El viaje a Real de Montroy

por Avelino Zapater Gil

 

 

 

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NOTA: La redacción y argumentación de este documento es aportada por mi hijo político Carlos Pedro Martí que ante mi pereza por escribir le he narrado en las esperas de las comidas y lo ha hecho por mí; ha sabido interpretar fielmente mis sentimientos y me ha motivado a seguir escribiendo.

     En adelante seguiré escribiendo lo más significativo de mi vida.

 

     Lo dedico a mis familiares que me ayudaron en momentos difíciles.

 

 

 

 

Estructura de la historia:

Comienza con el viaje a Real de Montroy.

Se entremezcla el viaje con los recuerdos vividos.

 

Capítulo 1. El comienzo del viaje.

Capítulo 2. La escuela.

Capítulo 3. La implantación del comunismo libertario.

Capítulo 4. Estallido de la guerra.

Capítulo 5. La colectividad.

Capítulo 6. El exilio. El viaje.

Capítulo 7. El exilio. La vida en Real

Capítulo 8. El exilio. La escuela racionalista.

Capítulo 9. El fin de la guerra.

Capítulo 10. El regreso a casa.

Capítulo 11. La época oscura. La represión.

Capítulo 12. El río de la vida.

 

 

 

 

Capítulo I. El comienzo del viaje

 

Uno imagina la vida como una sucesión de eventos más o menos lineal, como el árbol que tras una niñez buscando la luz pasa a una esplendida juventud, donde da sus frutos, para irse apagando en la vejez con el paso del tiempo.

 

Para los nacidos en 1925 la historia no es tan lineal, y para los nacidos en familias de pocos recursos bastante menos. Crecimos demasiado rápido, movidos por los aires de libertad de la república de 1931 y nos apagamos en 1939 por la terrible represión del régimen de Franco. Hijos de una España rural anclada en la edad media, con la propiedad mal repartida y con un control férreo impuesto por los caciques locales y la Iglesia. Con unas comunicaciones arcaicas, hechas de caminos llamados de herradura, con anchura para el paso de caballos, que en mayor número eran mulos o burros. Donde el trabajo del campo era manual, con el arado romano, la hoz con alguna guadaña y una herramienta de huerta: la azada.

 

La historia del árbol que crece también se puede ver truncada por muchas causas: un incendio, una sequía, una inundación, una granizada, un terremoto. A nosotros que contábamos con 11 años cuando estalló la guerra, nos arrollaron todas ellas. Pero fue un simple temblor comparado con los años que siguieron al final de la misma, parafraseando a Gironella “Cuando estalló la PAZ

 

Pero comencemos la historia por el final, mi nombre es Avelino Zapater y si por algo se me conoce en mi pueblo, es por ser apicultor, colmenero o mielero; pero no me he limitado a recolectar la dulce miel, si no que he estudiado el comportamiento de las abejas e incluso he escrito algún artículo con mis investigaciones. Pero dejemos al insecto en el campo y centrémonos en mi actividad. La apicultura que he practicado es la trashumante, es decir; las colmenas las trasladamos de un lugar a otro según la época del año y el estado de las floraciones. Allá donde vas hay que pedir permisos y contar con personas de confianza que vigilen tus colmenas, creando relaciones que acaban siendo de sincera amistad. Porque la ayuda mutua, la hospitalidad y las ilusiones crean una historia común que acercan y unen a la gente del oficio.

 

Suena el teléfono; es José Ramón, un amigo, también apicultor, de Santa Magdalena de Pulpis, un municipio cercano a Peñíscola en Castellón. Se ha puesto en contacto con él una mujer, Antonia, de Real de Montroy (Valencia), necesita localizar una persona que atestigüe que su marido ya fallecido alcanzó en la guerra el grado de teniente. Mas de las Matas, mejor dicho muchos de sus habitantes, se exiliaron en Montroy y Real de Montroy en los años 1938 y el 1939 huyendo del avance de las tropas fascistas. Su marido Gregori Durán, fue uno de los que acogió a aquellas gentes, las acomodó en su pueblo y procuró que nada les faltara.

 

En ocasiones vemos la televisión y parecen de otro mundo las filas de exiliados, la gente sin recursos, que huye de algún lugar en guerra. Pensar que eso ocurrió aquí, hace 70 años, y parece que nadie quiera recordarlo. La diferencia es como fuimos recibidos, alojándonos en sus mejores casas y repartiendo con nosotros sus alimentos.

 

Siento tristeza, que en mi pueblo, no exista ni siquiera una placa de agradecimiento a aquellos pueblos que son parte de nuestra historia y que tan generosos fueron con nosotros.

 

Antonia quería acogerse a una de las ayudas que concedieron por los años 90 para los militares republicanos. Ayudas que nunca significaron ni compensación moral ni económica, pero dada la exigua pensión que recibían en España las viudas, muchas de ellas no estaban en condiciones de rechazar. Necesitaba dos testigos, uno ya lo tenía, el otro enterándose por unos primos del pueblo de Santa Magdalena, que un camión de Mas de las Matas aparcaba por cerca de su casa, y que unos hermanos del pueblo tenían amistad con ellos, quiso localizar a un amigo de su marido de  dicho lugar, que como él, era de la quinta del 37.

 

Corría el año 95 y pregunté por el pueblo a los pocos supervivientes de dicha quinta, pero nadie parecía conocer a Gregorio Durán, luego como supe más adelante, su amigo no era de Mas de  las Matas sino de las Parras de Castellote, que al ser pocos y habiendo pasado muchos años, no quedó en Real de Montroy, más recuerdo que el de nuestro pueblo. En todo este tiempo, habíamos hablado en más de una ocasión por teléfono con Antonia y ella muy hospitalaria nos había ofrecido su casa para ir a disfrutar de sus fiestas patronales, que dicho de paso, coincidían con las nuestras.

 

Ya verano del 96, Antonia nos llama: ha encontrado otro testigo, pero me agradece mi esfuerzo y nos invita a las fiestas, incluso creyendo que nosotros teníamos ovejas, que no abejas nos tenía preparada una paridera, que ellos ya no utilizaban. Aclarado el entuerto declinamos su invitación, no sin decirle lo mucho que me apetecería visitar todo aquello.

 

Como las bolas de nieve, todo comenzó cuando comenté a mi hija y mi yerno, que estaban de vacaciones, lo mucho que me apetecía ir. Ellos me animaron y se comprometieron en acompañarnos. Así que fui haciendo planes, podíamos aprovechar en visitar a un amigo, Francisco Herrero, que era peluquero en un pueblo cercano a Real, Llombay. Francisco se casó el mismo día que nosotros y su esposa, de la que enviudó, era prima de mi cuñada Pilar. Aquel día se celebraron en Mas de las Matas, tres bodas, la de Francisco, la de mis cuñados Abilio y Pilar, y la nuestra.

 

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Francisco Herrero (izquierda) y yo, Avelino, a la derecha

 

 

Capítulo II. La escuela.

 

Mas de las Matas era entonces un pueblo eminentemente agrícola, rodeado de huerta, y con la propiedad muy repartida. La aspiración de las familias era que los hijos siguieran la tradición familiar, como excepción algunos cansados del campo, pasaban a trabajar en las minas de carbón de los pueblos cercanos, pero en aquella época el minero estaba mal pagado y los riesgos eran muchos, pocas madres aceptaban de buen grado que sus hijos fueran a la mina.

 

La huerta daba para comer, lo que ahora dicen los economistas; economía de supervivencia. La fruta: de la cereza en junio, pasando por el albaricoque, el melocotón, la pera, la manzana, el membrillo, las moreras, el melón, la sandía, la uva, los frutos secos: almendra y nuez. Para los meses de invierno se recurría a colgar las manzanas y las peras, a secar tiras de melocotón (orejones), a conservas y mermeladas. Unido todo a encontrarnos a menos de 100 Km. de Vinaroz muchos valencianos traían naranjas para cambiarlas por patatas, trapos y suelas de alpargatas. Si hiciéramos repaso de las verduras la lista serían más larga, buena tierra para patatas y judías blancas, verduras resistentes al hielo como la borraja, las espinacas y las acelgas; tomates, pepinos, pimientos, judías verdes, ajos y cebollas…

 

Quizás un poco más escaso el pan, pues en la tierra de secano compartía protagonismo con la vid, el olivo y el almendro. Todo unido a una tierra por la que corrían cantidad de conejos, liebres y volaban perdices, codornices y tordos. No todo el mundo poseía escopeta, pero sí perros perdigueros y un montón de trampas, rateras; que hacían de la caza, una parte de la actividad diaria. Si además nos encontramos con un río, con truchas, barbos y madrillas, donde era tradición la pesca con red (manga o jarcia) y que en sus orillas el cangrejo autóctono era abundante. Unido a los caracoles que eran una plaga en la huerta. Y en otoño y primavera si las lluvias eran copiosas, cosa que no siempre sucedía, estaba la seta de cardo (panical), las de chopo y en otoño el robellón y el baboso.

