considerar que, al ser sometidos por el autor a la mirada de un tribunal, de un jurado o de un juez, estos papeles salieron en cierto modo del estricto ámbito de lo privado y merecen figurar entre las piezas publicadas.
En fin, y con el propósito de facilitar a los lectores la mayor cantidad de claves de lectura posible para la mejor comprensión de la estrechísima relación que guardan los escritos y los discursos con la personalidad de Azaña, los diarios y las cartas aparecen cronológicamente distribuidos entre los diferentes volúmenes como un necesario complemento de su obra escrita o hablada. Esta distribución parecía especialmente aconsejable para los años de República y Guerra Civil, cuando la relación entre los discursos y los diarios es tan íntima y es tan notable la presencia de su yo en unos y otros, que la lectura de los primeros exige, para su cabal comprensión, la cercanía de los segundos. A este mismo criterio obedece la inclusión —sin ánimo exhaustivo— de entrevistas y comentarios realizados por Azaña ante periodistas y representantes diplomáticos en los años treinta, que permiten un acercamiento complementario al personaje y a su manera de entender la acción política. Y, por no dejar nada atrás, se incluyen también los resúmenes de algunos de sus discursos, aunque carezcan del mismo valor que puede atribuirse a escritos publicados tras revisión por su propio autor o a discursos convertidos en textos por expertos taquígrafos y publicados luego por el mismo Azaña.
Con estos criterios, la presente edición aparece en siete volúmenes, separados por acontecimientos profesionales o políticos que marcan la vida de Manuel Azaña. El primero, con muy numerosas y relevantes novedades, abarca desde sus primeros escritos de 1897 hasta el regreso de su última estancia en Francia, en los primeros días de abril de 1920. El segundo se extiende desde el primer número de la revista La Pluma, aparecida en junio de ese mismo año, hasta la proclamación de la República el 14 de abril de 1931: es el que de manera más nítida permite ver al literato, al biógrafo, al historiador y al crítico de la política y de la cultura, facetas todas de las que este periodo presenta un concentrado de piezas de excepcional valor. Los volúmenes tercero y cuarto recogen lo dicho y escrito por Manuel Azaña desde el Gobierno de la República, primero como ministro de la Guerra y luego, sin dejar este empeño, como presidente del Consejo: es el tiempo de sus grandes discursos parlamentarios, de sus decretos de reforma militar y de sus imprescindibles diarios políticos. El volumen quinto es Manuel Azaña en las elecciones de 1933, en la oposición, en su detención a raíz de la revolución de octubre de 1934, en su campaña de movilización de la opinión, en su vuelta al gobierno tras las elecciones de febrero de 1936 y su elección en mayo para la presidencia de la República: son años de conflictos y discursos en campo abierto. El sexto volumen está dedicado a los años de guerra y exilio: discursos de guerra, indagación en sus causas, esfuerzos de mediación, conversaciones con embajadores, tumultuosas relaciones con los presidentes del gobierno, cartas de extraordinaria densidad. En fin, un séptimo volumen recoge la obra póstuma: escritos de juventud, obrillas teatrales, novelas inacabadas, materiales preparados para la imprenta que no llegaron a ver la luz y una colección de su correspondencia que el mismo Azaña agrupó en 1939 bajo el título Testimonio para la historia. Excepcionalmente, y debido a su dudosa autoría, se incluyen también en este volumen varios artículos anónimos aparecidos en La Avispa. En conjunto, los siete tomos que forman esta colección constituyen un documento de excepcional alcance y de muy singular valor para acercarnos a cuarenta años de historia política y cultural de España y para reconstruir sobre nuevas bases la biografía de quien mejor representó la ambición reformadora de la República y nos legó el testimonio más desolado de su cruel e inmerecido destino.
Esta nueva salida a la calle de las Obras completas de Manuel Azaña, amablemente autorizada por su familia y herederos, ha sido posible gracias al interés, generosidad y buen hacer de José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón, por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, y de Juan González y María Cifuentes por la editorial Taurus. A los contenidos de la primera salida, en noviembre de 2007, sólo se han añadido las cartas dirigidas por Azaña a Ramón del Valle-Inclán y a José Giral, incluidas ahora con autorización de las señoras Mercedes Alsina Gómez Ulla y Ángela y Adela Giral.
