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Cuando desde ‘ANTHEMA’ me pidieron que escribiese un prólogo editorial para este libro –«Salamanca y sus automotores» de Juan Carlos Casas Rodríguez–, inmediatamente pensé que nadie mejor, ni más cualificado para hacerlo, que nuestro recordado amigo Enrique de Sena, que tanto sabía sobre los ferrocarriles salmantinos; pero hace años que se marchó para siempre de este mundo y, además, sin dar culmen a uno de sus proyectos más queridos por él y sobre el cual tuvimos largas e interesantes charlas amicales: escribir la «Historia del ferrocarril en Salamanca». Apesar de todo, Enrique de Sena sí nos dejó numerosos artículos publicados sobre el tema y si alguien tomase, algún día, el relevo de la idea, sin duda tendrá que recurrir en sus citas a mencionar al gran periodista fallecido; por justicia y por obligado referente.
Desde la revolucionaria invención de la rueda, cuya aparición queda perdida en la noche de los tiempos (si no hacemos caso a una tablilla de arcilla hallada en las ruinas de Ur, en Mesopotamia, que sitúa su aparición hacia el año 3500 antes de nuestra era), los transportes utilizados por la humanidad –tanto los terrestres, como los marítimos o los aéreos– han sido numerosos y diversos. Mas, quizá, en su largo encadenamiento haya sido el eslabón del ferrocarril el que más impactó (hasta ahora y puntualmente) en el decurso de esta parcela del desarrollo de la civilización.
El día 15 de septiembre de 1830 –en plena y avanzada revolución industrial– podemos asegurar que es la fecha en la cual se inició la era del ferrocarril. Efectivamente, aquel martes comenzó a funcionar la que, desde entonces, es considerada como la primera línea regular ferroviaria de pasajeros. Dos ciudades industriales, Liverpool y Manchester, situadas geográficamente en una aurícula del corazón de Inglaterra por donde corren las aguas del Mersey, quedaron unidas por el ferrocarril. La mítica locomotora de vapor de George Stephenson, bautizada con el nombre «The Rocket» (el cohete), hermanó ferroviariamente las dos ciudades, alcanzando en algunos momentos del trayecto la espectacular velocidad de, casi, 45 kilómetros por hora; inimaginable en aquella época. Y a partir de aquel momento estelar la difusión del ferrocarril, como medio de transporte humano y de mercancías, comenzó a ser una rápida y gozosa realidad; pues a mediados del siglo XIX (concretamente en 1850) en Europa, el Reino Unido contaba ya con 11.000 kilómetros de red viaria, Alemania con 6.000, Francia 3.000 y acercándose a 2.000 el imperio austro-húngaro.
En cuanto a España, hicieron falta dieciocho años más (después de la efeméride Liverpool-Manchester) para que se viviese aquí una jornada parecida. Fue el sábado 28 de octubre de 1848 el día en el que se inauguró la primera línea de ferrocarril en nuestra península, entre las localidades catalanas de Barcelona y Mataró, apenas separadas por 28 kilómetros; si bien se conoció en los años siguientes un rápido crecimiento del nuevo medio de comunicación que sitúa, en 1875, la longitud de la red nacional en algo más de 6.120 kilómetros.