 

Se comprende que no se pasaba hambre, además falta nombrar una gran fuente de recursos, el corral: gallinas, conejos, pavos, patos y un pequeño rebaño de ovejas y cabras. Así como el rey, el cerdo, que se cebaba durante un año y se aprovechaba de él hasta el sebo para hacer jabón. Aceite de oliva, hecho en las antiguas almazaras, donde se obtenía uno de los mejores del país.

 

Este repaso de cierta ostentación de abundancia tenía como todo, algún pero: “la madre naturaleza”, todo ello dependía del tiempo: heladas, sequías y granizadas era un común en esta tierra. Una helada en abril era perder la fruta y la almendra, una granizada en junio el trigo, la fruta, la vid y las hortalizas y una helada temprana en octubre dañaba a las judías, patatas y olivas. La sequía mermaba el cereal y secaba el maíz, o desenterraba el hacha de guerra por el agua con los pueblos vecinos.

 

Lo que hacía mirar el cielo, cada vez con más rencor, pues de él rara vez vienen cosas buenas, a pesar de organizarse sermones, romerías y rezos, en los que la gente cada vez creía menos.

 

 La economía de supervivencia no tiene en cuenta el dinero, como casi todo lo producido se consume; se vende lo imprescindible para los pagos de impuestos, no hay posibilidad de ahorro. Cuando hay abundancia la hay para todos, pero cuando hay escasez se reparte igualmente.

 

Esto era un gran problema para los artesanos, albañiles y comerciantes. Dependían más que los agricultores de las cosechas, algunas veces tenían que cobrar en productos del campo, muchos de ellos seguían trabajando sus tierras, pues los encargos dependían de la buena recolección. Mi padre era hojalatero uno más de aquellos pocos que querían romper la rutina cíclica de las tareas del campo, y encontrar una vida más allá de lo que parecían predestinados.

 

Aprendió el oficio como todos los de aquella época, trabajando gratis como aprendiz, tuvo que irse a Alcañiz, pues los que practicaban el oficio en pueblos cercanos se negaron a enseñarle, por miedo a la competencia. El trabajo necesitaba de un pequeño taller, donde fabricaba pequeños utensilios de cocina, aceiteras, lecheras, candiles, tinas y las casas donde ponía chapas en puertas, construía canaleras y bajantes de los tejados. El trabajo más complejo era dibujar los despieces y desarrollos, para luego construir las piezas. Realizaba trabajos de fontanería, en algunas casas se bombeaba agua de la acequia y se colocaron los primeros grifos y desagües. Como disponía de soldador de chapa, reparaba los utensilios de cocina como pucheros, ollas y sartenes, que llamábamos de porcelana. En realidad eran de hierro, con una capa cerámica y que solían perforarse, con el calor del fuego y de rascarlos con la arena o piedra de fregar.

 

Con este panorama, para la mayoría de la población, el sentido de la escuela se reduce a saber leer, escribir y las cuentas básicas. En un pueblo que rondaba los 2000 habitantes, había dos maestros, uno para chicos y otro para chicas, no hay que olvidar que lo dicho en el principio del párrafo solo valía para los varones, las niñas deberían aprender comportamiento, a coser, cocinar y demás sutilezas para ser sirvientas de su propio marido.

 

El sueldo del maestro “pasas más hambre que un maestro de escuela” era muy reducido, pagado según que épocas por el ayuntamiento o por el gobierno de turno, y como siempre de cuatro patatas y verduras que la gente les regalaba. No era una autoridad viva, como el cura o el médico, pues de él podían salir ideas no muy recomendables, ideas que hicieran cambiar las cosas para los que no querían que cambiara. Ante la escasez de dinero, había mano de obra barata y poco formada. Y Así querían que continuara porque así había sido siempre.

 

Además de los dos maestros, para las edades de 4 a 8 años (párvulos) había dos maestros más, no titulados, gente del pueblo, puestos por el ayuntamiento, su necesidad venía, pues en esta zona era fundamental el trabajo de la mujer en el campo.

 

Así que tenemos, dos maestros y dos colaboradores para unos 400 niños, cuál de ellos más asilvestrado, sin mucha motivación por aprender y que faltaban a escuela en tiempos de recolección, siega, vendimia, aceituna … No es extraño que los recuerdos sean, la correa y el puntero de madera, la correa para imponer orden vía trasero y el puntero para golpear la punta de los dedos, 100 niños para un maestro se convierten en un problema de orden y como tal se trataba.

 

A media mañana se enviaba a los mayores con un par de cubos (calderetas), para dar de beber a los demás, todos aspirando de un mismo cubo, beber a morro, luego el recreo en la plaza, donde el griterío hacía bullir el pueblo. Nos sentaban en bancos de madera, con un tablero para mesa con agujeros para el tintero y la palabra más oída y menos escuchada era SILENCIO.

 

Se disponía de solo dos libros, el elemental de 8 a 11 años y el grado medio, al que pocos llegaban, hasta los 14. Los párvulos utilizaban libretas para la escritura.

 

Instaurada la república en la primavera del 1931, aun recuerdo con 5 años la algarabía del pueblo, los niños corriendo, con unas caras de felicidad como si todos los problemas del mundo se hubieran resuelto. El primer gobierno se volcó en la enseñanza, se comenzaron a construir las escuelas nuevas, vinieron tres maestros y tres maestras, todos eran diplomados y mejoraron sus sueldos.

 

Las clases no superaban los 40 alumnos, aunque chicos y chicas estábamos separados, los textos eran gratis, el sistema de la enseñanza cambio totalmente, la represión no estaba bien vista, pero se seguía escrupulosamente los programas, mucho del aprendizaje se basaba aún en la memoria. Disponíamos de mesa para cuatro, con su cajón para guardar los libros.

 

A principios de siglo con el avance de las ideas liberales se creo en los pueblos ateneos y centros culturales. El centro republicano creado en 1911, supuso un impulso cultural y político en el pueblo, en él se podían leer los diarios y se organizaban charlas sobre las nuevas ideas que recorrían el mundo, comenzó formado, por liberales y republicanos a los que se sumaron los socialistas, pero a finales de los años 20, el grupo más numeroso fueron los anarquistas, gentes de la CNT y su brazo político la FAI, prácticamente tomaron el control del Centro Republicano y una de sus medidas fue contratar a un maestro, Antonio, y crear la escuela Racionalista de Mas de Las Matas.

 

Éramos 30 chicos y chicas, por primera vez todos juntos. Se estudiaba con los mismos libros que en la escuela nacional, pero habían dos más, relacionados con las ideas anarquistas, recuerdo uno de ellos Floreal, escrito por el padre de la que fue, la primera mujer ministro en la historia de España, Federica Montseny. Federico Urales (seudónimo de Juan Montseny); describía en su libro la vida de un niño que crecía en una familia anarquista, en una vida de total libertad, sin represiones, ni ataduras religiosas.

 

 

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La imagen no corresponde a la escuela del pueblo, pues no poseo fotografías de aquella época.

 

 

La filosofía de la escuela racionalista era sustituir los métodos, de memorización, fe ciega y orden. Por los del descubrimiento y el saber a base de la razón, la libertad de preguntar, potenciar la curiosidad del niño y la igualdad de clases y sexos. Fue una época maravillosa para mí, pues estaba entusiasmado con el aprendizaje de las matemáticas, la geografía y la historia, contaba con ocho años y era un niño que lo absorbía todo, con lo cual mi nivel de cultura y conocimientos superaba en mucho el supuesto para mi edad.

 

Recuerdo que escenificábamos las ideas anarquistas en obras teatrales, pero acepto en esta faceta mi fracaso, nunca conseguí que me eligieran como actor. Pero gracias a mis ocurrencias y desparpajo era el encargado de recitar poesías en los entreactos, y con ello recibí muchos aplausos.

 

A final del año 1933, la CNT cansada de los manejos de los partidos políticos y ya que muchas de las esperanzas puestas en la república no se habían cumplido, dio orden de realizar la revolución en todos los pueblos de España, uno de los pocos pueblos que triunfo fue Mas de Las Matas, lógicamente no duro más que tres días. Y ello supuso para mí,  dos grandes pérdidas: mi padre termino en la cárcel y se cerró la escuela racionalista.