Quede constancia, una vez más, de mi agradecimiento a los responsables del Servicio de Reproducción de Documentos, Archivo General Militar, Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Nacional, Archivo General de la Administración, Archivo General de la Guerra Civil, Archivo de la Dirección General de los Registros y del Notariado, Hemeroteca Municipal de Madrid, y Mediateca y Biblioteca de la UNED. Gracias también a la atención prestada por archiveros y bibliotecarios de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Ateneo de Madrid, Archivo Municipal de Alcalá de Henares, Collège de France, Casa Museo Miguel de Unamuno, Fundación Pablo Iglesias, Fundación Indalecio Prieto y Fundación de Izquierda Republicana. Por la generosa colaboración de Enrique Moral Sandoval y José María y Julio San Luciano he podido completar las series de artículos publicados en Brisas del Henares y La Avispa. Gracias, en fin, a todos los colegas y amigos que han tenido la amabilidad de proporcionarme algún documento, recorte de prensa, folleto, carta, libro, que han enriquecido el contenido de estos volúmenes. Son, si la memoria no me falla: Alicia Alted, Jean-Pierre Amalric, Paul Aubert, Miguel Beltrán, José Antonio Calvo Oneto, Carmen Juliá, Antonio López Vega, Enrique Montero, Irene Muñoz Pairet, Pedro Muñoz Robles, Luigi Paselli, Alberto Reig, José Manuel Sánchez Ron, Joan M. Thomas, Javier Varela y José Varela Ortega. Ricardo Banzo y Javier Abásolo aportaron su larga experiencia en la preparación de textos para la imprenta y su escrupuloso seguimiento de la primera edición. Cristina Puerta Duviau y Elena Martínez Bavière han estado al cuidado de esta nueva edición. El resultado no habría sido el mismo si no hubiera contado, en su tramo decisivo, con la extraordinaria competencia de Carlos Ponce en la corrección de pruebas. Los índices son del mismo Carlos Ponce y de Ginés Ponce. La transcripción de la mayor parte de inéditos y de toda la correspondencia manuscrita se debe a Carmen Martínez Tellería, que ha combatido durante horas lupa en mano con una caligrafía que el paso del tiempo volvía cada vez más endiabladamente difícil de descifrar.
SANTOS JULIÁ
PRESENTACIÓN
Nació Manuel Azaña en la villa de Alcalá de Henares el día 10 de enero de 1880 y allí transcurrieron los años de su infancia. Muy niño aún, perdió a su madre, Josefina Díaz Muguruza, muerta el 24 de julio de 1889. Unos meses después, en septiembre del mismo año, moría su abuelo paterno, Gregorio; a comienzos del nuevo año, el 10 de enero, moría también su padre, Esteban Azaña Catarineu, alcalde de la ciudad, y dos años más tarde su hermano Carlos. La casa triste, así recordaba Manuel Azaña el hogar de su niñez, ensombrecida por la presencia de tanta muerte; casa triste, como la indefinible tristeza que emana de las fotografías de este Manolito, precoz devorador de libros en el despacho de su padre, confiado a los cuidados de su abuela materna, que con su tío, Félix Díaz Gallo, decidieron que Manuel iniciara estudios de derecho en el Real Colegio regentado por la Orden de San Agustín en El Escorial.
En Zaragoza, donde los alumnos de los agustinos se presentaban a exámenes, y con el título de licenciado bajo el brazo, le sorprendió la noticia del desastre de la escuadra española que pondría fin a la guerra de Cuba.
Tras una breve estancia en Alcalá, que dio pie a sus primeros escarceos literarios en Brisas del Henares, el joven Azaña se matriculó en los cursos de doctorado de la Universidad Central. Su tesis, La responsabilidad de las multitudes, muestra ya un pensamiento independiente del sentir común del momento, basado en un método que le distingue también del espíritu dominante en los círculos intelectuales madrileños.
De 30 de octubre de 1899 es su inscripción como socio de la Academia de Jurisprudencia, donde poco más de dos años después, el 22 de enero de 1902, leyó en sesión pública su primer discurso, La libertad de asociación. Como ya ocurriera con la memoria doctoral, su interés se centra en una de las cuestiones más candentes en los primeros años del nuevo siglo aunque, de nuevo, con un argumento que lo distancia del fervor anticlerical de los más destacados literatos del 98. Esta «obra magna de mis 21 años llamada a producir una verdadera revolución en las ideas políticas», según comentaba a su amigo José María Vicario, despertó gran interés y fueron muchos los personajes que le escribieron prometiéndole su intervención en el consiguiente debate, que se extendió durante varios meses.