Respecto a Salamanca, es el 8 de septiembre de 1877 la fecha señalada para la inauguración oficial de la estación de ferrocarril con la llegada a la ciudad del primer tren de viajeros procedente de Medina del Campo. Una fecha que se hizo coincidir con el inicio de las ferias septembrinas y un acto académico-literario organizado por el claustro de profesores de la Universidad; eventos que contaron con la presencia del rey Alfonso XII y que tuvieron una gran repercusión popular. Para poder comprender qué pudo suponer la llegada del ferrocarril a Salamanca, sirva recordar que sólo seis años antes se iniciaban gestiones municipales para sustituir el aceite de las escasas farolas de alumbrado público, por el gas; que el agua potable aún era traída a la ciudad por una multitud de aguadores; que no había red urbana de alcantarillado; que faltaban aún doce años para que la electricidad estuviese en Salamanca, etcétera... Sí, la llegada del ferrocarril a la ciudad fue un hito histórico, aunque la repercusión en la prensa local discurrió por vías más líricas que de testimonio historicista... Así, por cuanto tiene de curioso, recordemos que el gran vate Ventura Ruiz Aguilera, haciéndose eco del suceso, publicaba en «La Revista de Salamanca» un poema (dedicado a José Echegaray), titulado «La locomotora», con versos como «¿Adónde irá?... Más allá, más allá!, aseverando que «ella dilata / los horizontes»... Y también en el mismo número, firmado por José Genaro López Báez, otro poema «testimonial» titulado «El vapor», en el que podemos leer versos que dicen: «Áspero olor, en turbias espirales / despide la viril locomotora»... O la justificación del hecho recogida, también en versos, por el cronista de la ciudad (ni más ni menos que Manuel Villar y Macías) quien en su poema titulado «A los ferrocarriles», enardecido, exclama: «En rápida carrera atronadora, / rauda locomotora, / va el infinito espacio / devorando»... Como lo escrito por otro de los redactores del mismo medio y número, desmelenado poéticamente, que nos dejó en «A Salamanca» aquellos versos: «De rauda locomotora / los prolongados silbidos, / vibra ya en nuestros oídos / presagiándonos la aurora / de una era generadora»... Y así más lindezas, como corresponde a la época... Es más, el mismísimo rey Alfonso XII, quizá contagiado por la fiebre Calíope, en el discurso que pronunció en la Universidad y refiriéndose al extraordinario acontecimiento de la llegada del primer tren a la ciudad, pronunció palabras como: «Hoy, que Salamanca renace a nueva vida, y que el silbido de la locomotora le anuncia su unión con el resto de España (bla, bla, bla)»...
Pero es después de aquel memorable día 8 de septiembre de 1877, cuando el ferrocarril se incrusta definitivamente en el vivir y quehacer de Salamanca y su provincia, convirtiendo a la capital, con el paso de los años, en un importante nudo ferroviario del que Juan Carlos Casas nos deja en este libro constancia de una serie de fechas que, entendemos, son dignas de ser estudiadas histórica y sociológicamente en profundidad: la presencia masiva de obreros en el tendido de líneas y su repercusión social; la supresión técnica de obstáculos naturales mediante el levantamiento de modernos puentes y la perforación de túneles; los pasos dados en la construcción del llamado, en su época, ferrocarril transversal de Malpartida a Astorga; el largo camino desde Salamanca hasta Ávila, que no termina salvo llegado septiembre de 1926; y un etcétera pleno de interés historicista.
Juan Carlos Casas (que ya cuenta con otras obras sobre el tema ferroviario) aborda en este libro, de forma amena y con riqueza iconográfica, un tema muy concreto y un período muy reciente: «Salamanca y sus automotores. 1945-2004: repaso a 60 años de historia». Pero entendemos que no debe cerrar su trabajo con lo hecho, pese a su especialización en el material de tracción diesel, sino que debe recuperar el pasado comprendido entre 1877 y 1944, circunscribiéndose a Salamanca; cuando las locomotoras de vapor imperaban. Todos se lo agradeceríamos.
José Luis Giménez Lago
Prólogo, por José Luis Giménez Lago 9
Introducción 13
Parte I. Automotores legendarios 17
Salamanca, epicentro de líneas 19
La Compañía RENFE y los primeros automotores 24
Los TAF, los Ganz, los Renault... 29
Llega la revolución, llega el Ferrobús 35
Se estrenan instalaciones y hay traspaso de poderes 38
Parte II. Automotores, política y economía 49
La triste suspensión de servicios 49
Aparecen los automotores Fiat 593 51
El fin del Ferrobús en España 56
La creación de Regionales-Renfe 59
El Ferrobús resucita en Salamanca 60
Un incompleto abanico de servicios 63
La problemática de Peñaranda 67
Parte III. Automotores viejos y nuevos 69
Supremacía y decadencia de los Fiat 593 71
Y tuvieron descendencia, los TL 596 75
El salto de calidad de los TRD 594 79
Trenes modernos, estación moderna 83
La basculación llega a Salamanca 84
En espera de trenes eléctricos 88
Agradecimientos y Bibliografía 91
c/ Plana Sancho, 17
44564 - Mas de las Matas (Teruel)
Tlfs. 978 849970 - 686 110069