 

Aunque en casa la situación económica era difícil, mi retorno a la escuela no fue nada traumático, pues lo aprendido en la escuela racionalista, me hacia siempre ser de los primeros. Recuerdo dos maestros, muy contrarios políticamente, Don Fernando Alegre, fascista, casado con otra maestra Doña Pabla. Y Don Feliciano Garcés, socialista. Sus encontronazos eran frecuentes y si bien no se si llegaron a las manos, si recuerdo cogerse de la solapa terminar diciendo: ya nos veremos en la calle. (Se referían a los movimientos sociales, unos de índole revolucionaria y otros reaccionarios, que se estaban preparando)

 

Don Fernando y Doña Pabla después de la guerra, volvieron de maestros, pero Don Feliciano, mucho mejor preparado para la docencia, acabó en la cárcel del barrio de Torrero de Zaragoza y no volvió a ejercer.

 

 

Capítulo III. La revolución: el comunismo libertario.

 

Hemos pasado por encima tres días claves de la historia del pueblo, ya he dicho que para mí supuso, dos tragedias: la primera estancia en la cárcel de mi padre y el cierre de la escuela racionalista.

 

El 8 de diciembre de 1933, mi padre y demás miembros de la CNT, habían recibido una orden del Comité Comarcal: el día 9, a la una de la madrugada estallaba la revolución social en todo el país.

 

Se corto el teléfono, y los miembros del sindicato y gentes afines, rodearon el cuartel de la guardia civil, la fonda donde vivían algunos guardias que no estaban de servicio y las casas de personas que se consideraban no afines con la revolución y podían tener armas.

 

Al día siguiente casi todo el pueblo salió a la calle, era una fiesta, pero se oyeron unos disparos, se comentaba que la guardia civil y el alcalde no se querían rendir. La preocupación fue en aumento, pues yo recuerdo las palabras de mi padre, no debe haber, ni heridos, ni muertos.

 

Al fin los guardias se rindieron, el alcalde entrego el ayuntamiento. Había un guardia herido, pero no era de gravedad. Estos y algunas personas del pueblo, fueron detenidas, a espera de órdenes del Comité Nacional. Se convocó a todo el pueblo en la plaza y se nombró un Comité Revolucionario. La revolución había triunfado,  las armas fueron requisadas, una sola radio en manos del sindicato y las carreteras cortadas. Se cortaron varios de los olmos de la carretera y se colocaron como barricada.

 

Pero no llegaban las noticias esperadas, la radio emitía música y las noticias habituales, primero se consideró que la emisora todavía no había sido liberada, pero ¿cómo seguía sin controlarse algo tan fundamental?, ¿realmente había triunfado la revolución?.

 

Al día siguiente, llegaron a las barricadas, los autobuses de Alcañiz y Morella, nadie en ellos sabía nada de la revolución. Al fin la radio dio noticias de disturbios en Zaragoza y Logroño.

 

Del Bajo Aragón, solo triunfó en Valderrobres y Más de la Matas. Cundió el desanimo y algunos huyeron, mi padre permaneció en el pueblo, pues según él, nada malo habían hecho, pero los guardias enviados por el gobierno, no opinaban lo mismo.

 

Se detuvo a muchas personas y el trato no fue tan exquisito como el que ellos habían dispensado, todos nos decían que después del juicio los liberarían, pero mi padre paso más de dos años en el penal del Dueso, en Santoña (Cantabria) .

 

Nuestra vida transcurrió con la incertidumbre del proceso, a parte de ellos los juzgaron por el procedimiento civil, pero a él lo juzgaron por lo militar, lo que supuso una condena más dura y luego quedar fuera de la primera amnistía que concedió el gobierno de la Republica.

 

La distancia con Santoña era insalvable para nosotros, y aunque nos hubiera gustado estar a su lado, no podíamos más que esperar sus cartas, las noticias de compañeros liberados, de los periódicos y revistas que exigían su liberación y la esperanza en los cambios políticos.

 

Sin ingresos mi madre con dos hijos, yo con ocho años y mi hermana con cinco, vivíamos de la caridad de la familia y de la solidaridad de los del sindicato. La familia recuerdo a mi tío Elías y mi tía Carmen hermana de mi madre, que sin tener hijos nos trataron como tales. Las pocas tierras que teníamos fueron cultivadas por los compañeros que no fueron encarcelados y nos entregaban comida, para que no nos faltara. Un agradecimiento profundo por un apoyo, dado en el momento preciso, que nos permitió seguir adelante.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

 

 

 

Capítulo IV. El estallido de la guerra

 

Con el triunfo del Frente Popular, formado por los partidos de centro e izquierda, republicanos, socialistas, radicales y comunistas, apoyados por los anarquistas, en las elecciones del 1936, fue liberado mi padre, el regreso de él y otros 14 masinos fue para todos nosotros una gran fiesta.

 

El alcalde del pueblo era del partido republicano y aunque la CNT a nivel nacional participo en la coalición vencedora no participo en el ayuntamiento.

 

Pero como dice el refrán: poco dura la alegría en casa del pobre. El 18 de julio de ese mismo año, se subleva parte del ejército, y aunque se insiste en que todo está controlado, hay noticias alarmantes: Zaragoza está controlada por los sublevados, los fascistas. La represión es brutal y cientos de sindicalistas y políticos defensores de la republica son ejecutados. Entendíamos entonces por fascistas, todas las fuerzas reaccionarias, desde monárquicos, católicos de CEDA, el clero, la falange…

 

Se anuló el ayuntamiento y lo sustituyo un Comité Antifascista, en el que mi padre ya con 40 años no participó.

 

En Morella, con gentes de los pueblos se constituye la llamada “Columna de Morella” formada por unos veinte vehículos, entre coches y camiones, de los que se dedicaban al transporte de la madera.

 

Recuerdo su llegada a Mas de Las Matas, cada camión, en cada puerta, un miliciano con una escopeta, la columna impresionaba, pero en realidad era un ejército improvisado, apenas disponían de algún fusil requisado a la guardia civil, varias escopetas de caza, alguna pistola y el resto iban armados, con cuchillos de monte. Su despliegue hizo dispersar una concentración de guardias civiles en Alcorisa, que marcharon a Zaragoza. La columna llego a Híjar donde se unieron al ejercito republicado. Fueron respetados los galones, pero la columna como tal se disolvió.

 

En nuestro pueblo, dejó además de su estela, la Iglesia en llamas, dos forasteros mientras los demás milicianos comían, con un bidón de gasolina, le prendieron el fuego, todos: milicianos y gente del pueblo, formaron dos filas, desde el regacho de la Portera, y comenzaron a echar agua, pero la gran cantidad de pintura y los techos de madera, hicieron infructuosa la lucha. Y la pregunta en los semblantes ¿Qué necesidad había? ¿Qué culpa tienen los libros, los muros o los árboles, de la inconsciencia de los hombres?. Yo nunca creí en la religión, pero esa Iglesia era parte de mí, como lo era de todo el pueblo, era nuestra historia, y ella misma era la que perecía con aquellas llamas.

 

Se forman columnas en Cataluña, las de Durruti, Casado… y luego se convierten en divisiones; del pueblo salen dos camiones llenos de gente para unírseles, destino Fuentetodos, allá donde nació, el genial e incomprendido Francisco de Goya.

Recuerdo a mi padre subido en el camión, justo en frente de la fonda de la Pilarica, sus compañeros lo bajan a empujones. Tienes 40 años, quédate en el pueblo es donde más falta haces. No es su voluntad y lo acepta sin más remedio. Se forma un nuevo consejo municipal, lo eligen presidente y delegado comarcal y componente del Consejo de Aragón, presidido por Joaquín Ascaso. Hermano de Francisco Ascaso, que murió en el asalto del cuartel de Atarazanas en Barcelona, compañero inseparable de Buenaventura Durruti.

 

Los niños, nos quedamos sin maestros, unos huyeron, otros se fueron al frente, así que fueron sustituidos por estudiantes, demasiados jóvenes para luchar. De ellos destacaba Pedro Portolés, muy bueno, era de una familia de ricos del pueblo, un día desapareció, pasando por la cueva de Cambriles de Ladruñán, cruzó las líneas al bando fascista. Terminada la guerra se licenció en medicina  y ejerció durante muchos años en el pueblo zaragozano de Encinacorba.