Fueron meses de estudio y reflexión que transformaron al tímido defensor de una memoria en dueño de recursos oratorios poco habituales en alguien de su edad. De ellos hará gala en otras dos intervenciones en sendos debates de las memorias Educación y matrimonio de los reyes y El contrato de trabajo, presentadas por jóvenes socios de la Academia de Jurisprudencia. En conjunto, Azaña fue autor en poco más de un año de cuatro piezas oratorias que matizan la imagen del joven despreocupado y trasnochador, y que revelan, por el contrario, a un joven estudioso, preocupado por os problemas de su tiempo, que prefiere una evolución continua y lenta, una reforma suave pero sostenida, como mejor vía para modificar de manera permanente y eficaz la organización de un pueblo a la transformación que se impone por la fuerza, produciendo trastornos a la sociedad. El joven Azaña se manifiesta en estos discursos como accidentalista en lo que se refiere a forma de gobierno, si monarquía o república, y como reformista en lo que respecta a la transformación de la sociedad, que confía más a la lenta acción del derecho que a los movimientos revolucionarios.
Pero un comienzo tan prometedor para un joven que cumplía entonces sus veintidós años no tuvo continuidad en lo inmediato. Unos artículos en la revista Gente Vieja, en la que le introdujo su tío Félix, es todo lo que publica hasta que se presenta a una oposición a auxiliar de la Dirección General de los Registros y del Notariado en junio de 1910. Dedicado en su Alcalá natal a rellenar cuartillas con proyectos de novela que nunca verán la luz y a trabajos agrícolas e industriales, en los que acabó perdiendo «por bobería y sin malicia» su patrimonio, Azaña no vuelve a la escena pública hasta que pronuncia en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares su primera conferencia política el 4 de febrero de 1911. Si en la tesis doctoral había afrontado el problema de la multitud, y en la Academia de Jurisprudencia los de la libertad de asociación, forma de gobierno y contrato de trabajo, ahora querrá decir también su palabra sobre El problema español, asunto muy disputado desde la crisis de 1898. Pocos días después de llamar a sus conciudadanos a intervenir en las luchas políticas, Azaña dirigió a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas una solicitud de pensión por un periodo de seis meses, que le fue concedida por Real Orden de 25 de septiembre de 1911. A pesar de haber comunicado a la Junta su deseo de disfrutar la pensión desde ese mismo día, Azaña no llegó a París hasta el 24 de noviembre. Olvidado de Alcalá, de las yuntas y de la cebada, pero también de Madrid y de la Dirección General, la estancia en París le sentó tan bien que el 1 de mayo de 1912 presentó ante la Junta la solicitud de una prórroga por otros seis meses, que le fue denegada. Permaneció, sin embargo, en París, con una escapada a Bélgica, hasta el 28 de octubre de 1912. Su primera salida al extranjero habrá durado, pues, once meses, de los que han quedado una serie de «Notas de París», enviadas bajo el seudónimo de Martín Piñol a La Correspondencia de España, periódico donde ya había comenzado a colaborar unas semanas antes de su viaje con dos piezas fundamentales sobre el influjo francés en la cultura española y el significado de la juventud del 98.
Poco después de su regreso a Madrid, Azaña se presentó como secretario primero en una candidatura a la junta directiva del Ateneo, aunque desde la incorporación a su nuevo cargo ejerció en realidad una función presidencial porque Rafael María de Labra, hasta su muerte en 1918, no dio la impresión de ocuparse de los asuntos de la institución. Por eso, desde la primera junta extraordinaria que le correspondió presidir, en mayo o junio de este mismo año de 1913, será él quien asuma la responsabilidad de los debates a que siempre dan lugar las juntas generales. Esta actividad como una especie de secretario-presidente, que devolvió a la institución estabilidad y lustre, saneó sus cuentas e incrementó los fondos de su biblioteca, se vio acompañada de inmediato por su incorporación al Partido Reformista. Eran momentos de gran efervescencia política entre los jóvenes que percibían los síntomas de agotamiento del sistema canovista tras el asesinato del liberal José Canalejas, y la negativa de Antonio
Maura a seguir el juego del turno. Ocurría en enero de 1913, el mismo mes en que Ortega enunciaba como tarea de la nueva generación la necesidad de «hacer la experiencia monárquica». Azaña escuchó la llamada y se adhirió al empeño: firmó el prospecto de la Liga de Educación Política, asistió a los banquetes convocados en homenaje al líder del nuevo Partido Reformista, Melquía- des Álvarez, y se inscribió en su partido.