 

La cueva de Cambriles situada en lo alto de un acantilado formaba parte de un corredor, donde personas que huían de la zona republicana pasaban al bando fascista. En ella permanecían varios días hasta dar el salto a través de masías de los términos municipales de Camarillas y Portalrubio, y enlazar con el frente. En  esta historia envuelta en un halo de misterio, solo puedo aportar, el método y el recorrido, todo ello transmitido por los habitantes de las masías, que años atrás aún mostraban el descontento de los riesgos que corrieron, sin recibir luego ni el mínimo agradecimiento. Las personas se concentraban ya de noche al pie de la cueva y se escondían allí, subiendo por cuerdas, cuando se creía oportuno, en pequeños grupos, pasaban de una masía a otra por caminos poco transitados. El secreto de Cambriles es para mí intrascendente, pues ese corredor que alguien quiso reservar, creo que nunca se necesitará de nuevo.

 

En 1937 vinieron los evacuados de Azuara, y con ellos sus dos maestros:  Don Florestán y Doña Josefina, un ejemplo de rigor y calidad de enseñanza, impartían el tercer grado, a él, aunque jóvenes, pasamos Ireneo Gracia y yo, como alumnos del Mas más aventajados. Eran músicos; él tocaba muy bien el violín y ella el acordeón, nos enseñaban solfeo y aún recuerdo algunas canciones con alusiones a la Republica. A falta de hijos daban su cariño a los niños y los animales; tenían un gato negro muy bien adiestrado. Las chicas le pedían a doña Josefina que lo llevara a la escuela y ella en alguna ocasión accedía. Se sentaba sobre la mesa, con su lazo rojo, y solo la abandonaba a las ordenes de su ama; ven, regresa, dame la mano, todo lo entendía.

 

Con la toma de Belchite por las fuerzas republicanas, las gentes de Azuara y sus maestros regresaron a su pueblo. No se que fue de ellos, pero dejaron en nosotros un grato recuerdo.

 

 

 

Capítulo V. La Colectividad

 

Se llamaron a filas a algunas quintas, aunque la mayoría de gente joven ya se había ido voluntaria a luchar en las columnas republicanas. Resultado: los pueblos se quedaron sin mano de obra para trabajar la tierra. La guerra es la forma más cruel y efectiva de acabar con los recursos creados por los pueblos durante generaciones, pues su producción se basa en destruir y los recursos consumidos se entierran como la vida de sus gentes.

 

Las colectividades fueron propuestas por los socialistas valencianos, como economía de guerra, y los anarquistas los apoyaron.

 

La colectivización fue voluntaria, los propietarios que lo desearon, pudieron seguir con sus tierras, con la condición de no necesitar mano de obra externa. Con lo que se produjo la paradoja de que muchos socialistas siguieron con sus tierras y la gente de derechas entro en la colectividad, por no verse capaces de cultivarlas sin jornaleros.

 

Su gran logro, fue seguir trabajando las tierras, alimentando a las gentes y con gran sorpresa, la producción no descendió. Se organizaron grupos (una o varias calles), con un delegado por grupo y una veintena de trabajadores. Se les asignó un lote de secano y uno de regadío (monte y huerta). Los delegados se reunían semanalmente en el consejo municipal, con la idea de apoyar a los grupos que llevaban retraso. Yo asistía a las reuniones junto a mi padre, el Consejo de Aragón nos concedió, una trilladora, una Ajuria del número 3 (las grandes), que se fabricaban en Vitoria. Se roturaron muchas tierras y todo paso por la trilladora, fue una gran cosecha, se llenaron de trigo los bajos del Centro Republicano.

 

 

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La mies se introducía por la parte delantera, primero era cortada y triturada,

el grano separada por unas cribas de la paja salía por un orificio,

del lateral no visible el la fotografía y almacenado en sacos;

por el tubo de la parte trasera era empujada la paja,

que con horcas guardaba en el pajar. Todo ello movido por un motor eléctrico.

 

 

Se hacía pan para todo el pueblo, racionado a medio kilo por personas. En lo restante cada grupo se abastecía de su producción, para la carne se construyo una granja de cerdos, para los huevos una de gallinas y se juntaron los rebaños. La producción de carne era racionada y repartida. Los excedentes se enviaban al ejército de Aragón.

 

A partir de las batallas de Belchite y Teruel y con los comunistas en el gobierno de la republica, muchas colectividades se disolvieron, más bien se les dio libertad a sus miembros para abandonarlas.

 

En Mas de las Matas apenas se fueron unos pocos. En esta segunda fase apareció el dinero, se daba una paga proporcional al número de miembros de cada familia.

 

Como el consejo municipal carecía de secretario, mi padre me llevaba allí y sin seguir ningún método aprendí a escribir a máquina, mi misión era transcribir los documentos que me eran entregados.

 

Éste aprendizaje me sirvió, junto con el estudio de la contabilidad en 1947, para hacerme cargo de la administración de la Cooperativa del Campo de Mas de Las Matas, desde 1962 durante doce años.

 

Estos recuerdos los tengo claros en mi mente, ya que mi padre también fue presidente de la colectividad, y en mi casa se vivían los éxitos y fracasos de ésta con gran intensidad, a mis doce años, conocía el funcionamiento y la contabilidad de la empresa con mayor número de trabajadores que ha tenido este pueblo.

 

 

 

Capítulo VI. El exilio. El viaje a Real de Montroy

 

Volvamos al viaje para visitar Real de Montroy. Quedamos con mis hijos y mi yerno que el sábado por la tarde iríamos a dormir a Alcalá de Chivert, donde tenemos una casa en la calle doctor Ebrí, la compramos unos años antes porque en esta localidad pasaban el invierno las colmenas. Bueno ellas en el monte, la casa nos era de utilidad para almacenar parte del material y utensilios para obtener la miel. Eran poco más de cien Kilómetros pero a Pilar, mi mujer, y a mi se nos hacía pesado sobre todo el cargar y descargar todo en el camión.

 

Comenzamos como siempre recorriendo los casi 50 Km. que nos separan con Morella, recorridos de forma zigzagueante por el curso del río Bergantes, muchas veces con la carretera tallada sobre la roca.

 

En mi mente el recuerdo de aquella partida: eran primeros de marzo de 1938, filas inmensas y eternas de gentes cruzaban hacia Valencia, eran los vecinos de Alcorisa que habían recibido la orden de evacuación.

 

El ejército nacional, tras no poder avanzar por el Ebro, había decidido llegar al mar por Morella y Vinaroz. El frente se situó en Alcorisa, en la cuesta del caballo, y allí el ejército de la republica los contuvo un par de semanas. Entonces se decidió evacuar Mas de las Matas; fue una noche, después de cenar, se cargaron en los carros colchones y víveres, la gente andando, más de mil personas, unos doscientos carros, una larga fila donde el principio y el final no se veían.

 

Se requisaron los mejores caballos y mulos, soltándose los burros y animales viejos. Los rebaños de las ovejas iban por las laderas junto a la carretera.

 

Se cargaron además de los colchones y mantas. Toda la comida que fue posible, las conservas (tajadas de la olla), los jamones, las judías, el aceite y las olivas.

 

En Zorita tras cinco horas de viaje, se hizo un descanso en la cuneta de la carretera, se cogió agua de la fuente y se continuó. Yo iba de adelante a atrás buscando a mi padre, para luego regresar junto a mi hermana y mi madre, nervioso, con ese miedo en el cuerpo que sienten los valientes, andando más de la cuenta y venciendo con adrenalina  el sueño y el cansancio.

 

Ya amanecía cuando llegamos a la masía del Beato, situada encima de la fabrica Giner, a dos kilómetros de Morella. Su ayuntamiento nos repartió por las masías próximas a la población, se habilitaron graneros, almacenes, parideras todo era bueno para extender los colchones y echarse a dormir. No recuerdo si llegada la noche el cansancio pudo con las emociones vividas, o si ya a mitad tarde caí rendido, esos detalles se borraron de mis recuerdos, pero quedaron otros:

 

Durante 15 días algunos carros no pararon de hacer viajes, por las noches venían de nuevo cargados, mi padre que como ya os comente era hojalatero, trajo la herramienta y la máquina de coser de mi madre, se las guardo un primo de Morella, nos ofreció su casa, pero mi padre no quiso tener privilegios respecto a la gente de su pueblo y nos alojamos en un granero en la masía del Beato.

 

Roto el frente en la cuesta del Caballo y tomados Mas de las Matas y Aguaviva; nos trasladaron en camiones del ejército a San Mateo. Parte de los hombres continuaron con los carros, tardaron varios días en llegar, pues las carreteras eran continuamente bombardeadas, con lo que era frecuente viajar solo por la noche, a los caballos para que se recuperaran del agotamiento se les daba pan con vino.