De modo que, cuando comienza su experiencia reformista, Azaña es ya un hombre maduro que se ha planteado los problemas más acuciantes del momento: la responsabilidad de la masa en la política, la relación de la Iglesia y el Estado, la situación de la clase obrera, la crisis del 98, la crítica política a la emergente generación literaria, el célebre problema de la decadencia española, los obstáculos opuestos por los estamentos tradicionales —clérigos y militares— y por el caciquismo a la democratización del Estado, la influencia de Francia en la cultura española. Lo ha hecho como resultado lógico, casi obligado, de su liberalismo templado, de su confianza en el valor transformador de la ley, de su reivindicación de la democracia, de su preocupación social; pero lo ha hecho también como consecuencia de su llamada a la responsabilidad y a la acción política de ciudadanos capaces de asumir su condición de cuerpo electoral para erosionar el caciquismo.
Todo ese bagaje de pensamiento y de actitud política experimenta una evidente radicalización desde el mismo momento en que se estrena como propagandista y orador político con dos piezas de las que, hasta hoy, sólo teníamos noticia por breves reseñas de prensa. En el Polistilo, y como parte del ciclo de «Conferencias Reformistas» celebrado en diciembre de 1913, Azaña se incluye entre la gente nueva que «vio en el nuevo partido una organización de moldes tan modernos y amplios que sintió renacer en su alma la esperanza y vislumbró la posibilidad de que sus ideas radicales, radicalísimas, encontraran campo donde holgadamente pudieran desenvolverse». Él, por su parte, cree que la tarea política consiste en instaurar un régimen parlamentario en el que la voluntad soberana del pueblo tenga su perfecta representación. Pero es de notar su insistencia en un Estado soberano, laico, secularizado, órgano de la cultura e instrumento de la justicia social, como lo es también su preocupación por la reforma agraria y su ya reiterada insistencia en el evolucionismo frente a la revolución. El reformismo es ahora «la revolución sin sangre», una revolución realizada por los medios legales.
El entusiasmo por la acción política no agostó su vacilante vocación literaria. El Ateneo de Madrid, tanto como a la política, concedía su atención a las letras y a las ciencias y, en la primavera de 1915, el presidente de la Sección de Literatura, Francisco A. de Icaza, organizó una serie de conferencias bajo el título genérico de «Guía espiritual de España». Comenzó el ciclo el 28 de marzo con la de Benito Pérez Galdós sobre Madrid, que fue leída por Serafín Álvarez Quintero y comentada por Luis Bello y finalizó el 27 de mayo con la conferencia del secretario del Ateneo, que evocó con un sentido lirismo Los días del Campo Laudable y, quizá, a un maestro de su primera infancia, llevado a la ruina por la competencia que a su educación civil y liberal plantaron los escolapios. Alcalá aparece aquí como campo glorioso de los dioses griegos hasta que comienza, con la llegada de los jesuitas, la era de la erudición grotesca, sin ciencia ni emoción. Alcalá de Santiuste ha dejado de existir, lamenta el conferenciante, convertida en sepulcro bienoliente de una momia sagrada.
1915 no es sólo el año en que Azaña afirma su presencia en el Ateneo como literato; es también el año en que Melquíades Álvarez se acerca a los liberales con el propósito de incorporarse al sistema del turno. Ni a Azaña ni a Ortega les convence la deriva de un partido que se había presentado como una opción alternativa a aquel sistema fraudulento y que había tenido como un deshonor mezclarse con el Partido Liberal. En la reunión plenaria de la junta nacional, Ortega dice que la menor aproximación a Romanones «nos desprestigia ante la opinión pública y nos anula como fuerza política». Azaña, por su parte, apunta en su diario que no encuentra ninguna razón de peso «contra la gran idea de constituir un partido radical dentro de la Monarquía» y lo que reprochará a Álvarez y a la dirección del partido en la asamblea de mayo de 1916 será no haber hecho nada «por ganarnos la opinión». Sin incorporarse decididamente al turno dinástico y sin pelear por la opinión, el reformismo está «muy disminuido», agotados el impulso y las grandes expectativas que acompañaron su fundación. La situación del partido, dice, ante el descontento de muchos señores, es dificilísima: se encuentra en un callejón sin salida.
Tal vez este creciente malestar con su jefe político y con la dirección que emprendía el reformismo, añadido a la movilización de los espíritus levantada por la Gran Guerra con el debate entre aliadófilos y germanófilos, explique el tono progresivamente crítico que adopta Azaña al analizar las cuestiones que caen bajo su mirada.
Sorprende que elija El País, diario republicano, para publicar en noviembre de 1915 su primera incursión en el terreno de las reformas militares. Su veredicto es contundente y extensivo a todos los ramos de la Administración: «La injusticia del régimen militar español —escribe— se encuentra ya en la fuente de ese poder, en el sistema de reclutamiento. El despilfarro se comprueba por comparación de los recursos en hombres y dinero que el país ha puesto en manos de todos los gobiernos y el rendimiento nulo que se ha obtenido. La ineficacia del organismo que hemos creado, ¡a la vista está!». Y en ese punto, enuncia lo que después reiterará cada vez que se enfrente a la cuestión de la neutralidad española en la Gran Guerra: la verdadera causa de la abstención de España es «nuestra impotencia militar absoluta, mejor conocida por los que hubieran podido pedirnos ayuda que por los españoles mismos».
En esa progresiva radicalización, fue decisiva una nueva salida a Francia, como representante del Ateneo en una comisión de intelectuales que devolvía a sus colegas franceses, en octubre de 1916, la visita que éstos habían realizado a España en abril y mayo. A su vuelta del frente, la lección universal impartida por Francia durante la Gran Guerra fue el objeto de una preciosa conferencia acompañada de la proyección de fotografías, que impartió en el Ateneo y que luego publicó con el título Reims y Verdun. La capacidad de soportar disciplinadamente el horror y la repulsiva fealdad de la guerra en un ejercicio de amor a la patria, de virtud cívica, fuerza moral, cohesión nacional y autonomía individual, entrañaba una lección también para España, que explicita en su segunda conferencia —íntegramente reproducida por vez primera en esta edición— con el título Los motivos de la germanofilia, cuando denuncia la falta de preparación diplomática, militar, política, moral, en que la guerra había sorprendido al Estado español. La neutralidad no fue una opción libre, sino impuesta por una indefensión, por la carencia de medios militares capaces de medirse con los ejércitos europeos. De esa neutralidad obligada era preciso salir, «poniéndose de parte de los aliados».
La Gran Guerra había abierto la expectativa de que un cambio profundo en las costumbres y en la vida política española era posible y Azaña decide presentarse como candidato a diputado por el distrito de Puente del Arzobispo en las elecciones de febrero de 1918. Es la ocasión de su primer discurso electoral, rescatado para esta edición. El candidato reformista propone la formación de un frente único de las izquierdas, evocando la experiencia de 1910 y se explaya en su concepto de patria que «no es la monarquía, ni la religión, ni el territorio nacional; no es la tierra que nos ha visto nacer, ni el cielo que nos cobija, ni las tradiciones de nuestros antepasados, ni los recuerdos familiares, ni otra porción de sentimientos placenteros o tiernos, que todos los hombres tienen, desde los más civilizados a los más salvajes». La patria en que piensa Azaña es la asociación de hombres libres que viven bajo su ley, hecha por ellos, que vive de garantía y defensa de nuestros derechos. Es la libertad y es la justicia «y cuando la justicia no existe, los hombres de una nación podrán ser esclavos, podrán ser siervos, podrán vivir como los animales viven. Pero no serán hijos de una patria».
Su interés por los temas militares quedó ratificado al recibir el encargo de preparar la ponencia sobre Guerra y Marina para la asamblea del Partido Reformista, celebrada en noviembre de 1918. En sus propuestas de política militar aparecen las mismas preocupaciones que guiarán años después la reforma republicana: alejar al ejército de las contiendas políticas, reducir la jurisdicción militar a lo estrictamente necesario para mantener la disciplina interior, impedir que siguiera aumentando el número ya excesivo de oficiales, respetar los derechos adquiridos al amparo de las leyes, reducir el tiempo del servicio en filas. Y más allá de este programa de reformas, sus Estudios de política francesa. La política militar rastrean la base moral y cívica sobre la que se asienta esa política. Azaña investiga sobre el ejército francés con la vista fija en el español. Francia es ejemplo de Estado civil, con los derechos individuales garantizados y dotado de una eficaz y poderosa fuerza militar. España ofrece, sin embargo, el caso inverosímil en que se ha sacrificado al mismo tiempo la libertad y la seguridad: un ejército ineficaz para la defensa nacional, costoso para el erario,
privilegiado entre los ciudadanos, pero al mismo tiempo amenazador de la libertad personal y obedecido por el poder público.