 

Ahora 57 años más tarde, como cientos de veces seguía recorriendo el camino, la fábrica Giner, el Beato, Morella, imponente, amurallada, con su mejor vista al sur. Aunque a mi se me antojaba más pequeña que en mis recuerdos. Revuelta tras revuelta las curvas de Vallivana cien veces reformadas y nunca eliminadas. Y ya en el llano, la capital del maestrazgo de Castellón, San Mateo y sobresaliendo en ella la iglesia y la torre de la harinera, (de les llastimes), una torre desnuda sin iglesia fuera del casco urbano.

 

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La torre campanario de Los Dominicos de la localidad de San Mateo (Provincia de Castellón, España)

fue construida en 1737 aproximadamente, y perteneciente al antiguo convento de Santo Domingo,

que fue fundado en 1360 por el Maestre de Montesa Pedro de Thous.

La primera guerra carlista provocó su ruina definitiva y su venta a particulares

durante primera desamortización de Mendizábal convirtió el solar en almacenes y fábricas.

 

 

Allí nos alojamos, el frente aguanto una semana más en Vallivana y los carros no  pararon y se dirigieron hacia Valencia. Días más tarde nos volvieron a subir en los camiones y nos dividieron por los pueblos de Valencia. Los pertenecientes a la colectividad nos instalamos en los pueblos cercanos de Montroy, Real de Montroy, Llombay y Monserrat. La gente no perteneciente a la colectividad fue acogida en Carlet.

 

Mi padre fue delante organizando el reparto de gentes y los lugares donde instalarnos. Cuando llegamos, los primeros carros ya estaban allí, durante los siguientes días fueron llegando todos. Los niños siempre expectantes celebrando la llegada de cada uno de ellos como un gran triunfo y lo era, unos 250 kilómetros por aquellas carreteras y en medio de una cruel guerra.

 

 

Capítulo VII. El exilio. La vida en Real de Montroy.

 

Por la mañana partimos de Alcalá de Chivert , por la autopista del mediterráneo con dirección a Valencia,  estaba nervioso, como un niño, me venían a la mente tantas imágenes y recuerdos, que era incapaz de procesarlos.

 

Habíamos quedado con mi amigo Francisco Herrero, el peluquero de Llombay, a la entrada de Real de Montroy; el ya había hablado con Antonia, incluso había estado en su casa. Lo que nos evitaba tener que localizarla, además de que ella sabía que veníamos y nos estaba esperando.

 

Con mis padres la llegada a Real de Montroy, se produjo la segunda semana de marzo de 1938 y permanecimos allí, hasta abril del 1939. Fueron 13 meses, que contando yo 13 a 14 años, fue una parte fundamental de mi vida.

 

Nos instalaron en una casa de ricos, con luz eléctrica, agua corriente (no salía agua de los grifos, pues estaba averiada la bomba eléctrica) así que tirábamos de cuerda, en el pozo situado en el mismo patio para abastecernos, aun así era un lujo para nosotros.

 

Estábamos tres  familias; los Bataneros: las dos cuñadas, la mayor con un niño y una niña, 9 y 12 años; la menor con una niña de dos años; el juguete de la casa, recuerdo que se subía encima de la mesa y bailaba. Un oasis en medio de la guerra, ¿estará pensando algún general de las muchas guerras que hay en el mundo en una niña como aquella? El egoísmo, el rencor y el odio son ciegos. Pero continuamos con las familias, de los bataneros solo faltan los maridos, que estaban en la guerra.

 

La otra era mi tío Fernando y Rosa su mujer (hermana de mi padre),  su hijo Rodolfo, mi tío fue llamado a quintas y tuvo que irse, además estaba su tía Dorotea. Por último, mis padres, mi hermana Cristobalina, yo y mis tíos Elías y Carmen, de los que ya os he hablado.

 

La casa en la calle Doctor Fleming, con una doble puerta de madera tallada, a su lado escoltándola dos ventanales con rejas de forja y persianas azules, cada puerta dibujaba una más pequeña en su parte inferior, solo la de la derecha era verdadera a través de ella se accedía a un recibidor, nosotros lo llamamos entrada, muy amplio, casi todos los bajos de la casa, alicatado hasta el techo en algunas zonas y en otras alrededor de un metro, con marrones claros, combinados con cenefas de azul intenso, con algunos dibujos y cuadros, que no alcanzo a recordar.

 

En medio un piano que muchas tardes un ciego venia a tocar, la música sonaba, la niña bailaba y todos sin hablar nos preguntábamos. ¿Cuánto  puede durar esto?. Una escalera ancha alicatada accedía a sus cinco habitaciones. Por el recibidor y pasando por un gran puerta se accedía a patio (raso) muy grande con un pozo y una palmera. En el fondo a la derecha un torreón y en la izquierda una fila de cubas cónicas vacías, con un orificio a modo de ventana en el lateral, próximo a la base mayor. Todo ello invitando a un niño a jugar. Esto era una fabrica de alcohol, me dijo mi padre, pero no te preocupes están todas vacías.

 

Pero no había mucho tiempo para juegos en mi vida. La escuela, luego con el maestro llevábamos las cuentas de la colectividad de Real. Yo había aprendido por mi cuenta a escribir a máquina y además lo mío eran la matemáticas. En la vendimia, mi padre empezó pesando los carros en la báscula, pero como se tuvo que ir continué yo.

 

Si aún así sobraba algún instante, me iba con Rodolfo a pescar al río Magro, muy caudaloso en aquella época, con un anzuelo, hecho con una aguja de cabeza, una caña natural y un cordel, tirando muy rápido los peces quedaban enganchados tres o cuatro metros detrás de mi. Aquella noche, todos cenábamos pescado. En verano acudía con los otros niños a bañarnos y nadar en sus limpias aguas.

 

La comida era repartida y racionada por la colectividad, los alimentos que trajimos de Mas de las Matas, se entregaron al control de la colectividad y junto con lo que se producía allí, se repartía por igual, entre los de los dos pueblos.

 

Teníamos una cartilla de racionamiento donde se apuntaba todo lo que te llevabas, lo más escaso era el pan de trigo, una rebanada por persona (yesca), pero había tortas de maíz, muchas pasas, boniatos y todo tipo de verduras.

 

Allí entonces no se cultivaban naranjos, pero los domingos con una tartana de la colectividad, nos desplazábamos a Carlet y a cambio de vino y mistela, nos daban arroz y naranjas. ¿Quién dijo que sin dinero el mundo no funcionaría? El comercio se creó con el trueque, mucho anterior al dinero.

 

La carne racionada era escasa o casi nula,  se limitaba a algún mulo muerto en el frente, pero muchos no comían. Buena época para hacerse vegetariano, aunque muchos lo eran a la fuerza y sin saberlo. Nosotros comprábamos pollos y patos recién nacidos, con lo que se podía se criaban el raso, donde a medida que crecían los cocinábamos.

 

Una gran novedad para los niños eran las carreteras asfaltadas. Ideales para deslizarnos con patines hechos con maderas, chatarras, cojinetes oxidados. En la cuesta abajo, cogían gran velocidad. El lugar, unas revueltas en la carretera hacia Llombay, allí en una pared de piedra escondimos en la huída la pistola de mi padre.

 

Otro lugar que visitaba era el Casino Mercantil, en la plaza del pueblo, porque en él había radio y día a día escuchaba los partes de guerra.

 

 

Capítulo VIII. El Exilio: La escuela racionalista.

 

A la entrada de Real ya nos esperaba Francisco, que hacía tiempo que no veía a mis hijos Rosa y Abel, y no conocía a mi yerno Carlos. Nos alargamos en las presentaciones y yo ya me ponía nervioso, pues necesitaba recorrer de nuevo aquellas calles. Como siempre ocurre las afueras del pueblo no me sonaban a nada, pero al llegar a la calle principal, empecé a reconocer siluetas de los edificios, de pronto me dio un vuelco el corazón. Aquella era la casa que estuvimos viviendo, dije en voz alta, mi yerno bajo la velocidad, pero íbamos siguiendo al coche de Francisco y continúo hacia delante.

 

Doblamos una esquina y paramos cerca del fondo de la calle, había mucho sitio para aparcar. Benditos los pueblos que aun no han sido saturados. Llamamos a la casa de Antonia y ya nos estaba esperando. Era una puerta de madera grande, trabajada y adornada, con una puerta más pequeña en una de las dos hojas, nos saludo y nos invitó a  entrar una entrada (como decimos nosotros) alicatada a media altura, con un banco y unas sillas, preparadas para pasar horas en el lugar más fresco de la casa y con el ruido y la vida de la calle. Recuerdo un cuadro de Gregorio Duran, homenaje de la cooperativa de Real de Montroy, de la que fue muchos años presidente, y una conversación amena que saltaba del valenciano al castellano, sin que Antonia ni siquiera se percatase.

 

Le pregunte por mis amigos de aquella época: Pedregales, no lo conocía, recapacite, era evacuado del Grau de Valencia. Juan Roig, se fue a Barcelona, me dijo, no viene mucho por aquí. ¿Y Brígido? Brígido es ahijado mío. Si queréis lo pasamos a ver luego, seguro que lo pillamos en casa. Pues claro que quería era un enlace más a los gratos recuerdos que yo tenía de aquel pueblo.

 

Tal como nos acercábamos el corazón se me aceleraba, estábamos en la calle principal, Doctor Fleming; con la casa que estuve cada vez más cerca y nos detuvimos en la misma puerta. Ésta es la casa de Brígido, no pude más que exclamar: ¡Si es la que vivimos en la guerra!.

 

La puerta era la misma, se abrió y apareció Brígido, era él, más mayor desde luego, pero conservaba las mismas facciones que de niño. La primera conversación se mantuvo junto a la puerta, el recordaba a dos personas de Mas de las Matas, pero de mi no tenía ningún recuerdo en la memoria, le recordé historias y travesuras vividas juntos, pero debo reconocer que soy un privilegiado a la hora de almacenar recuerdos, no todos los retienen como yo con el paso del tiempo. Será quizás la intensidad que yo vivía en aquellos momentos, que los hizo grabarlos a fuego.

 

Roto el hielo, nos hizo pasar, nos presento a su mujer y su hija, y nos dimos una vuelta por la parte baja de la casa y el patio. Estaba todo igual, habían desaparecido las cubas y en su centro elevada, había una piscina, donde seguro se oirían como cuando nosotros risas de niños.

 

 

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De izquierda a derecha, mis hijos Abel y Rosa, la señora Antonia, mi mujer Pilar,

la esposa de Brígido (falda roja), yo, Brígido y con corbata mi amigo Paco (Francisco Herrero). En la puerta de la casa.

 

 

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Interior de la casa, foto izquierda y patio foto derecha.

 

En dos ocasiones más y aprovechando la feria de Apicultura que se celebra en el vecino Montroy, he visitado a Antonia y a Brigido, y en nuestras conversaciones le he ayudado a reconstruir parte de su historia que también es la mía.

 

Terminada la visita, entramos por la plaza y nos fuimos al casino, aunque la fachada permanecía igual, el interior estaba reformado y ahora albergaba el hogar del jubilado. He trabajado muchos años en la cooperativa del pueblo y controlado la bodega del vino,  soy buen catador, pero no lo consumo ni soy amante de las bebidas alcohólicas, pero aquel día me tome un vermú, había sido un gran día y era mi forma de celebrarlo.

 

En el piso de arriba estuvo la escuela racionalista, que primero tuvimos en un chalet a las afueras del pueblo. Cogimos el coche y nos fuimos a verlo… Y allí como salido de un cuento de hadas, seguía intacto, como si hubiera estado esperando casi sesenta años a aquellos niños, que lo llenaron de risas libres y espontáneas. En los jardines había gente con aspecto de señores ricos, así que nos limitamos a hacernos una foto, no les descubrimos el objeto de la visita.

 

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Era un terreno de unos mil metros cuadrados bordeado por una valla, primero muro y luego verja de forja, situado en una ladera con un jardín de pinos y árboles, estos si habían crecido desde entonces. El chalet de dos plantas, había soportando de esta muy bien el paso del tiempo.

 

Éramos un grupo de 50 niños y niñas, y un maestro, el pueblo disponía de escuela pública pero seguía funcionando la escuela racionalista, pagada entre la colectividad y los padres.

 

El maestro, Julián, era muy humanista y se consideraba discípulo de Eliseo Reclus, un intelectual anarquista francés de los tiempos de la revolución social 1848, aunque destaco como geógrafo, se dedico a la docencia en sus largos años de exilio, de su pensamiento destacamos una frase: “El ideal anarquista no es enemigo de la escuela, sino al contrario, partidario de engrandecerla, de hacer de la sociedad misma un inmenso organismo de enseñanza mutua, donde todos sean a la vez alumnos y profesores, donde cada alumno, después de haber recibido nociones de todo en sus estudios, aprenda a desarrollarse íntegramente por sí mismo y con relación a sus fuerzas intelectuales en una existencia libremente elegida”. Aquel maestro con su sensibilidad y bondad dejo huella en  nosotros, jamás permitió el don delante de su nombre y nos invitaba a llamarle de tú, no usual en aquellos tiempos.

 

Algunos de los principios básicos de la escuela racionalista eran:

 

1.- La educación de la infancia debe fundamentarse sobre una base científica y racional. Es preciso separar de ella toda noción religiosa. Era pues anticlerical, la iglesia no aceptaba principios como la evolución.

2.- La instrucción es parte de esta educación. Y debe comprender además del desarrollo de la inteligencia, el del carácter, la cultura de la voluntad, la preparación de un ser moral y físicamente bien equilibrado.

3.- La educación moral debe ser práctica y basarse en el ejemplo y apoyarse sobre la ley natural de la solidaridad.

4.- Es necesario que los programas y métodos estén adaptados a la psicología del niño.

 

Si ahora son principios que podría asumir cualquier escuela, en una España que apenas había salido de la época feudal, sonaban a música celestial.

 

Si bien el libro de texto, era la enciclopedia de grado medio, se explicaba con ejemplos, fomentando el debate, con la supresión de exámenes, sin castigos, y siempre que se podía dábamos la clase en el campo. Teníamos un huerto, que era parte de las clases del día, recuerdo que cogimos una gran cantidad de patatas, en él poníamos en práctica muchas de las lecciones teóricas.

 

A los seis o siete meses de estancia, se hizo un campo de aviación entre Real de Montroy y Dos Aguas. Los pilotos fueron alojados en el chalet y una vez más la guerra pudo con la cultura. Este campo lo utilizaban los cazas que defendían el puerto de Valencia. Cuando aparecían los bombarderos que venían de Mallorca, entre las defensas antiaéreas y los cazas, les obligaban a descargar sus bombas sobre el mar.

 

Nuestros oídos de niños estaban atentos a los despegues de los aviones y con el reflejo del sol veíamos las estelas de las bombas que caían cerca del Grao de Valencia. Éste permaneció abierto hasta el final de la guerra, y por él se exilió el gobierno de la republica.

 

Como ya he dicho, nos trasladaron a la plaza, en la primera planta del casino mercantil, nos quedamos sin huerto, pero si era posible, dábamos las clases en una loma bajo las sombras de unas carrascas.

 

En el aula estábamos en unas mesas cuadradas uno por cada lado, lógicamente en grupos de cuatro, con el maestro moviéndose que más parecía uno de nosotros.

 

En noviembre de 1936 el Gobierno de la Republica creó en Valencia, un instituto-internado de enseñanza intensiva, con cursos semestrales, (cuatro cursos de Bachiller abreviado), con el objetivo de elevar el nivel cultural de los trabajadores y a la vez preparar líderes que reconstruyeran el país después de la guerra. Los jóvenes pertenecientes a un sindicato o agrupación antifascista, obtenían una educación de élite en régimen de internado, recibiendo un sueldo igual al que obtendrían trabajando.

 

La CNT aposto por este proyecto y con ayuda del Sindicato de Enseñanza, organizó otro internado, tenía como principal objetivo preparar a sus afiliados para que fácilmente pudieran ingresar en el Instituto Obrero de Valencia, creando el Internado Durruti.

 

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Como alumno aventajado me habían seleccionado para ingresar en él. Yo había ido a visitarlo ya que estaban allí mi prima Regina Gil y otros tres chicos de Mas de Las Matas, algún día, acompañaba a mi padre a Valencia e íbamos a verlos, para mi aquello era como la Universidad de Salamanca en el medievo.

 

Era un edificio grande, con la planta baja dedicadas a las cocinas y el comedor, unas anchas escaleras que subían a las aulas de estudio, supongo que en las plantas superiores se encontraban las habitaciones, pero nunca llegue a subir, eran ellos los que bajaban y quizás el resto del edificio pertenecía a mis sueños.

 

Estaba situado en la calle Balmes 29 y las clases las recibían en un colegio confiscado en la calle carniceros, las escuelas PIAS. Las clases eran impartidas por maestros del sindicato único de la enseñanza de la CNT

 

Para mí aquel internado era mi porvenir, por eso no dejo de preguntarme: ¿Qué hubiera sido de mí en aquella escuela? ¿Qué hubiera estudiado luego? Cuando un camino no se puede tomar en la vida, no hay respuestas de lo que te hubiera deparado, pero aquella era mi senda y me hubiera gustado seguirla…

 

 

 

Capítulo IX. El fin de la guerra.