El fin de la Gran Guerra renueva entre los reformistas la expectativa de que la monarquía aceptará, por su propio interés, el programa ofrecido por Melquíades Álvarez. En sus crónicas sobre la vida política española escritas para la revista francesa Hispania en 1918 —que se reproducen en esta edición según el texto original—, Azaña opone las transformaciones que experimenta la sociedad española al peso muerto de un mundo político que no ha participado en esa evolución: la corrupción del sufragio y el descrédito en que ha caído es una de las obras más funestas de los gobiernos de la Restauración que han sembrado la desconfianza entre los españoles. El resultado era una mayoría aplastante para el gobierno que, sin embargo, nacía condenada a corta vida por escisión de la misma mayoría o por descontento del otro partido. A esa «desagregación de los partidos» se sumaba el problema militar. Azaña nunca se tomó a la ligera la actuación de los militares ni depositó en ellos ninguna esperanza de regeneración: el día 1 de junio de 1917, escribe un año después, marcará una fecha histórica en la vida política española: ese día el problema militar entró en una fase violenta. Pero estaba convencido, a finales de 1918, de que si el Partido Reformista mantenía la integridad de sus doctrinas y la independencia de su conducta, con su programa de reforma constitucional, autonomía local, democratización del ejército, nuevo régimen fiscal y reforma de la propiedad agraria, podría ser el «instrumento indicado para la transformación de la política española».
No lo fue: a la expectativa levantada por el triunfo aliado siguió la mayor frustración y la radicalización de aquellos elementos que, como Azaña, habían combatido como aliadófilos por pensar que su triunfo garantizaba un futuro democrático para España. Su evidente decepción estalla en el mitin convocado por el Partido Reformista para exponer su actitud en mayo de 1919, cuando Antonio Maura, que acababa de suceder a Romanones al frente del gobierno, consiguió el decreto de disolución y convocó nuevas elecciones con la ayuda del gran cacique La Cierva. Pero, ahora, la irritación de Azaña por el rumbo que toma la política no se traduce en nuevas propuestas de acción ni en acercamiento a grupos políticos más radicales. Sigue desconfiando del republicanismo histórico y no se siente atraído por un partido socialista que atraviesa una profunda crisis. En estas circunstancias, sólo quiere una cosa: alejarse de todo, de Madrid, del Ministerio, dejar el Ateneo, ir otra vez a París. Y allí lo encontraremos de nuevo, desde octubre de 1919, dedicado a traducir del francés y del inglés y a enviar a El Fígaro y luego a El Imparcial las impresiones más bien críticas que le suscita la Francia de la posguerra. No tiene prisa en regresar y hasta presiente volver tarde en el caso de que pudiera organizar su «producción de forma regular».
No parece haberlo conseguido o tal vez se cansó de su trabajo como enviado especial: lo cierto es que a finales de marzo de 1920 anuncia ya su vuelta a casa, que encuentra silenciosa: «En mi cuarto huele a libros, a madera. ¡Qué blanco, qué claro en esta noche de soledad!», escribe en un cuadernillo de apuntes. No sabe muy bien a qué dedicar el tiempo: ni la Dirección General le entusiasma, ni el Partido Reformista le atrae: los reformistas, que dos años antes eran la única esperanza de renovación política, pueden aspirar ahora «a administrar honradamente el caciquismo».
Habrá, por tanto, que dedicarse a otros menesteres: en España, desde el 1 de mayo de 1920, aparece una serie de artículos en los que, bajo el común epígrafe de La crítica de la guerra en Francia, pasa revista al papel desempeñado por el Estado Mayor, los técnicos, los generales, vistos ahora bajo otra luz. Con esta serie, complementada para esta edición con «El espíritu público en Francia durante el armisticio», publicado en La Pluma, culminan los escritos de Manuel Azaña sobre política francesa con los que se cierra este primer periodo de su biografía y este primer volumen de sus obras.
SANTOS JULIÁ
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