 

Francisco había reservado la comida en un restaurante de Carlet, así que salimos de Real, cerca del medio día, solo habíamos estado unas horas y cuantas emociones acumuladas, habría perdonado la comida, no me entraba nada, pero nada más lejos de mi intención, que despreciarle algo a un amigo que se había tomado tantas molestias.

 

El regreso de Real de Montroy, no fue tan rápido. Primero comentar que el gobierno de la republica preparo pasaportes para Méjico a todas aquellas personas, que hubieran tenido responsabilidades políticas. Mi padre lo obtuvo para los cuatro.

 

Los barcos mejicanos no pudieron atracar en el puerto de Valencia por la proximidad de las tropas fascistas, y se dirigieron a Alicante por ser el último puerto en poder de la republica. El avance de las tropas de Franco era imparable y mi padre se fue solo hacia Alicante pues ya era imposible llevarnos a nosotros.

 

El parte de final de guerra nos pilló ya sin mi padre, unos días después entraron las tropas, nos refugiamos en casa como la mayoría y no nos atrevimos a salir. Los soldados del ejército vencedor estaban más pendientes de que los licenciaran y pudieran volver a casa que de nosotros, recuerdo que los alojaron en almacenes y naves del pueblo, los oficiales fueron repartidos por las casas, a nosotros nos toco hospedar a un teniente gallego, de la Coruña.

 

Yo en el patio de la casa, hacia arreglos mecánicos, quizás herencia de mi padre, aquel teniente se quedo prendado de mis habilidades, aun siendo niño y le dijo a mi madre: “El rapaz tiene muy buenas manos, mi padre en la Coruña tiene unos talleres mecánicos, deje que venga conmigo y haremos de él un buen oficial. Pero mi madre no estaba por dinamitar más la familia, no sabia que había sido de su marido, aunque quería creer que estaba a salvo en Méjico. Tampoco se hablaba, se instauró entre nosotros durante muchos años la llamada ley del silencio de los vencidos.

 

Pasamos aún un mes allí, pero poco a poco se fue deshilvanando el ovillo. La gente de derechas de Mas de las Matas, se enteró del lugar del exilio, algunos de ellos vinieron a recoger sus caballerías y carros. Y del ayuntamiento se dio una orden reclamándonos.

 

En el viaje con mis hijos quise ver de cerca el río Magro, que parte en dos las localidades de Montroy y Real de Montroy, pero allí entre los naranjos, que ahora si son abundantes, no había, ni siquiera un leve hilo de agua. Se había desvanecido como la esperanza de todas aquellas gentes, que tuvimos que regresar a nuestros pueblos.

 

Luego fuimos a Valencia, vimos el puerto, aquel puerto que hubiera podido significar continuar una vida de libertad aunque hubiera sido el otro extremo del mundo.

 

 

Capítulo X. El regreso a casa

 

Llegada la orden del ayuntamiento, nos avisaron para que regresáramos, los que tenían medios propios, con los carros vacíos se pusieron en marcha, despacio, como presagiando la virulencia de la tormenta, que flotaba sobre sus cabezas. Muchos de ellos no llegaron a sus casas, los estaban esperando y los ajusticiaron antes de entrar en el pueblo.

 

La propaganda del régimen nos ofrecía transporte gratis para regresar a los lugares de origen, lo intentamos retrasar, pero tal como iban volviendo los propietarios de las casas que ocupábamos nos quedábamos en la calle. El trato era como si fuéramos delincuentes, como si no hubieran sido ellos los que empezaron la guerra, como si no nos hubieran robado la libertad y la democracia.

 

Un día salimos en autobús hasta Valencia y de allí en trenes de ganado atestados de gente hacia Zaragoza, el viaje duro todo un día, nos dieron en Teruel algo de comer lo que ellos llamaban el auxilio social, pero no se veía bondad en sus rostros, más bien rencor, se podría creer por sus caras que eran ellos los que habían perdido la guerra. Olía mal, estábamos apretujados, pero nadie protestaba, era solo el principio del calvario.

 

Cada día era para ellos la misma rutina, trenes llenos de gente, gente sin nada, apenas un poco de ropa, todo lo demás había quedo atrás, no se podía llevar más que lo necesario. No queríamos volver, pero no había donde huir, no teníamos comida, el dinero de la republica no tenia valor y el del nuevo régimen solo lo tenían ellos.

 

De Zaragoza con el tren partimos hacia Alcañiz (El Tortosino). En la estación nos esperaba el autobús de Castellote, al llegar a Mas de las Matas unas doscientas personas nos estaban esperando, frente a la fonda de la Pilarica. Éramos unos cincuenta, la mayoría mujeres y niños, nos recibieron con palos, insultos y escupitajos, prefiero no recordar sus palabras, ni sus caras de odio, la vida no puede estar basada en el rencor, aunque tampoco en el olvido.

 

Fuimos a casa de mi tío Emilio, pues la nuestra la tenían ocupada como pajar. Las casas y las fincas de los que nos fuimos, habían sido requisadas por el Servicio de Recuperación, éste las arrendaba a la gente por muy poco dinero. Pero como ya he dicho, el nuestro avalado por el Banco de España no valía, no teníamos nada.

 

El inquilino de la casa del Tío Elías, le dijo que si pagaba el alquiler, él se buscaría otra. Pagar por tu propia casa y lógicamente con dinero que nos prestaron. A los quince días todos estábamos instalados en ella. La nuestra tardamos dos años en recuperarla (fue la última del pueblo y no nos la entregó hasta que quitaron el Servicio de Recuperación y no tuvo otra alternativa).

 

El tío Elías fue encarcelado durante un mes, a su salida como castigo debería ir un día a la semana a arrancar piedra a la cantera de Santa Bárbara, para construir un edificio a la orilla del pueblo: “El Escorial”. Sobrevivíamos con algún trabajo esporádico que le salía a mi tío (jornal), si este coincidía con el día de trabajo penado, hablaba con el encargado. ¿Podrá ir mi sobrino en vez de mi?, la respuesta fue sí, así que yo también colabore con la construcción de aquel edificio, para que él pudiera traer algo de dinero a casa.

 

Los primeros días no fui a la escuela, los niños de derechas imitando a los padres, se habían construido unas vergas para pegarnos, nos buscaban por las calles y al que pillaron recibió una fuerte paliza, yo permanecí escondido en casa hasta que se calmaron las cosas.

 

El maestro era de nuevo Don Fernando, pero con más espíritu represor, al entrar por la mañana nos hacía cantar el Cara al Sol, canción falangista que hablaba de guerra y muerte, cuando un niño, lo que necesita es paz y vida. Por la tarde al ser mes de Mayo, había que rezar y traer flores a la virgen.

 

Los niños que no se exiliaron, habían olvidado lo aprendido y el maestro se desesperaba. El también sabía muy poco y le escaseaban las ganas de enseñar. Historia de España e Historia Sagrada, eran sus temas, que no los míos. Al contestar mal a las preguntas de esa historia sagrada a Ireneo y a mí, nos sentaba en la última fila. Pero en matemáticas nos ponía problemas que él no sabia resolver, solo nosotros dábamos con la solución, con más enfado nos sacaba a la pizarra y no muy convencido nos sentaba de nuevo.

 

Cuando empezaron a prepararnos para la primera comunión, dejé de ir a la escuela, ya no aprendía nada y encima nos bombardeaban con el catecismo que no creía. Eso si, me obligaron a bautizarme, un día a misa primera con mi prima Rosario (hoy monja) como madrina, pase el trámite. El que lea esto puede pensar que debía haberme negado, pero con mi tío y mi padre en la cárcel, uno más preso era un capricho que no nos podíamos permitir. Entonces en plena represión se hablaba de la reconciliación, pero se referían simplemente a nuestra humillación y te recordaban constantemente que tu conducta podía influir en la vida de los que estaban presos (chantaje).

 

Ireneo continuó hasta final de curso en la escuela, luego con el esfuerzo económico de su familia, estudió en Barcelona, donde fue catedrático de Química, su padre se suicidó como otros muchos por no poder soportar la asfixia del nuevo régimen.

 

 

 

Capítulo XI. La época oscura. La represión.

 

Aunque ésta empezó con el regreso al pueblo, quiero contar ahora, la parte más trágica de mi vida, que comienza con el apresamiento de mi padre:

Un soldado del pueblo Félix Ferrer, nos contó que tres o cuatro hombres de Mas de Las Matas estaban en el campo de concentración de Alicante. Se desplazó el alcalde “El tío pelotero” y alguno más, para traerlos de vuelta y ajusticiarlos, el ejército no se lo permitió y volvieron con las manos vacías.

 

Así supimos que mi padre no había conseguido huir a Méjico. Pasados unos meses fueron trasladados a su región de origen, nos llego una carta de la cárcel de Teruel, de allí paso a Alcorisa. Con una burra que habíamos comprado (el tío Elías con dinero prestado) fuimos a verlo mi madre y yo. Se le veía entero, pero pasaban mucha hambre, por lo que dependían de los alimentos que les traían los familiares. En la segunda visita, nos cruzamos con un camión por la Cuesta del Caballo, eran ellos los trasladaban a Castellote.

 

Allí tuvo más suerte, un sargento de la guardia civil, estaba casado con una sobrina suya, Guillermo Gómez, nos dio garantías de que mientras estuviera él su vida no corría peligro, lo cual dadas las circunstancias no era poco, diariamente eran ejecutados en toda España, sin juicio previo, ni consejo de guerra cientos de personas. Los días que nos estaba permitido subíamos a verlo y traerle comida; esta situación duró casi un año.

 

A principios del año 1940, ingresó en Torrero en Zaragoza, se los llevaron de noche en camiones, esposados y escoltados por la guardia civil, nos enteramos cuando nos llego una carta suya; un nuevo mazazo, ahora las dificultades para visitarle eran muchas más.

 

En Zaragoza teníamos una amiga, Concha, le había amamantado de su pecho, mi tía Luisa, ante la escasez de leche materna, ello siempre crea un vínculo especial y con ella existía. Vivía en la calle Ventura Rodríguez, en el barrio de San José, cerca de Tenor Fleta. Allí cargado siempre con una cesta de comida, pues en las ciudades se pasaba hambre, me hospedaba en su casa. Recuerdo cruzar por el puente la vía del tren y subir a Torrero, bien por las sendas entre los bancales o dar la vuelta a coger el tranvía en la plaza Aragón y ascender por el Paseo Sagasta.

 

Tres años más tarde salió el juicio, se formó un consejo de guerra para 15 presos de Más de la Matas, en él salieron a valoración los hechos ocurridos durante la guerra, todos ellos con el primer comité antifascista, al que no perteneció mi padre. Paso a relatar los acontecimientos pues son significativos para el final de la historia:

 

El primero: Un camión de milicianos llego al pueblo, según ellos en Zaragoza, en el cuartel de la Aljafería fueron citados al comienzo de la guerra, todos los que quisieran defender la Republica, los atrajeron con la promesa de entregarles armas, y tal como llegan eran fusilados, había sido una trampa del ejército franquista para eliminar opositores. Carros y camiones enteros de muertos, engrosaron las fosas comunes.

 

Los milicianos pedían represalias y traían listas de gente de derechas para ejecutar. El comité no quiso colaborar “ninguno del pueblo debe morir” y fueron encerrados. Sin el comité eran los dueños del pueblo, capturaron más de treinta personas y los llevaron al ayuntamiento, allí los interrogaron. Al que no veían peligroso lo soltaban hasta que quedaron seis que consideraron como los más reaccionarios.

 

Los llevaron al principio de la recta del campo de aviación y los fusilaron, desaparecieron del pueblo como habían llegado, dejando llanto y dolor, las familias de los muertos los enterraron.

 

El segundo: En el río unos milicianos del pueblo, localizaron y capturaron a un sacerdote que andaba huyendo; se le encerró, para decidir que se hacía con él.

El presidente del comité, le llamábamos el comunista, porque además de serlo había estado en Rusia, no era partidario de matarlo como le pedían algunos vecinos del pueblo. En especial “el Copas” persona desequilibrada psíquicamente; si no matas al cura, te mataré yo a ti; le dijo. Pasaban los días y el Copas parecía consumirse en su locura, una mañana mató a su burro con la azada de ganchos, todo hacía presagiar la tragedia.

 

Se fue a ver al presidente, estaba en un bar próximo al ayuntamiento y al bajar las escaleras lo acuchillo, muriendo en el acto. La gente se altero y unos pocos tres o cuatro, tomaron la justicia por su mano y ejecutaron a los dos: al Copas y al cura para que no diera problemas. Si alguien ha oído hablar de la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, pretende que no se produzcan hechos como estos, que todo el mundo tenga un juicio donde pueda defenderse.

 

A mi padre si le hicieron juicio, pero tampoco cumplía la convención de  Ginebra, fue muy aséptico, apenas se relataron los hechos y el defensor más acusaba que defendía, a continuación y sin ninguna reflexión salía la sentencia: cuatro penas de muerte; Blas Zapater, apoyo a la rebelión; Aquilino Ángelo, apoyo a la rebelión; Manuel Arrufat, asesinato de un sacerdote; Jacinto Castañer, asesinato de un sacerdote.

 

A los condenados a muerte los tenían en celdas individuales, la familia tenía la esperanza de que al no ser condenado por penas de sangre, fuera amnistiado. Y así fue: el día de la Merced 24 de Septiembre de 1943, Blas Zapater y Aquilino Ángelo les fue conmutada la pena de muerte por la de treinta años de prisión, y así consta en los papeles oficiales que me fueron entregados.

 

En febrero de 1944 nos llegó una carta de otro preso del pueblo, a tu padre lo han vuelto a meter en las celdas de condenados. Partí inmediatamente para Zaragoza, pero cuando en la cárcel de Torrero pedí visita ya me comunicaron que había sido fusilado.

 

Tuve que ir a reconocerlo al cementerio, allí sobre los cadáveres un cura acusaba a Manuel Arrufat y a mi padre Blas Zapater de herejes, por haber matado a un cura y no arrepentirse ni haberse confesado. Entonces me percate que lo habían fusilado por lo del cura, luego viendo que Jacinto Castañer no había sido ejecutado, sospeché del cambio de expedientes.

 

Eulalia mujer de Jacinto, se fue a trabajar a una casa de comidas, en la calle Hernán Cortés junto a la Puerta del Carmen, donde iban los jefes militares al almuerzo, ella joven y guapa trataba por todos los medios de salvar a su marido.

 

En las visitas, había una sala, con una malla; a un lado los presos y al otro los familiares, yo oía aun sin querer sus conversaciones; estos jefes le pedían acostarse con ella para salvarlo. Ella le pedía consejo a Jacinto, si debía acceder, la respuesta de él siempre era la misma: Haz lo que puedas por mí, que todo te lo perdonaré.

 

No quiero cometer el error, de pensar que ocurrió lo que no , ni de culparla por luchar por la vida de los suyos. Pero pienso en la bajeza moral, de esos jefes, defensores de la espiritualidad de Occidente, que no dudaron en matar para satisfacer sus más bajos instintos.

 

 

 

Capítulo XII. El río de la vida.

 

El regreso fue rápido y en silencio, al pasar por Aguaviva pasamos a recoger a mis dos nietas, Alba (6 años) y Ana (3 años) que se habían quedado allí con sus otros abuelos. Mirándolas los pensamientos fluyeron de nuevo; corría el año 1996, llevábamos 20 años de democracia, se habían aprobado leyes como las del divorcio y el aborto, muchos de los jóvenes como mi hijo no se acordaban de Franco. Los cuarenta años según ellos de paz, según nosotros de rabia o llanto, pasaron y ahora solo eran recuerdos en blanco y negro.

 

Mi hija estudió de mayor pero con 32 años casi terminaba la carrera de Medicina, a mi hijo le faltaban unas asignaturas para ingeniería química, y mi yerno, ya Ingeniero Técnico, había terminado la Superior a falta del Proyecto. Yo ya estaba jubilado y a Pilar apenas le faltaban unos años. Nuestra economía estaba mejor que nunca y las enfermedades nos andaban respetando.

 

Entonces en un momento de ilusión imagine que a la larga habíamos ganado la guerra, la libertad, los estudios, la democracia de nuevo. Pero fue una imagen fugaz, quizás, pensé, la ganamos para ellos, pero nosotros once años cuando estalló la guerra, trece cuando terminó, dieciocho cuando fusilaron a mi padre; perdimos demasiado. Pero los ganadores fueron incapaces de ver, que el río de la vida va, y un día vuelve a su curso, por muchas presas que se le pongan a su paso.

 

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Los protagonistas del viaje, de izquierda a derecha, mi hijo Abel, yo Avelino, mi mujer Pilar y mi amigo Francisco.